De los jardines al archivo: un curso para seguir pensando juntas cómo docentes y educadoras/es del museo pueden transformarse en común.

Al terminar un curso no solo concluimos actividades. También surge la necesidad de volver sobre lo vivido para reconocer qué aprendizajes permanecen, qué conexiones se han tejido y qué horizontes siguen abriéndose. En Musaraña, el recorrido de este año —entre obras de arte, jardines, plantas, árboles, huertos, aulas, salas del museo y espacios por imaginar— me ha invitado a reflexionar sobre nuestra relación con los lugares que compartimos y las formas de aprender que construimos colectivamente.

Frente a la inercia de cerrar etapas rápidamente, el final del curso nos ofrece la oportunidad de detenernos y mirar con perspectiva. Con mis diferentes libretas-archivo reviso lo recorrido no tanto para hacer balance, sino como una manera de seguir alimentando una conversación que continúa más allá de cada encuentro puntual.

Jardines para pensar y observar. El curso se inició con Comienzan las clases: Especular jardines y Malú Cayetano, una propuesta para recorrer los jardines del museo —los físicos y los representados en las obras— como espacios de exploración pedagógica. Desde el inicio apareció una cuestión que atravesaría el resto del año: ¿qué significa relacionarnos con un lugar desde la corresponsabilidad y la imaginación? Esa mirada se amplió en Saberes y haceres: Álbum botánico vivo. A partir de People's Flowers (1971) de Richard Estes, junto a Laura Pinto y Nuria Sáenz-López, de Rojomenta y los jardines del museo, las plantas se convirtieron en punto de partida para observar, nombrar y descubrir otras formas de prestar atención a aquello que forma parte de nuestra vida cotidiana.

La ciudad y el huerto como espacios de aprendizaje. La reflexión sobre lo “vivo” continuó más allá de los límites del museo junto a Luciano Labajos, jardinero y educador ambiental. En Un espacio para hablar: Árboles en la ciudad nos acercamos al arbolado urbano para pensar los vínculos que establecemos con nuestro entorno y el papel que la educación y la cultura pueden desempeñar en la construcción de ciudades más habitables.

Más adelante, en Un espacio para hablar: ¡Nos vamos al huerto!, el huerto se presentó como un lugar de encuentro entre educación ambiental y práctica artística. Un contexto diferente para aprender desde la experiencia, la observación y la relación directa con el entorno. Del jardín a la ciudad y de la ciudad al huerto, las propuestas fueron configurando una misma inquietud: cómo aprender a formar parte del mundo desde la interdependencia y el respeto.

Aprender de las prácticas compartidas. La conversación también se desplazó a las aulas. En Saberes y haceres: Espigar como práctica educativa visitamos a la docente Ana Salado en su aula del colegio La Salle Maravillas para explorar nuevas conexiones entre sostenibilidad, creatividad y educación. La práctica de espigar nos permitió revisar el valor de aquello que habitualmente consideramos residual. Los materiales, los procesos y los restos se convirtieron en oportunidades para pensar en nuestras metodologías y reconocer que la innovación surge a menudo de la observación, el intercambio y la reinterpretación de aquello que tenemos disponible.

Espacios que también educan. Muchas de estas cuestiones confluyeron en LED 2026: Sentir, soñar, transformar, donde volvimos la mirada hacia los espacios educativos y culturales para preguntarnos cómo influyen en el bienestar y el aprendizaje. Durante la semana del encuentro reaparecieron conceptos presentes a lo largo del año: inclusión, participación, pertenencia, naturaleza o colaboración. Una reflexión compartida que nos recordó que los espacios no son escenarios neutros, sino agentes activos que condicionan nuestras experiencias y posibilidades de actuación.

Construir memoria para seguir avanzando. Al observar el recorrido completo de este curso, comprendo aún más que cada propuesta forma parte de una conversación más amplia. Una conversación sobre los centros educativos, el museo, el arte, la ciudad y las formas de estar juntas. De ahí nace el deseo de construir un archivo vivo: una memoria compartida capaz de recoger no solo recursos y actividades, sino también procesos, descubrimientos y aprendizajes que continúan acompañándonos. Más que reunir evidencias, se trata de conservar las huellas de un recorrido colectivo y hacerlas disponibles para futuras exploraciones.

Gracias por formar parte de esta red. Quiero agradecer a todas las docentes, agentes culturales y colaboradoras que habéis participado durante este curso. Gracias por compartir saberes, abrir espacios de diálogo, ensayar nuevas propuestas y contribuir a que cada encuentro se convirtiera en una oportunidad para aprender juntas.

Musaraña existe gracias a esa red de confianza y generosidad que se teje entre personas. Quizá esa sea una de las principales enseñanzas de este año: más que un cierre, me llevo nuevas relaciones e ideas que seguirán acompañándome mientras imaginamos los próximos caminos por recorrer.

Dirigido a:
Profesorado
Fecha de publicación:
8 de Junio de 2026
Imagen
Salvador Martín Moya
Información sobre el autor:

Educador

Comentarios

Debes estar registrado para poder realizar comentarios

Inicia sesión ¡Regístrate!