Jardines que enseñan
Desde la comunidad docente Musaraña, mirar los jardines del museo —los pintados y los vivos— nos ha permitido pensar la escuela, el barrio y la ciudad como espacios de cuidado, biodiversidad, aprendizaje y convivencia.
Hay jardines que empiezan con una fotografía enviada por una docente: una maceta junto a una ventana, un patio de colegio, un alcorque en la acera, una terraza mínima, un parque cercano... Me interesa esa amplitud de la palabra jardín. A veces cabe en una lata reciclada o en una grieta donde una planta se empeña en crecer. Por eso, cuando pienso en un jardín real, no imagino solo un espacio verde: imagino un lugar donde se aprende a mirar, a esperar, a equivocarse, a cuidar.
En Musaraña hemos trabajado esta intuición deambulando por los jardines del Thyssen, tanto los físicos como los pictóricos, explorando su capacidad para ser habitados como espacios pedagógicos, comunitarios y experimentales. Buscamos pensar el jardín no como imagen, sino desde los procesos ecológicos y las interdependencias complejas. Esta idea me parece central: todo jardín enseña una visión del mundo. Enseña quién vive en él, quién trabaja, qué especies se permiten, qué relaciones se controlan y cuáles se dejan crecer.
Las obras de la colección ayudan a recorrer estas ideas. En El Jardín del Edén, de Jan Brueghel, el Viejo, el jardín aparece como paraíso, como paisaje lleno de animales, árboles y promesa de orden. El catálogo del museo nos cuenta que fue una de las primeras versiones del tema del Paraíso en Brueghel y como un ejemplo destacado del paisaje flamenco barroco. Es un jardín desbordante, pero también un jardín imaginado desde una tradición religiosa y cosmológica. Frente a él, El columpio, de Jean-Honoré Fragonard, nos sitúa en una arboleda frondosa donde la vegetación lo invade casi todo y el juego infantil convierte el jardín en escena de movimiento, vitalidad y teatralidad social. Entre ambos extremos —el paraíso y la escena galante— ya podemos preguntarnos: ¿qué espera cada época de un jardín?
En Paisaje con el Palacio de Caserta y el Vesubio, Jacob Philipp Hackert pinta un entorno organizado alrededor de un palacio real, con verdes praderas, arboleda densa, parterres cuidados y grupos que disfrutan del lugar. Aquí el jardín enseña también poder: la naturaleza aparece ordenada, administrada, convertida en paisaje de representación. Corot, en cambio, nos lleva hacia otra idea. El parque de los Leones en Port-Marly fue pintado del natural durante una estancia en el Château des Lions del pintor, y Paloma Alarcó —historiadora del arte y, durante muchos años, Jefa de Área de Conservación Pintura Moderna del museo— cuenta que Corot buscó captar la esencia de la naturaleza, con una escena cotidiana donde los personajes parecen pequeños frente a la grandiosidad del entorno. En Mujer con sombrilla en un jardín, Renoir transforma las flores y matorrales en pequeños toques de color que envuelven a las figuras; no fue pintado en el campo, sino en el jardín de su estudio en Montmartre. Y Monet, en La casa entre las rosas muestra su casa de Giverny vista desde el jardín, enmarcada por rosales e iris, dentro de ese último periodo en el que el pintor volvió una y otra vez las vistas de su propio jardín.
Me gusta pensar que estas obras no nos ofrecen una única definición de jardín, sino muchas: jardín como paraíso, como escenario social, como dispositivo de poder, como experiencia perceptiva, como refugio, como taller de luz... Incluso Cézanne, en Hombre sentado, nos permite abrir otra capa: en el catálogo del museo Paloma Alarcó explica que su jardinero Vallier posa en la terraza del taller de Les Lauves, desde donde Cézanne pintaba paisajes o plantas de su jardín. El jardín deja entonces de ser solo fondo y aparece como espacio de trabajo.
El jardín del museo también tiene su propia historia. En el jardín del Thyssen podemos encontrar las siguientes compañeras: Trachycarpus fortunei, Camelia japonica, Butia yatay, Magnolia grandiflora, Aesculus hippocastanum, Arbutus unedo, Tilia cordata, Viola tricolor y Begonia semperflorens, entre otras. Y tras rebuscar en la documentación interna del museo —gracias a los compañeros del Área de Mantenimiento— sabemos que en 1828 los jardines del Thyssen contaban con 998 álamos negros, 46 cipreses, 24 laureles, 22 higueras y 18 tejos. Estos listados no son un inventario frío: son una forma de descubrir que el museo también tiene una biografía vegetal. Cada especie trae consigo un origen, unas necesidades, una historia de desplazamientos y adaptación, como también nos recordó el equipo de jardineros del museo cuando nos entrevistamos con ellos.
¿Qué historias de viaje, comercio, extracción o deseo acompañan a las plantas que cuidamos? Malú Cayetano, paisajista, investigadora e ingeniera de montes, vinculada al grupo de exploración Paisanaje, nos propuso, en Comienzan las clases: Especular jardines, abordar la jardinería como una práctica participativa, generadora de comunidades de aprendizaje y productora conocimiento en lugares donde no se espera generar. Me interesa especialmente esa idea porque conecta la idea del jardín del museo con los patios escolares, los huertos urbanos y los espacios de barrio: todos pueden ser laboratorios de atención, contestación y cuidado.
Por su lado, la propuesta Saberes y haceres: Álbum botánico vivo, con Laura Pinto y Nuria Sáenz-López, de Rojomenta, añade otra escala. A partir de la obra People’s Flowers, de Richard Estes, y del jardín del museo, proponía crear un álbum botánico individual y reflexivo con esquejes y semillas, deteniéndose a observar plantas a veces desapercibidas y dirigiéndoles preguntas básicas: ¿Cómo te llamas? ¿Cómo estás? ¿De dónde vienes? ¿Qué necesitas? La propuesta de Rojomenta subrayaba que muchas veces “compramos” una planta atraídos por su belleza, sin recordar que no es un objeto decorativo, sino un ser vivo con el que vamos a habitar nuestro espacio.
También el huerto amplía esta conversación. En la actividad Un espacio para hablar: ¡Nos vamos al huerto!, algunos de los miembros de Musaraña visitamos el Huerto del Retiro junto a Luciano Labajos —jardinero y educador ambiental con una amplia trayectoria en el Vivero de Casa de Campo y en el Huerto del Retiro— para pensar cómo la educación ambiental y artística pueden encontrarse e inspirar nuevas propuestas educativas. En tiempos de crisis climática, esta conexión entre jardín, huerto, patio y museo se vuelve urgente: necesitamos espacios que den sombra, retengan agua, acojan biodiversidad, sostengan relaciones y permitan aprender con las manos, como nos enseñó con su obra, en numerosas ocasiones, Camille Pissarro.
Vuelvo al jardín real. ¿Quién lo diseña? ¿Quién lo mantiene? ¿Qué especies se permiten y cuáles se arrancan? ¿Qué aprende una comunidad educativa si deja de ver un espacio como superficie vacía y empieza a verlo como ecosistema? Pensar en un jardín es siempre un acto pedagógico. No porque enseñe una lección cerrada, sino porque nos obliga a practicar una forma de estar: observar antes que intervenir, cuidar antes que poseer, compartir antes que ordenar. Quizá un jardín como la propia educación sea precisamente eso: un lugar donde la vida no se explica desde fuera, sino que se acompaña, se escucha y se deja crecer.