Aulas bisagra: pensar juntos los espacios educativos
Una reflexión sobre participación, cultura democrática y transformación de los espacios educativos a partir de lo vivido en LED 2026: Sentir, soñar, transformar.
¿Qué ocurre cuando empezamos a entender nuestros espacios educativos como lugares vivos, atravesados por relaciones, cuidados, deseos…? En LED 2026: Sentir, soñar, transformar, esa pregunta ha acompañado nuestro día a día: desde el diagnóstico compartido de los espacios cotidianos hasta la construcción de maquetas colectivas, pasando por la creación de croquis inspirados en obras del museo y las derivas urbanas. Para mí, ahí se juega algo decisivo: aprender a habitar un espacio es aprender también a imaginarlo, cuidarlo y sostenerlo con otras personas.
Habitar un espacio es leerlo con otras personas. Una de las ideas más fértiles de LED 2026 es que los espacios educativos no son contenedores neutros. Por eso, el taller no se organizó en torno a recetas ni soluciones rápidas, sino a partir de un proceso que iba del sentir al celebrar, combinando experiencia cotidiana, pensamiento colectivo, observación, prototipado y archivo compartido.
Lo vi con claridad en el mapa del bienestar. Partimos de fotografías de los propios centros, de recuerdos, de sensaciones, de preguntas sencillas: ¿dónde me siento bien?, ¿qué espacios me incomodan? Después, ese diagnóstico se volvió tangible en el suelo del taller de EducaThyssen con un plano sin paredes inspirado en la película Dogville (2003), de Lars von Trier, y en las obras de Piet Mondrian: cintas de colores, nombres de zonas, umbrales, recorridos, gomets azules y rojos, una «casita» para recoger el diagnóstico y cartones-paredes para delimitar un ámbito común.
Me interesa especialmente esa escena porque vuelve visible algo que a menudo olvidamos: que el espacio no es solo lo que tenemos, sino también lo que hacemos aparecer cuando lo pensamos juntos.
Mirar con Piet Mondrian las relaciones. En ese gesto de ordenar, mover, ajustar y volver a mirar, Mondrian se convirtió en un compañero de pensamiento. Su trabajo se sostiene en la investigación del equilibrio entre formas ortogonales y colores primarios, en la retícula como estructura y en la búsqueda de un espacio dinámico que no procede de una fórmula matemática, sino de una tensión afinada por la intuición.
Por eso, cuando pienso la escuela desde Mondrian —su Composición de colores / Composición nº I con rojo y azul (1931) fue una verdadera inspiración—, no la imagino desde una posición rígida, sino desde una pedagogía de las relaciones. Una obra solo funciona cuando cada parte encuentra su lugar sin dejar de responder al conjunto. También un espacio educativo: el aula, el patio, los baños, la biblioteca, los pasillos, la sala de profesorado o los espacios multifuncionales no deberían entenderse como piezas aisladas, sino como un sistema de espacios compartidos donde se negocian inclusión, bienestar, autonomía y comunidad.
Imaginar con Paul Klee la escuela en movimiento. Si Mondrian puede ayudarnos a pensar las relaciones entre las partes y el todo, Klee nos recuerda que ningún espacio está terminado. En Casa giratoria (1921), el pintor y profesor de la Bauhaus presenta una ciudad hecha de construcciones geométricas que giran alrededor de un eje imaginario. En la obra se rechaza el punto de vista único, multiplica los ángulos de visión e introduce un dinamismo que convierte la arquitectura en algo vivo, inestable e intuitivo —recuerdo las palabras compartidas por los docentes: la obra como reflejo de la personalidad de Klee, como espacio de juego, una pieza que se vincula con la naturaleza…—.
Pienso mucho en ello cuando recuerdo los croquis que el profesorado realizó inspirado por el museo, el papel vegetal, las referencias espaciales y la invitación a buscar una paleta de color, de texturas y de formas para una «escuela deseada». Dibujar en las salas no era ilustrar una idea ya cerrada. Era detenerse, observar, escuchar y dejar que una textura, una línea o una relación entre colores alterara nuestra manera de pensar el aula, el centro educativo o el barrio del que forma parte.
Pensar es responsabilizarse de lo común. Esa responsabilidad se hizo todavía más nítida en las derivas urbanas y en la visita a Bienestar en la ciudad, en la Casa de la Arquitectura —nuestro agradecimiento a las compañeras Cristina, Gema, Paloma y Paula por su acogida—. Salir del museo para observar el mobiliario, los espacios de sombra, las fuentes, la movilidad, las zonas de juego o la vegetación fue una forma concreta de recordar que la educación sucede dentro y fuera de las escuelas. Aprendemos también en la calle, en el barrio, en los trayectos, en el modo en que una ciudad acoge o expulsa, protege o desgasta.
Para mí, esa apertura dibuja una verdadera ciudad educadora: una red donde docentes, alumnado, familias, instituciones culturales y comunidad pueden tender puentes y asumir una corresponsabilidad real sobre los entornos que habitan.
Lo mismo ocurrió con las maquetas y con el archivo colectivo final. Las propuestas de la semana no se entendían como “creaciones” perfectas, sino como prototipos capaces de generar relaciones nuevas; y el cierre del taller no buscaba clausurar nada, sino reunir deseos, materiales, relatos y huellas para seguir pensando. La maqueta final fue la imagen de una escuela deseada: un lugar donde la naturaleza acompaña, donde se aprende también bajo el cielo, se cocina, se cuida y se comparte. Surgieron aulas abiertas y transparentes, aulas bisagra para encontrarse entre edades y saberes, rincones de refugio y calma, y formas diversas de habitar la escuela. Una escuela con muchas intensidades, donde el bienestar ocupa el centro. En ella resonaban las propuestas del arquitecto Aldo van Eyck, pero sobre todo las voces, experiencias y sueños de quienes participaron, verdaderas arquitectas de este horizonte común.
¿Conclusiones? Creo que LED dejó una convicción compartida: el sentido de pertenencia surge cuando participamos activamente en la construcción de los espacios. Ahí encuentro una definición exigente de la participación: no basta con tener voz; hace falta sostener consecuencias, cuidar vínculos, compartir saberes y asumir una responsabilidad colectiva hacia lo común. Eso, para mí, es también cultura democrática.
Habitar, imaginar y sostener. A veces me pregunto cuántas veces entramos en un aula, en un patio o en un pasillo sin llegar realmente a habitarlo. Cuántas veces aceptamos como fijas distribuciones, jerarquías o incomodidades que quizá podrían ser de otro modo. LED 2026 me ha recordado que transformar un espacio no empieza cuando movemos muebles o levantamos una alfombra, sino cuando nos atrevemos a mirar con otras personas, a escuchar lo que ese lugar hace posible y a imaginar juntos nuevas formas de convivencia, inclusión y bienestar.
Y no quiero cerrar este post sin expresar un agradecimiento muy especial a Patricia Leal y Juan Utiel, de MICOS-Pez Arquitectos, por activarnos, acompañarnos y cuidar este laboratorio educativo-ciudadano. Gracias por abrir preguntas, provocar miradas nuevas y ayudarnos a descubrir que los espacios educativos son también una construcción colectiva. Ha sido un privilegio aprender junto a vosotrxs y compartir este proceso de observación, imaginación y transformación.
Y, por supuesto, a todas y todos los docentes que hacen posible Musaraña, con quienes, día a día, tejemos redes de afectos, proyectos compartidos y aprendizajes mutuos. Porque muchas de las ideas que atraviesan este texto nacen precisamente de esos encuentros cotidianos donde la reflexión se convierte en acción colectiva y donde la educación se construye como una práctica de cuidado, colaboración y compromiso con lo común.