Memorias de un bosque interior: archivo de lo vivido
Memorias de un bosque interior explora, desde la propuesta LED 2025 y la exposición Terrafilia, cómo el arte y la educación pueden ayudarnos a reconectar con la Tierra, los cuidados y la vida compartida.
En LED 2025: Memorias de un bosque interior, volver a la naturaleza no fue una consigna, sino una forma de volver a preguntarnos quiénes somos, qué recordamos y con quién compartimos mundo. En diálogo con la exposición Terrafilia. Más allá de lo humano en las colecciones Thyssen-Bornemisza, el encuentro nos permitió pensar la memoria como algo más que un archivo del pasado: como una práctica ecológica, afectiva y relacional, capaz de recomponer vínculos entre cuerpos, territorios, imágenes y formas de vida.
Vuelvo a LED 2025 con la sensación de que durante aquellos días no estuvimos simplemente “produciendo” objetos, sino ensayando otra manera de mirar. LED se planteó como una propuesta orientada a celebrar nuestra relación con la tierra mediante la creación de distintos “archivos expositivos”, y a reflexionar sobre la interconexión entre arte, naturaleza y memoria desde la exploración plástica y la observación consciente. En el marco de la comunidad docente Musaraña, LED volvió a situar al museo como un lugar de encuentro entre escuela, creación y pensamiento compartido.
Pero lo que me interesa ahora no es reconstruir una crónica de actividades. Prefiero pensar qué quedó latiendo después: una pregunta sobre cómo archivamos lo vivo.
En ese sentido, la imagen de los anillos de crecimiento de un árbol se convirtió para mí en una clave. En las dinámicas de visita a la exposición Terrafilia, se proponía pensar esos anillos como registro vital: círculos que guardan años de crecimiento, sequía, enfermedad, recuperación y cicatriz. A partir de ahí, las cartografías personales no eran solo mapas individuales, sino la posibilidad de crear un bosque común donde la vida del árbol se entrelazara con las memorias de las participantes. Me gusta pensar que ahí apareció una forma educativa de archivo: no lineal, no acumulativa, sino concéntrica, porosa, hecha de capas y relaciones.
La propuesta de Marisa Maestre aportaba una formulación muy precisa: “volver a la naturaleza” como regresar al origen, reconocer que formamos parte de un entramado de vida interrelacionado, y entender la naturaleza no como fondo ni escenario, sino como hogar común y espacio de simbiosis. En su propuesta, la memoria no se separaba de la naturaleza: las fotografías antiguas, los espacios habitados y los residuos orgánicos se convertían en materiales capaces de hablar de identidad, fragilidad y transformación. Desde ahí, la relación mujer-naturaleza no aparecía como una esencia romántica, sino como una pregunta crítica: si la naturaleza ha sido reducida a recurso explotable y la mujer a objeto subordinado, ¿cómo transformar esa mirada sin repetirla?
Por eso, al buscar obras de la colección Thyssen y de la Colección Carmen Thyssen para acompañar esta reflexión, me interesaron especialmente aquellas en las que las mujeres no aparecen trabajando la tierra ni ocupando una escena doméstica, sino habitando el paisaje de otro modo: contemplando, descansando, soñando, transformándose, perteneciendo... En Mujer con sombrilla en un jardín, de Pierre-Auguste Renoir, la figura femenina queda envuelta por flores y matorrales pintados con pequeños toques de color, hasta que el jardín parece rodearla más que servirle de decorado. En Bañistas. Dos desnudos en un paisaje exótico, de Jean Metzinger, los cuerpos femeninos se sitúan en un paisaje arcádico donde la pintura busca una “poesía cromática” capaz de traducir emociones ante la naturaleza. Y en Las bañistas, de Max Pechstein, el tema del baño se presenta explícitamente como una síntesis entre ser humano y naturaleza, hasta armonizar la piel de las figuras con el propio paisaje.
Hay otras obras que llevan esta relación hacia el sueño y la metamorfosis. En El sueño, de Franz Marc, la mujer dormida se convierte en símbolo de armonía entre el mundo humano y el animal, rodeada de seres que parecen surgir de su propia visión nocturna. En Desnudo transformándose en una libélula, de Arthur Boyd, una figura femenina emerge en un bosque frondoso e inicia su metamorfosis en libélula, desdibujando la frontera entre cuerpo humano, animal, agua y vegetación. Estas imágenes no nos hablan de una mujer “en” la naturaleza como quien ocupa un escenario exterior, sino de cuerpos atravesados por fuerzas más que humanas: sueño, vuelo, color, animalidad, deseo...
También incorporaría a Georgia O’Keeffe, aunque en algunas de sus obras no aparezca una figura femenina representada. En Desde las llanuras II, la artista vuelve sobre un recuerdo de las llanuras de Texas y lo transforma en una imagen casi abstracta de luz, color y amplitud, un equivalente visual de la memoria. En Lirio blanco nº 7, el primer plano de la flor se aleja de una lectura puramente simbólica o de género para abrirse como meditación sobre la creación, el mundo orgánico y el impulso vital. Traer a O’Keeffe a este hilo permite desplazar la pregunta: no solo cómo se representa a la mujer en la naturaleza, sino qué formas de conocimiento sensible han construido las artistas.
Todo esto dialogó de manera profunda con Terrafilia, una exposición que propuso el amor a la Tierra no como ideal romántico, sino como afecto, cuidado, responsabilidad y compromiso con todos los seres humanos y no humanos. Una invitación a reimaginar nuestro lugar en el planeta no como soberanos ni observadores distantes, sino como compañeros en un mundo compartido, donde el amor a la tierra inspira justicia, comunidad y cuidados sin distinción de especies ni épocas. En el capítulo Un planeta animado, la exposición insistía en que la vida se rige por conexión, interdependencia y co-formación mutua; todo está interconectado, desde bacterias y árboles hasta figuras mitológicas y espíritus.
Desde la educación, quizá el gesto más importante de LED 2025 fue convertir esas ideas en una experiencia encarnada. Las flores prensadas, las fotografías de mujeres en la naturaleza, los libros de artista, los collages, los mapas biológicos y los murales colectivos no eran propuestas añadidas a un discurso, sino formas de pensar con las manos. El collage, la recolección y el herbario funcionaron como prácticas de archivo vivo: reunir fragmentos, escuchar sus relaciones, aceptar que ninguna memoria existe sola.
Por eso, cuando pienso en Memorias de un bosque interior, imagino el museo como un lugar donde aprender a recomponer una relación más atenta y amorosa con la Tierra. No se trata de añadir naturaleza a la educación como un tema más, sino de reconocer que educar es aprender a pertenecer: a una comunidad humana, sí, pero también vegetal, animal, mineral, atmosférica... Tal vez ese bosque interior sea precisamente eso: la memoria de que nunca estuvimos separados. Y quizá el archivo que necesitamos ahora no sea un lugar donde guardar el mundo, sino una práctica colectiva para volver a cuidarlo.