Hacer un herbario no es solo aprender a identificar plantas. También puede ser una forma de mirar con más atención aquello que suele pasar desapercibido,

Hay una planta mínima creciendo en una grieta. La veo al salir del museo, o camino a casa, o entre dos baldosas levantadas por el calor. No sé su nombre. Podría pasar de largo, como tantas veces. Pero si me detengo, si bajo un poco el ritmo, algo cambia: esa planta deja de ser “mala hierba” y se convierte en presencia. Está ahí, acompañando nuestra vida cotidiana sin pedir permiso.

Pienso en esa planta cuando vuelvo a las preguntas que abrían el encuentro docente LED 2024: Herbarios insumisos: “¿Qué plantas acompañan tu historia vital? ¿Qué especies guían tu camino al colegio? ¿Puede el museo ser un herbario?” El proyecto proponía crear un herbario educativo, personal, emocional, inventado, soñado o comestible, y lo hacía invitando al profesorado a pasear por el museo y por el barrio, a afinar los sentidos y a conocer las especies botánicas más cercanas. Me interesa mucho esa formulación porque desplaza la idea habitual de herbario. No se trata únicamente de ordenar plantas, sino de aprender a mirar aquello que sostiene silenciosamente nuestras vidas.

Sabemos que un herbario es, en su sentido más clásico, una colección de plantas clasificadas y vinculadas al estudio de la botánica. Pero también puede ser otra “cosa”: una forma de relacionar plantas con historias personales, profesionales, afectivas y educativas. Puede haber herbarios fantásticos, coloniales, feministas, sanadores, alimenticios, olorosos, literarios, pigmentarios o simbólicos. Esa apertura me parece profundamente educativa: permite unir rigor y afecto, observación y memoria, ciencia y relato.

En el museo, una de las obras que mejor activa esta mirada es Vaso chino con flores, conchas e insectos, de Balthasar van der Ast. Mar Borobia —historiadora del arte y, durante muchos años, jefa del Área de Conservación de Pintura Antigua del museo— en nuestro catálogo recuerda que Van der Ast fue un artista especializado en pintura de flores, formado con Ambrosius Bosschaert, y que la tabla está firmada y fechada en 1628. A primera vista se ve un ramo, una composición elegante sobre fondo oscuro. Pero si nos acercamos aparecen otros habitantes: conchas, insectos, un lagarto...

Por su parte, Charo Morán —ecóloga, socia-trabajadora de la cooperativa Garúa— en su propuesta educativa Nueva cultura de la Tierra propone mirar esta misma obra con otras gafas. La presenta como una “naturaleza muerta” que está muy viva: flores, abeja, mosca, mariposas, oruga, caracol y lagarto componen una pequeña comunidad de especies. Desde ahí aparece una palabra clave para el pensamiento ecosocial: ecodependencia. La belleza minuciosa de la pintura nos ayuda a recordar que cada especie cumple un papel en la trama de la vida y que nadie sobra ni falta. Lo que parecía adorno se convierte en relación.

Algo parecido ocurre con Lirio blanco nº 7, de Georgia O’Keeffe. Paloma Alarcó  —historiadora del arte y, también durante muchos años. Jefa de Área de Conservación Pintura Moderna del museo— cuenta que la obra es una muestra del interés de la artista por las formas de las flores y por el primer plano, influido por encuadres fotográficos que cortan el motivo y aumentan la abstracción de la composición. Así, O’Keeffe nos obliga a mirar una flor como si fuese un territorio. Amplía la escala de lo vegetal hasta que ya no podemos “despacharlo” como detalle. La flor ocupa el campo de visión, nos detiene, nos pide tiempo. Quizá eso sea también una forma de ecoalfabetización: aprender a mirar despacio es una práctica de cuidado.

En LED 2024: Herbarios insumisos abordamos la figura de Georgia O’Keeffe vinculándola a la idea de mirar y recolectar, y la de Paul Klee al legado pedagógico donde lo orgánico y las estructuras de la naturaleza forman parte de su pensamiento artístico y educativo. Me interesa traerlo aquí porque nos recuerda que la educación artística no consiste en producir imágenes, sino en comprender procesos: cómo crece una forma, cómo se transforma una línea, cómo una estructura natural puede enseñarnos a pensar.

Por eso, un herbario puede ser mucho más que un conjunto de hojas prensadas. Puede ser una pedagogía de la atención. En Herbarios insumisos, esa pedagogía se concretaba mediante paseos por los alrededores del Thyssen, la identificación botánica en obras del museo, una visita al Real Jardín Botánico... También se proponían técnicas como fotografía botánica, cianotipia, grabado, estampación, dibujo, pintura o collage. No me interesa contarlo como una sucesión de actividades, sino como una intuición educativa: para mirar una planta necesitamos muchas herramientas, y no todas son científicas ni todas son artísticas. Algunas son corporales, afectivas, comunitarias.

En esa red de colaboraciones aparecen nombres importantes. Mónica Gener participó como artista, profesora impulsora del encuentro y por su experiencia como co-comisaria de la exposición Ellas ilustran botánica. Eduardo Barba aparecía como jardinero amante del arte. Toya Legido aportaba la dimensión fotográfica y su experiencia en proyectos como Herbarios imaginados. Entre el arte y la ciencia. Todas estas presencias ayudan a pensar en la necesidad de juntar personas diversas para proponer “otras” formas de mirar.

Me gusta imaginar el museo como un herbario expandido. No solo porque en sus cuadros haya árboles, hierbas, jardines, flores y frutos —como propone Diálogos botánicos, una serie de historias que invitan a llenar la visita al museo de pequeños “relatos” vegetales—, sino porque esas plantas nos obligan a cambiar de escala. Las plantas de las obras nos recuerdan que sin ellas una parte del relato quedaría en blanco. El museo-herbario no guarda únicamente especies representadas: guarda modos de atención.

Tal vez por eso la pregunta final no sea “¿cómo se llama esta planta?”, aunque nombrar sea importante. La pregunta podría ser: ¿qué relación tengo con ella? ¿Dónde aparece en mi vida? ¿Qué memorias escolares, familiares, de museo o de barrio activa? ¿Cómo podemos “clasificar” desde el afecto sin perder rigor?

Vuelvo entonces a la planta de la grieta. Quizá no sea espectacular. Quizá nadie la haya plantado. Pero está ahí, sosteniendo una lección humilde: la vida existe en los márgenes. Hacer un herbario contra el olvido sería, para mí, aprender a no pasar de largo.

Dirigido a:
Profesorado
Fecha de publicación:
31 de Julio de 2024
Imagen
Salvador Martín Moya
Información sobre el autor:

Educador

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