¿Los museos deben priorizar el aprendizaje sobre el ocio? ¿Hay manera de establecer un equilibrio? A partir de estas preguntas, en este encuentro, profundizamos en aquellas metodologías y principios educativos fundamentados en la práctica del juego gracias a la acción de diferentes profesionales.

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Fundación BBVA

Las áreas de educación de los museos buscan experiencias activas, sociales y significativas que lleven al público a conectar con sus colecciones. En este contexto se ha “redescubierto” y dado una nueva significación al acto de jugar como estrategia para el aprendizaje. Conceptos como gamificación, serious games o edutainment han aparecido para interrelacionarse con aquellas pedagogías que combinan la inmersión y la producción activa del educando, con un sistema de orientación bien diseñado por los educadores.

La importancia del juego. A lo largo del tiempo, han sido numerosos los especialistas que se han acercado a la concepción cultural del juego y su valor pedagógico. Desde Johan Huizinga, pasando por Roger Caillois, Brian Sutton-Smith o Eric Zimmerman -para quien el juego es -“Un espacio libre de movimiento dentro de una estructura rígida”.

Al estudio de la noción cultural del juego hay que sumar su papel como sujeto y objeto de culto. La importancia de su práctica ha quedado reflejada gracias a obras de pintores como Pieter Brueghel en Juegos de niños (1560), Francisco de Goya con La gallina ciega(1788) o, con el paso del tiempo, con algunos movimientos vanguardistas que corrieron análogos a las transformaciones pedagógicas impulsados en el inicio del S.XX. Por su lado, el juguete como objeto de culto queda evidenciado, por ejemplo, en el movimiento Arts & Toys, impulsado por el artista estadounidense KAWS.

En el campo que nos ocupa, los caminos paralelos entre pedagogía, arte y juego parecen otorgar un papel central a los usuarios, alentando al cuestionamiento constante, abriéndose un amplio abanico de posibilidades, fomentando la propia toma de decisiones y poniendo en práctica sus habilidades para enriquecer sus propias vivencias. Este territorio, en el que la secuencia está fijada, pero los resultados pueden ser inesperados, se convierte en un terreno fértil para encontrar nuevas soluciones, nuevas posibilidades que permitan cambiar la mirada, descubrir e innovar estrategias y relaciones con los públicos.

¿No serían nuestros museos unos perfectos tableros para el juego? Hoy en día los espacios de educación no formal han crecido en importancia, al ser vistos como potenciadores de la acción educativa. Los museos se han convertido, en un terreno ideal para romper las estructuras convencionales y promover, a través del juego, experiencias colectivas enriquecedoras. Pero, ¿estamos preparados los museos para asumir el riesgo que supone dedicarnos a jugar? El atravesar la delgada línea entre la seriedad del juego, con sus estructuras sociales y de comportamiento, y la ludificación, donde solo el entretenimiento, sin ninguna relación con los proceso cognitivos, es el fin último, es el riesgo que surge en el camino que se está abriendo.

¿Acaso deben los museos abandonar la preocupación por el aprendizaje y enfocarse en proporcionar experiencias más relacionadas con el divertimento en el tiempo libre? ¿Existen otras vías para que los públicos jueguen y aprendan en los museos?

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