Los docentes devolvemos a la sociedad, en cierta medida, lo que previamente nos ha dado, sembramos en nuestras clases y practicamos así la reciprocidad. Os cuento mi segundo año de "espigamientos" en el museo.

El docente debe, quiera o no, aprender a gestionar una cantidad cada vez mayor de información. Es algo que hacemos a todas horas, en algunas ocasiones con más fruición que otras; en todo caso, es una cuestión de supervivencia. Sin embargo, no es algo en lo que, generalmente, nos paremos a reflexionar: qué, cómo, por qué. Aunque tampoco lo hacemos con la suficiente frecuencia, por falta de tiempo, respecto a tantas otras cosas sobre las que deberíamos meditar. Cuán necesario es parar, tomar distancia y observar de vez en cuando, como lo hace un pintor de manera intuitiva, frente al lienzo, para calibrar el encaje y los pesos en la composición, y poder tomar así decisiones acertadas. El arte es un campo fértil para la vida en tantos sentidos...

Llevo días dando vueltas a la cuestión de los archivos, al hilo del encuentro Terminan las clases 2026: Los docentes hablan para habitar y de la sesión Archivo: El hacer y el azar, y me ha venido a la mente la fábula de la cigarra y la hormiga: el afán recolector frente a la entrega plena al presente. El hacer y el azar; laborar y fluir, celebrar. El que archiva piensa en el futuro, recoge para sí, pero también, en otros contextos, para las generaciones venideras. Frente a esto, se desarrollan el aprendizaje vivo y la experiencia estética. Como siempre, es una cuestión de equilibrio.

Archivar es una cuestión práctica a nivel individual, pero también tiene una dimensión colectiva. Cuando los docentes comparten generosamente su trabajo, facilitan a otros construir el suyo, es una forma de hacer comunidad, de optimizar recursos y aprender juntos. Nuestra cultura se fundamenta en un proceso de sedimentación semejante, pero a una escala que podríamos denominar geológica. En el campo de la Ciencia es evidente. Gracias a los archivos, las bibliotecas y, hoy, todos nuestros museos, atesoramos un conocimiento que nos permiten revisitar y reinterpretar el pasado, pero también entender nuestro presente; dar nueva vida y transformar aquellos nutrientes en nuevas posibilidades. Nos alimentamos de lo que otros antes recogieron. Quizá deberíamos pensar en el archivo como un vivero, ¡como un jardín! 

Archivar es un ejercicio consciente del paso del tiempo, de la fragilidad de nuestra memoria. De algún modo, es un acto profundamente humano, un acto de resistencia frente a la incertidumbre, frente a la muerte, que está también en el origen de la escritura. La escritura, que fue sustituyendo a la tradición oral (que encarnaba el conocimiento de la que voz y el ritmo), y que hoy se ha despojado de su presencia corpórea: los archivos en papel se han convertido en etéreos datos digitales, que no se pueden tocar, y cuya gestión es más eficaz, pero también más plana. De ahí también la importancia de escribir a mano, que no es sino dibujar, porque facilita un modo de pensamiento más orgánico, más profundo.

En la sesión compartimos las formas en que archivamos nuestros materiales -la entropía, inherente a cualquier trabajo, exige un gran esfuerzo para que el conjunto sea coherente y accesible-. Hoy casi todos tenemos el grueso de nuestros materiales en discos duros o en la nube, pero coincidíamos en lo mucho que nos ayudaba lo visual, incluso tener ciertas cosas en papel. ¿Os acordáis de los álbumes de fotografías? Era un placer abrirlos de vez en cuando; hoy acumulamos gigas de imágenes la mayoría de las cuales probablemente no volvamos a abrir nunca; por un lado, por falta de tiempo, por otro, porque el archivo digital crece a un ritmo que realmente escapa a nuestro control. Hemos sustituido los recuerdos por datos, como ha observado Byung-Chul, en un proceso de desmaterialización de la experiencia: “ya no habitamos la tierra y el cielo, sino Google Earth y la nube”. El mismo autor reivindica que el tratamiento digital de la información implica cierta fragmentación, no facilita la narración, que es la que genera significado y contexto. Como ya estudió Marshall McLuhan, el paso de la cultura oral a la escrita y luego a la electrónica, ha ido generando sucesivas revoluciones en la percepción humana y en la organización social. La velocidad de los tiempos y la masividad de los contenidos que manejamos hacen casi imposible el uso exclusivo de archivos físicos, sin embargo, los objetos materiales son imprescindibles para anclarnos en el mundo. Una imagen digital de una obra de arte no puede sustituir la experiencia directa frente a la materialidad, la presencia de la pieza. Jamás crearemos el mismo vínculo emocional con un pendrive, por mucho que necesitemos su contenido, que con un cuaderno de apuntes sobre el que hemos escrito o dibujado durante mucho tiempo o con ese objeto especial que nos regaló alguien querido y que podemos tocar, sentir... 

Pero volvamos a la sesión. Hablamos también de la importancia de las listas. Nuestra vida es compleja y necesitamos poner orden, suplementar nuestra memoria: la lista de la compra, los libros que me gustaría leer, las exposiciones que no quiero perderme; los alumnos que entregaron tal trabajo, las familias a las que tengo que escribir; las tareas que debo hacer hoy, las que quedan pendientes... 

Reflexionamos, finalmente, sobre cómo hacer para facilitar la interpretación de un archivo visual, como el que construimos juntos al final de la sesión, una especie de cartografía colectiva. Quizá un documento de esa naturaleza es simplemente un punto de partida, un estímulo que puede inspirar reflexiones probablemente diferentes de las que hicimos nosotros, interesantes en todo caso, como cuando te enfrentas a un cuadro y te toca de un modo completamente distinto a como lo experimentó su autor, porque tu momento vital, tus experiencias y conocimientos son diferentes. Es lo que ocurre con las experiencias en Musaraña. Puedes tratar de contar lo que ocurrió, puedes compartir fotografías, tus notas, pero es imposible transmitir una vivencia que solo se puede sentir estando allí. 

El proceso de crear un archivo también puede ser un acto creador, una experiencia transformadora. Qué conservar y qué no. Necesitamos también un orden, un sistema que lo haga lo más cómodo posible y establecer una jerarquía. El modo de organizarlo genera conexiones entre los documentos, y, por tanto, sentido. García Márquez construyó un archivo monumental cuando escribió Cien años de soledad; la misma historia, escrita por él mismo, pero con otra estructura, habría tenido otro resultado muy diferente.

La figura del docente (que entronca de alguna manera con aquella transmisión oral y viva de conocimiento), debe ser mitad hormiga, mitad cigarra: previsor, responsable y buen gestor para poder poner un cierto orden en la entropía, pero también saber apreciar la belleza de lo efímero, ser flexible y cautivar para despertar la curiosidad y la capacidad de asombro que están en la puerta de todo aprendizaje. Porque el docente es un mediador cultural en uno de los espacios más delicados y necesarios del mundo: la escuela.

Dirigido a:
Profesorado
Fecha de publicación:
22 de Junio de 2026
Imagen
Olga Sánchez Portero
Información sobre el autor:

Profesora de Secundaria y Bachillerato

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