Antes de aportar algunas sugerencias que mejoren la formación de los educadores, es preciso señalar que dicha formación debe abarcar diferentes disciplinas, pero hoy parece especialmente necesaria en dos aspectos.

El primer congreso de educación y museos, organizado por el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid en 2008, se preguntaba por la formación de los educadores. Recientemente, en 2015, Guillermo Solana, director del mismo museo, terminaba su intervención en un curso de verano en el Escorial con estas palabras: El futuro de los museos es la educación. Pues bien, como la educación es un aspecto central de su misión, para repensar el museo conviene aportar sugerencias que mejoren a los educadores.

Antes de aportar algunas sugerencias que mejoren la formación de los educadores, es preciso señalar que dicha formación debe abarcar diferentes disciplinas, pero hoy parece especialmente necesaria en dos aspectos.

Por un lado, precisa un aprendizaje permanente que actualice sus conocimientos en el uso de nuevos dispositivos tecnológicos puesto que su utilización en el museo es habitual y los visitantes más jóvenes los emplean sin esfuerzo (son nativos digitales).

Este aprendizaje conviene enfocarse no sólo en “el uso de estos dispositivos sino para fomentar la concepción de nuevas experiencias educativas” (Ibáñez, Asensio y Correa, 2011: 76). 

Por otro lado, un aspecto a tener en cuenta es la educación emocional porque toda actividad artística vislumbra una vertiente emotiva y “la comunicación que se produce en los procesos de enseñanza-aprendizaje no puede comprenderse en toda su complejidad sin referirse al mundo de las emociones” (Fontal y Valle, 2007: 364). Además, como en el ámbito emocional una habilidad social clave es la empatía (Goleman, 1995: 391) asumir y comprender los sentimientos de los demás facilita el camino de la educación. En definitiva, interesa que el educador conozca las nuevas experiencias educativas y que mediante la emoción suscite en el público del museo situaciones que orienten al aprendizaje. A continuación, se apuntan brevemente tres sugerencias para mejorar el aprendizaje permanente de estos profesionales:

En primer lugar, facilitarles el tiempo necesario para el estudio e investigación educativa en su horario laboral. En este sentido, entendemos investigación educativa como una actividad realizada con un método científico, que aporta explicaciones para la comprensión de los fenómenos educativos, y para la solución de problemas educativos y sociales, mediante métodos, procedimientos y técnicas específicas especializadas (Colás, 2010: 51).

En segundo lugar, buscar el apoyo de la comunidad universitaria y definir un plan claro y concreto, adaptado a cada tarea, para que los educadores mejoren y amplíen su formación y se conviertan en personas que educan, enseñan e investigan, ya que “la enseñanza siempre tiene que mirar, al menos por el rabillo del ojo, a la investigación” (Llano, 2007: 76). Asimismo, el ámbito universitario puede proponer programas específicos que favorezcan la consecución de este objetivo, aunque parece conveniente que se elaboren de manera conjunta con profesionales del museo.

Por último, recibir una formación concreta en el propio museo puede ser de gran utilidad para los educadores. A la vez, nos parece interesante fomentar el liderazgo interno que conduzca a que algunos puedan convertirse “en mentores, desarrolladores de posibilidades. Aportando perspectiva, distancia y experiencia, un mentor facilita y acelera el proceso de descubrimiento interior […] el mentor ve el potencial y lo fomenta; trabaja una personalidad” (Muñoz-Seca y Riverola, 2011: 315). Sugerimos repensar la figura del mentor educativo, tan habitual hoy en el mundo empresarial pero con un claro origen educativo, como medio para crear equipos de trabajo estables que generen programas educativos de calidad.

Fecha de publicación:
9 de Agosto de 2018
Imagen
Ignacio Perlado

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