Aprender y trabajar en un museo atravesado por lo digital

Hace ya tiempo que lo digital dejó de ser un ámbito separado dentro de los museos. No es únicamente la página web, las redes sociales, una aplicación o los dispositivos que incorporamos a una exposición. Está presente en la manera en que producimos, organizamos y compartimos información; en cómo accedemos a las colecciones; en las relaciones que establecemos con los públicos y, cada vez más, en las propias condiciones en las que desarrollamos nuestro trabajo. La expansión de la inteligencia artificial, de los entornos inmersivos o de nuevas formas de producción y circulación de contenidos hace más visible una transformación que, en realidad, venía produciéndose desde hace años. El problema es que no siempre resulta tan sencillo reconocer qué significa todo esto para quienes trabajan en los museos y, sobre todo, qué conocimientos necesitan para desenvolverse profesionalmente en ese contexto.

MUSEDU+ nace precisamente de esta cuestión. Durante dos años, varias universidades, museos y organizaciones culturales europeas estamos analizando prácticas desarrolladas en diferentes contextos, estudiando cómo están cambiando determinados perfiles profesionales e intentando identificar qué nuevos conocimientos y capacidades necesitan quienes trabajan en educación y comunicación museística. La intención no es quedarse en un diagnóstico. El proyecto quiere ordenar esos aprendizajes en un modelo que permita relacionar conocimientos, procesos y estrategias y, a partir de él, desarrollar propuestas de formación que puedan ponerse a prueba con profesionales. En el fondo, estamos intentando pasar de una afirmación bastante repetida -los museos están cambiando y necesitamos nuevas competencias- a preguntas mucho más difíciles de responder: cuáles son realmente esas competencias, cómo se construyen y hasta qué punto pueden aprenderse y compartirse entre instituciones diferentes.

La transformación digital ocupa necesariamente un lugar importante en esa reflexión, pero reducir el problema al dominio de determinadas tecnologías sería probablemente equivocarnos desde el principio. Saber utilizar una plataforma, producir contenidos digitales o manejar una herramienta de inteligencia artificial puede formar parte de los conocimientos profesionales necesarios, pero dice poco sobre la capacidad para decidir cuándo utilizarla, para qué, con quién y con qué consecuencias. Una tecnología puede ampliar el acceso a una colección y, al mismo tiempo, generar nuevas exclusiones; puede facilitar la participación y reducirla a una interacción superficial; puede multiplicar las posibilidades de interpretación y también homogeneizar las respuestas. La competencia profesional no reside únicamente en saber hacer algo con una herramienta, sino en poder comprender la situación en la que esa herramienta interviene, valorar sus implicaciones y tomar decisiones educativas o comunicativas con criterio. Quizá por eso nos interesa menos preguntarnos cómo adaptar a los profesionales a una transformación tecnológica aparentemente inevitable que pensar qué capacidad queremos que tengan para intervenir críticamente en ella.

La propia relación entre educación y comunicación introduce otra dificultad. Son ámbitos distintos, con responsabilidades y tradiciones profesionales diferentes, pero en la práctica se encuentran continuamente. Un proyecto educativo produce relatos, construye interlocutores, propone determinadas formas de relación y contribuye a configurar la presencia pública del museo. Del mismo modo, una decisión de comunicación nunca es completamente ajena a cómo una institución imagina a sus públicos, qué conocimientos da por supuestos, quién puede comprender sus mensajes o qué posibilidades ofrece para intervenir en ellos. Reconocer estos cruces no significa diluir los perfiles profesionales ni convertir a todo el mundo en especialista en todo. Más bien obliga a comprender mejor qué conocimientos pertenecen específicamente a cada ámbito y cuáles necesitan compartirse para evitar que educación, comunicación y tecnología funcionen como compartimentos que únicamente se encuentran cuando las decisiones importantes ya están tomadas.

Pero quizá una de las cuestiones más complejas que plantea el proyecto sea la propia idea de competencia. Una parte importante de aquello que sabemos hacer como profesionales no procede de una formación perfectamente identificable. Se aprende trabajando, observando, conversando con otros, enfrentándose a situaciones imprevistas, equivocándose y acumulando experiencias que terminan formando parte de nuestra manera de actuar. Hay conocimientos que podemos describir con facilidad y otros que reconocemos sobre todo cuando necesitamos utilizarlos. Un educador puede percibir que una propuesta no está funcionando y modificarla mientras sucede; puede interpretar una situación en un grupo o reconocer que una metodología adecuada en un contexto sería contraproducente en otro. Intentar hacer visibles esos saberes puede ayudarnos a comprender mejor nuestro trabajo y a mejorar la formación de quienes se incorporan a él. Pero existe también el riesgo de convertir una práctica compleja en un catálogo de habilidades ordenado y aparentemente completo que deje fuera precisamente aquello que hace posible ejercerlas con criterio.

La dimensión europea de MUSEDU+ hace todavía más evidente esta tensión. Las instituciones que participamos tenemos estructuras diferentes, trabajamos en contextos culturales distintos y no organizamos de la misma manera la educación, la comunicación o la relación con los públicos. Esto dificulta establecer un modelo común, pero precisamente por eso puede resultar productivo. Nos obliga a distinguir entre aquello que pertenece a una determinada organización y aquello que puede tener un valor profesional más amplio. Si describimos las competencias de manera demasiado ligada a una institución, difícilmente serán transferibles; si las formulamos de un modo tan general que puedan aplicarse a cualquier museo, corremos el riesgo de que dejen de explicar la realidad de ninguno. La cuestión no consiste, por tanto, en definir un profesional ideal que pueda trabajar del mismo modo en cualquier contexto, sino en identificar conocimientos y capacidades que permitan interpretar situaciones diferentes, relacionarse con otros saberes y adaptar las decisiones a las condiciones concretas en las que se trabaja.

Desde el Área de Educación del Museo Nacional Tyyssen-Bornemisza nos interesa además otra cuestión que atraviesa el proyecto: qué ocurre con todo ese conocimiento cuando la investigación termina. Un modelo, una metodología o una experiencia formativa pueden estar perfectamente descritos y, sin embargo, resultar poco útiles para alguien que trabaja en otro museo. Para que un resultado pueda ser apropiado y transformado por otros profesionales no basta con difundirlo; necesitamos explicar las condiciones en las que se produjo, las decisiones que se tomaron, las dificultades que aparecieron y aquello que probablemente no pueda trasladarse sin más a otro contexto. Una parte de nuestro trabajo en MUSEDU+ se dirige precisamente a pensar cómo hacer que los resultados del proyecto sean comprensibles y utilizables, evitando convertirlos en recetas que ocultan los procesos de los que proceden. Esto afecta también a la propia forma en que comunicamos una investigación: compartir lo aprendido debería significar compartir también sus límites.

Por eso la pregunta que da título a esta entrada no tiene una respuesta cerrada. MUSEDU+ pretende concretar conocimientos, competencias y formas de aprendizaje que puedan contribuir a la formación de quienes trabajan en los museos, y esperamos que al final del proceso podamos formularlas con bastante más precisión de la que tenemos ahora. Pero la propia investigación nos obliga también a mantener abierta otra pregunta: qué clase de profesionales queremos formar y para qué clase de instituciones. Podemos mejorar las capacidades para trabajar en entornos digitales, aprender a utilizar tecnologías nuevas y desarrollar modelos profesionales más completos, pero ninguna de esas competencias es neutral respecto al museo que estamos construyendo. Formar profesionales no consiste únicamente en prepararlos para adaptarse a los cambios. También supone dotarlos de conocimientos y capacidad crítica para participar en la decisión sobre cuáles de esos cambios queremos incorporar, cuáles necesitamos cuestionar y hacia dónde queremos que transformen nuestras instituciones.

Dirigido a:
Profesionales
Fecha de publicación:
8 de Octubre de 2026
Imagen
Rufino Ferreras Marcos

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