¿Por qué complicarnos la vida? Investigar desde la práctica educativa del museo
A veces nos hacemos esta pregunta. Entre la programación educativa del museo, las actividades cotidianas, las relaciones con escuelas, colectivos y comunidades, la gestión y las muchas cuestiones que van apareciendo en el día a día, decidimos además implicarnos en proyectos de investigación que añaden reuniones, viajes, documentos, compromisos y nuevas responsabilidades.
No siempre resulta fácil justificarlo, sobre todo cuando el tiempo y los recursos son limitados y cuando una parte importante de ese trabajo no se traduce inmediatamente en actividades visibles para los públicos. Sin embargo, hay algo en nuestra manera de entender la educación en museos que nos lleva una y otra vez hacia ahí. Si pensamos que la educación no consiste únicamente en programar actividades o facilitar el acceso a las colecciones, sino también en producir conocimiento, revisar nuestras propias prácticas y comprender mejor las relaciones que establecemos con las personas y con el patrimonio, entonces investigar no es exactamente algo que hacemos además de nuestro trabajo. Es una de las formas que puede adoptar ese trabajo.
La práctica educativa produce continuamente preguntas. Algunas aparecen mientras desarrollamos un proyecto y otras se van haciendo visibles después de años de trabajo: qué estamos aprendiendo realmente de las relaciones que establecemos, qué presupuestos sostienen nuestras metodologías, cómo cambian las instituciones cuando cambian las personas con las que trabajan, qué conocimientos necesitamos para afrontar problemas que antes no existían o que quizá no habíamos sabido reconocer. La experiencia permite responder a muchas de estas cuestiones, pero no basta siempre para comprenderlas. Precisamente porque estamos implicados en aquello que hacemos, necesitamos en ocasiones detener la práctica, tomar cierta distancia, ponerla en relación con otros conocimientos y someter nuestras interpretaciones a contraste. Es ahí donde la investigación adquiere sentido dentro de nuestro trabajo educativo. No como una actividad separada de la práctica, ni como una forma de convertir retrospectivamente cualquier proyecto en investigación, sino como una manera de interrogar de forma más sistemática aquello que hacemos y creemos saber.
Esa investigación rara vez puede hacerse en solitario. Trabajar con universidades, otros museos, docentes, profesionales de diferentes ámbitos o personas directamente implicadas en los problemas que investigamos amplía las perspectivas desde las que podemos abordarlos y nos enfrenta a conocimientos que no poseemos. Pero esa multiplicidad de agentes no es, al menos en estos proyectos, el centro de la cuestión. EducaThyssen tiene una larga trayectoria de procesos colaborativos, participativos y de cocreación cuyo sentido no depende de que constituyan investigaciones. Conviene no confundir unas cosas con otras. Aquí lo que nos interesa es cómo determinadas alianzas permiten pensar mejor una pregunta, contrastar hipótesis, poner a prueba herramientas o hacer visible aquello que desde nuestra propia posición resulta más difícil reconocer. El trabajo con otros importa, por tanto, no porque la colaboración sea en sí misma una garantía de calidad, sino porque introduce otras experiencias, saberes y puntos de vista en el proceso de conocimiento.
Esta preocupación tampoco es nueva. En 2010 participamos, de una manera relativamente limitada, en Los cuentos del camino, un proyecto que investigaba las posibilidades de relacionar patrimonio artístico, literatura infantil y tradiciones orales. Años después, ARCHES nos permitió trabajar sobre accesibilidad y tecnología en un marco de investigación participativa que cuestionaba, entre otras cosas, quién debía intervenir en el diseño y valoración de las soluciones. En la actualidad participamos en proyectos muy diferentes entre sí: MUSEDU+, sobre las competencias profesionales vinculadas a la educación y la comunicación museística en un contexto de transformación digital; SEEDS, que investiga las relaciones entre los sistemas educativo y cultural; y EDUHISDEM, centrado en las posibilidades de la educación histórica para desarrollar pensamiento crítico y cultura democrática, y en el que los museos participan en la selección de obras, la elaboración y adaptación de materiales y el diseño y evaluación de propuestas educativas. No forman una línea homogénea ni responden todos a una estrategia previamente diseñada, pero sí aparecen en ellos cuestiones que reconocemos como propias de nuestra práctica y que difícilmente podríamos abordar con la misma profundidad exclusivamente desde ella.
Esto tampoco significa que cualquier proyecto de investigación merezca necesariamente el esfuerzo que exige. Uno de los riesgos de estas iniciativas es que la propia lógica del proyecto termine sustituyendo a la pregunta que lo justificaba. Los procedimientos administrativos, los calendarios, los indicadores, la obligación de producir determinados resultados o de justificar determinadas acciones pueden ocupar una parte considerable del tiempo disponible y, en ocasiones, desplazar aquello que pretendíamos investigar. También existe el riesgo de participar porque aparece una oportunidad de financiación, porque se nos invita a formar parte de un consorcio o porque la dimensión internacional parece, por sí misma, otorgar valor a la iniciativa. Para nosotros la cuestión debería ser bastante más exigente: qué queremos comprender, qué podemos aportar, qué podemos aprender y de qué manera aquello que investigamos puede modificar nuestra práctica o contribuir a la de otros. Si no somos capaces de responder a estas preguntas, quizá el proyecto no merezca realmente la complicación que supone.
Hay además una contradicción que conviene no ocultar. Investigar requiere unas condiciones que no siempre encajan bien con el funcionamiento cotidiano de los museos. Necesita tiempo para leer, observar, conversar, formular preguntas, probar, equivocarse y volver sobre lo que creíamos saber. Buena parte de nuestras instituciones, en cambio, funcionan bajo una presión constante de programación, producción y visibilidad. Cuando la investigación se incorpora sin modificar esas condiciones, corre el riesgo de convertirse simplemente en otra responsabilidad añadida a equipos que ya sostienen una actividad intensa. Si consideramos que investigar forma parte del trabajo educativo, no basta con proclamar su importancia: habrá que preguntarse también qué reconocimiento, qué recursos y qué formas de organización hacen posible desarrollarla sin relegarla sistemáticamente a los márgenes del resto del trabajo.
Por eso quizá la pregunta decisiva no sea cuántos proyectos hacemos, sino qué queda de ellos cuando terminan. No basta con haber producido informes, guías, materiales o encuentros, aunque todos ellos puedan resultar útiles. Nos interesa saber si algo de lo investigado modifica nuestra manera de trabajar, si una pregunta que apareció durante el proceso continúa acompañándonos después, si determinadas relaciones permiten abrir nuevas investigaciones o si los conocimientos producidos pueden ser utilizados por otras personas en contextos diferentes. También nos interesa compartir esos procesos antes de que estén completamente cerrados, porque investigar no consiste únicamente en presentar resultados, sino también en hacer visibles las dudas, los desacuerdos y los cambios que se producen mientras intentamos comprender algo mejor. Este blog puede ser uno de los lugares desde los que hacerlo, y por eso iremos dedicando algunas entradas a estas investigaciones, no tanto para contar los proyectos como para detenernos en las preguntas que los han hecho necesarios, en aquello que estamos aprendiendo y también en las dificultades que encontramos.
Tal vez ahí esté, por ahora, la mejor respuesta a la pregunta inicial. Nos complicamos la vida porque la práctica no se explica por sí sola y porque la experiencia, por extensa que sea, tampoco garantiza que comprendamos suficientemente lo que hacemos. Investigar introduce tiempo, distancia, contraste y la posibilidad de revisar aquello que dábamos por supuesto. A veces confirma intuiciones que ya teníamos; otras obliga a abandonarlas. Y seguramente ahí reside una parte importante de su sentido.