La danza como práctica de democracia cultural
¿Qué hace democrática a una práctica artística? Más allá de garantizar el acceso a la cultura, tal vez la pregunta sea: ¿qué ocurre cuando las personas son reconocidas como sujetos del derecho a participar en la vida cultural y esa participación tiene la capacidad de transformar también las instituciones que la hacen posible?
A lo largo de mi trayectoria he desarrollado proyectos de danza en escuelas, comunidades en situación de exclusión social, conservatorios, prisiones, residencias infantiles, instituciones culturales y organizaciones sociales. En ese recorrido, la participación y colaboración con el Área de Educación del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza ha sido un valioso espacio de aprendizaje y de diálogo con una manera de entender la mediación cultural, la participación y los derechos culturales.
Aunque los contextos sean muy diferentes, todos comparten una misma inquietud: ¿cómo influyen los procesos democráticos en las artes para que desplieguen todo su potencial emancipador y transformador? Y, por tanto, ¿qué significa construir una cultura verdaderamente democrática?
Desde el enfoque basado en los derechos humanos que orienta mi práctica pedagógica y artística, esta pregunta antecede a las definiciones de democracia cultural o democratización cultural. Nace de observar cómo la danza transforma la manera en que las personas se relacionan consigo mismas, con los demás y con el entorno; de comprobar que un proceso artístico puede abrir posibilidades de expresión y esperanza donde antes había silencio, dolor o invisibilidad; pero también de constatar que esa capacidad transformadora de las artes no siempre encuentra un reflejo equivalente en las instituciones que las acogen.
La democratización cultural ha supuesto uno de los grandes avances de las políticas culturales contemporáneas. Gracias a ella se han ampliado las oportunidades de acceso a la cultura, se han impulsado programas educativos y de mediación, se han eliminado barreras y se ha acercado la cultura a personas y comunidades cada vez más diversas. Sin estos procesos sería imposible hablar de equidad y de igualdad de oportunidades en el ámbito cultural.
Garantizar el acceso y la accesibilidad para todas las personas exige un enorme compromiso por parte de instituciones y profesionales. Ese esfuerzo es imprescindible para una cultura inclusiva. La experiencia nos demuestra que en ocasiones es solo el comienzo.
La democracia cultural no consiste únicamente en garantizar el acceso a la cultura, sino en reconocer a las personas como sujetos del derecho a participar en la vida cultural, a contribuir desde sus propias experiencias, lenguajes, formas y posibilidades de habitar el mundo. La cultura deja de ser un patrimonio que unos transmiten a otros para convertirse en un espacio compartido donde las personas crean, dialogan y construyen cultura. Es en ese intercambio cuando la participación puede contribuir también a transformar las propias instituciones.
Desde esta perspectiva, la danza ocupa un lugar singular. La danza nos recuerda que el cuerpo no es un simple instrumento. Es memoria, afecto, resistencia, resiliencia, deseo y conocimiento. Cada cuerpo es portador de una historia y cada movimiento expresado constituye una forma de producir sentido. La danza posee la capacidad de cuestionar quién tiene derecho a ser visto, escuchado y reconocido dentro de la cultura.
Existen personas a quienes la historia apenas ha concedido un lugar desde el que narrarse. Cuando los cuerpos tradicionalmente ausentes de los espacios de representación participan en procesos artísticos, no están simplemente incorporándose a una actividad cultural. Su presencia amplía el espacio común desde el que la cultura se construye. Cuando esos cuerpos se hacen visibles, crean, comparten y ocupan el espacio, se amplían los márgenes de lo que entendemos por cultura.
He comprobado que los procesos de creación compartida generan transformaciones profundas. La danza fortalece vínculos, construye comunidad, favorece el reconocimiento mutuo y permite que muchas personas descubran capacidades que permanecían invisibles incluso para ellas mismas. La práctica artística crea las condiciones para experimentar la escucha activa, la cooperación y el reconocimiento de la diferencia. En ese sentido, constituye una práctica de emancipación a través de la participación cultural.
Esta experiencia me ha llevado también a identificar una paradoja. Existen procesos culturales profundamente democráticos que transforman a las personas y a las comunidades, pero no siempre consiguen transformar con la misma intensidad las instituciones donde tienen lugar.
Las personas cambian. Los equipos aprenden. Las comunidades se fortalecen. Pero las estructuras institucionales, sus formas de programar, sus criterios de legitimidad o determinados modelos de excelencia permanecen, en ocasiones, prácticamente inalterados.
Ahí reside uno de los grandes retos de la democracia cultural. No basta con incorporar nuevos públicos o desarrollar programas inclusivos. ¿Qué sucede cuando una práctica artística obliga a una institución a repensarse a sí misma? ¿Estamos dispuestos a aceptar que las experiencias de participación modifiquen también nuestras formas de enseñar, programar, mediar y construir cultura?
Esta reflexión interpela, en mi caso, especialmente a la educación artística. Democratizar el acceso a la formación sigue siendo una tarea pendiente, especialmente en la danza. Garantizar ese derecho implica revisar los modelos educativos, ampliar las formas de entender el talento y reconocer que la diversidad no constituye una excepción que deba ser negociada para ser integrada, sino una condición propia de cualquier sociedad democrática y una fuente de riqueza para la creación.
En estos procesos, el acompañamiento no significa dirigir cada paso, sino crear las condiciones para que otras personas descubran su propia capacidad creadora y desarrollen un sentido de pertenencia a sus propias prácticas culturales. Acompañar es confiar. Es escuchar. Es ofrecer tiempo para que la experiencia artística produzca transformaciones que no siempre son inmediatas ni previsibles.
Los procesos necesitan tiempo, porque la democracia también necesita tiempo, constancia, pensamiento y acción. La danza recuerda algo esencial para la democracia cultural. La danza no normaliza los cuerpos; los hace presentes; compartimos la experiencia de habitar un cuerpo, pero cada uno expresa una historia irrepetible. En ese encuentro entre lo común y lo diverso, el arte deja de ser únicamente una práctica estética para convertirse en una manera de imaginar otras formas de convivencia.
La democracia cultural comienza, sin duda, cuando abrimos las puertas de la cultura. Pero solo alcanza su pleno sentido cuando quienes las atraviesan participan plenamente en la creación de nuevos relatos y cuando las instituciones aceptan dejarse transformar por esa presencia. Tal vez, entonces, comprendamos que la democracia no solo se legisla o se administra: también se practica, se defiende, se aprende y, en ocasiones, se baila.