El proceso creativo en Musaraña como cambio pedagógico
¿Qué ocurre cuando dejamos de entender la educación artística como una cuestión de habilidad para empezar a verla como un proceso de expresión? En este relato comparto cómo el encuentro con la comunidad Musaraña cambió mi manera de acercarme al arte.
Cuando empecé a trabajar de maestro y me dijeron: "Tienes que dar Educación Plástica", a mi mente acudieron aquellas interminables tardes de domingo raspando con cuchilla los “chinos” de tinta en el dibujo técnico, los tediosos trenzados de hilos en los clavos del trabajo de pretecnología, así como las figuras con pinzas, hilos rotos de sierra de marquetería y los mil y un dibujos con 5 de nota que me pusieron. Y es que conmigo lo hicieron mal. Nunca fui ducho con el lápiz ni en la trazada, ni tan siquiera el pegado y recorte, pero algo debería tener, además de un suficiente en artística de por vida. Nunca lo supe hasta hace poco.
El arte y la belleza me encantan, pero la forma en la que fui educado no. En mi búsqueda de una pedagogía con la que transmitir a mis alumnos aquello que sienten y aquello que ellos pueden desarrollar, más allá de la habilidad manual o el don del dibujo, apareció Musaraña. Y aquí fue donde el proceso creativo dio lugar al cambio.
Lo primero que descubrí es que si algo tenía yo de mi parte eran las musas y, aunque ellas no me dotaron de una motricidad fina exquisita o de una destreza con el trazo, sí que lo hicieron de creatividad, de inspiración para elaborar actividades motivadoras y detonantes para la expresión de mis alumnos.
Lo segundo que me aportó Musaraña fue la deriva. Y es que la inspiración, aunque tengas las musas de tu parte, no viene de una orden del maestro ante un folio en blanco o una bola de arcilla. Cada paseo sin ideas preconcebidas por el museo, dejándome llevar, mirando, sintiendo, parándome en lugares nunca hechos, viviendo las obras y los espacios, hicieron de cada deriva un punto de partida para lo que vendría después. Por eso, en vez de que se pongan a trabajar sin más, usando esta idea, lo primero que hago es que mis alumnos deriven por su interior, por sus experiencias, por el entorno a través de reflexiones con el fin de que encuentren aquello que quieren expresar.
Porque esto, la expresión, es lo tercero que me descubrió la comunidad. No es la habilidad, ni la destreza lo que más importa en nuestro trabajo, sino el proceso creativo y de expresión que lleva detrás. Es importante previamente dotar a los alumnos de herramientas, técnicas, autores, obras que les sirvan para aprender a representar aquello que bulle en sus cabezas. Es un juego, es una imitación, es una experimentación, que lleva a la elaboración de algo nuevo y único.
Todo ello me lleva a lo más importante, a lo último que Musaraña y las maravillosas personas que lo integran me han enseñado: cada uno tiene un don, y entre todos formamos una comunidad que unida trabaja para un crecimiento y bien común. El mío no es manual, son las ideas, es la creatividad y la búsqueda constante de expresarme en aquellos medios que me son más fáciles e intuitivos (últimamente la fotografía).
Encuentro tras encuentro, he vivenciado cómo sólo a través de un proceso creativo basado en la reflexión, experimentación y expresión es como el arte y los museos tienen sentido. Ahora cuando me dicen: "Tienes que dar Educación Plástica" digo: ¿A cuántas clases?