Espigar el museo
¿Qué ocurre cuando dejamos de mirar un resto como “basura” y empezamos a tratarlo como pregunta? El proyecto Espigar propone una pedagogía de lo encontrado.
Sobre una mesa del taller de EducaThyssen, una cartela retirada ya no nombra una obra: espera otra vida. Puede convertirse en cubierta de un libro de artista, en cápsula para una flor prensada, en fragmento de un mapa biológico o, sencillamente, en una excusa para preguntarnos qué hacemos con aquello que deja de cumplir su primera función.
Esa imagen resume bien lo que venimos explorando con Espigar, una iniciativa que promueve la reutilización creativa de materiales procedentes del museo. Por ello, tras tres años de proyecto, el encuentro de docentes Saberes y haceres: Espigar como práctica educativa nos llevó al aula de la profesora Ana Salado —colegio La Salle Maravillas de Madrid— para recoger experiencias y hablar de la iniciativa desde el lugar donde los materiales se transforman: la escuela. Porque no se trata solo de entregar "restos" de exposiciones o materiales del museo a centros educativos, sino de pensar qué pasa después con ellos: qué imaginarios activaban, qué preguntas abrían, qué aprendizajes hacían posibles.
El arte nos ofrece una genealogía fértil para pensar todo esto. Kurt Schwitters no entendía el collage como una técnica menor, sino como una forma de reorganizar el mundo: en Entrada (Mz 456) pegó documentos, una entrada de museo y fragmentos impresos para someterlos a una nueva distribución y metamorfosis. Como dejaba claro Schwitters en su texto Merz, publicado en enero de 1921, aplicaba el concepto de collage tanto a su poesía como a sus obras artísticas: «He pegado poesías de palabras y de frases de tal manera que su ordenación rítmica da como resultado un dibujo. A la inversa, he pegado cuadros y dibujos en los que podían leerse frases».
Joseph Cornell nos conduce a otro lugar. Sus obras no convierten simplemente desechos cotidianos en arte, sino que transforman objetos encontrados en símbolos de deseos, recuerdos y sueños. Sus pequeñas cajas de madera y cristal funcionan como habitaciones de la imaginación: un espacio donde lo aparentemente insignificante adquiere densidad poética. Robert Rauschenberg, por su parte, inventó el término combine para obras que borraban la frontera entre pintura y escultura, dando nuevo significado a objetos ordinarios al situarlos en el contexto del arte. Schwitters, Cornell y Rauschenberg nos ayudan a entender que reutilizar no es empobrecer la experiencia estética: es complejizarla.
En este punto, El bosque de Marly de Camille Pissarro nos permite desplazar la reflexión hacia los ciclos. El cuadro muestra un camino del bosque del Château de Marly, pintado con pequeños toques de pincel que captan la vibración de la luz entre las hojas. Charo Morán —ecóloga, socia-trabajadora de la cooperativa Garúa— en su propuesta educativa Nueva cultura de la Tierra se “sirve” de esta obra para recordarnos que “de la hojarasca caída de los árboles darán cuenta una multitud de microorganismos, hongos e invertebrados del suelo para convertirla en nutrientes esenciales para el mantenimiento del conjunto del ecosistema”. Frente a una economía lineal de comprar-usar-tirar, el bosque nos recuerda que nada vivo funciona así.
Por eso hablar de Espigar es hablar también de los ciclos materiales. A veces utilizamos materiales limpios, recién comprados, como si la creatividad necesitara empezar de cero. Pero los materiales "pobres" —un cartón doblado, una cartela antigua del museo, una tela arrugada, una madera con marcas— traen información incorporada: peso, historia, textura, resistencia, memoria. ¿Cómo cambia nuestra mirada cuando no compramos materiales, sino que los rescatamos?
Aquí aparece lo que podríamos llamar "justicia material": preguntarnos quién produce los materiales, quién puede comprarlos, quién los desecha demasiado rápido y quién tiene derecho a transformarlos.
La sostenibilidad en las aulas de los centros educativos o en los museos no es solo técnica o económica; el informe Museos circulares, del Observatorio de Museos de España, habla de una “responsabilidad material”: reducir residuos, compartir recursos y prolongar la vida útil de elementos constructivos. En clave educativa, esto se traduce en una pedagogía crítica de los objetos: aprender que cada material contiene decisiones sociales, ambientales y afectivas.
La ecoansiedad no se reduce con discursos alarmistas ni con una lista infinita de problemas. Se reduce —o al menos se acompaña mejor— cuando existe posibilidad de acción, comunidad y experiencia significativa. En la misma línea, investigaciones y experiencias educativas recientes señalan que tomar acción puede ayudar a mitigar la angustia climática, especialmente cuando esa acción se vincula a proyectos reales, comunidad y sentido de agencia. La UNESCO, además, recuerda que los jóvenes demandan cada vez más una educación climática de calidad, más conectada con contenidos, formas de aprendizaje, entorno y alianzas educativas.
Quizá por eso me interesa terminar no con una conclusión cerrada, sino con otro "resto" que me viene "acompañando" desde el encuentro en el colegio La Salle Maravillas. Una cartela, una cuerda, una hoja seca, una plancha de cartón, un trozo de lienzo, los tapones de pegamentos, restos de ceras de colores, gomas de borrar, pinceles…. Algo que cualquiera habría apartado. Lo coloco sobre la mesa y pregunto: ¿qué descartamos? ¿Qué materiales activan mejores respuestas? ¿Qué pasaría si el museo y las aulas dejara de ser un lugar donde se consumen recursos para convertirse en un lugar donde las cosas reciben nuevas oportunidades? Tal vez Espigar consista precisamente en eso: en convertir un "resto" en una pregunta compartida, y una pregunta compartida en acción educativa.
Nota. Espigar es una iniciativa del Área de Educación del Museo y el proyecto docente Musaraña que invita al profesorado a recoger y reutilizar materiales procedentes de exposiciones y de la actividad diaria del museo. A través de sus distintas ediciones, desde la convocatoria inicial, Espigar: El tercer polo (2023), hasta Espigar: Inteligencia líquida (2024) y Espigar: Ciclos materiales (2025), la propuesta ha explorado el reciclaje creativo, la sostenibilidad y la construcción de redes de reutilización entre el museo y los centros educativos.