A veces entramos en un museo mirando las salas, los cuadros, la información que aparece junto a las obras, la arquitectura... Pero quizás puede ser interesante comenzar bajando la mirada.

Entro al museo muchas veces con la sensación de que todo empieza en las salas. Cruzo el patio, saludo, subo o bajo escaleras, y la colección aparece como si fuese el verdadero comienzo. Pero últimamente me interesa hacer el gesto contrario: detenerme antes, mirar el suelo, preguntarme qué hay bajo los pies. No bajo los pies en sentido metafórico solamente, sino de verdad: qué suelo, qué historia, qué materia y qué memorias sostienen este lugar.

El Thyssen ocupa el Palacio de Villahermosa, situado en el Paseo del Prado, un eje urbano transformado de manera decisiva a finales del siglo XVIII; pero la historia de “nuestro” solar se remonta al siglo XVI, cuando la zona comenzó a crecer y, en torno al Prado Viejo, aparecieron construcciones rurales con huertas y jardines. La documentación existente sobre el Paseo del Prado nos recuerda que este lugar fue conocido desde la Edad Media como Prado Viejo o de Atocha, con una primera referencia documental en el Fuero de Madrid de 1202. Así que… antes de museo, el espacio que ocupa el Thyssen fue lugar de agua, sombra, paseo, cultivo...

Me interesa esa inversión de la mirada porque puede ayudar a cambiar nuestra relación con el museo. Si el edificio no aparece como un contenedor neutro de obras, sino como una capa más dentro del territorio que habitamos, entonces las pinturas no están solas: dialogan con el suelo que “pisan”. La propia historia del Palacio de Villahermosa ayuda a pensarlo así. En la fachada principal del Thyssen todavía se conserva una inscripción que recuerda cómo María Manuela, duquesa de Villahermosa, “concertó la perfección del arte y el deleite de la naturaleza” en este lugar —la próxima vez que nos visites, mira en el frontón que corona la entrada al museo—. No deja de ser sugerente que una institución dedicada al arte guarde, en su propia piel, una memoria de la naturaleza.

Continuando esta idea… Una obra de la colección permite ver todo esto de golpe: Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado con cortejo de carrozas, atribuida a Jan van Kessel III y fechada en 1686. La historiadora del arte Trinidad de Antonio Sáenz, en el catálogo del museo, señala que la pintura nos ofrece una vista completa de la confluencia entre la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado Viejo de San Jerónimo, justo el lugar donde hoy se encuentra el Museo Thyssen-Bornemisza.

Así que, cuando miro esta pintura, no veo solo una escena “cotidiana-cortesana”. Observo barro, polvo, sombra, agua, animales, mercancías, gente que pasea, cuerpos que trabajan... El cuadro permite imaginar el museo antes del museo: no como espacio cultural, sino como cruce. La pintura muestra la casa que ocupaba el lugar actual del Thyssen, el tráfico de carruajes, el paseo arbolado, las fuentes, las huertas y la vida social del Prado. Me gusta pensar que esa imagen no está únicamente dentro de la colección: también está debajo de nuestros pasos cada vez que atravesamos el patio.

En esa capa subterránea del Thyssen aparece otra palabra: Atocha. La Real Academia Española define atocha como esparto y atochal como espartizal. El Centro Virtual Cervantes explica que una de las teorías etimológicas hace derivar Atocha de atochar, “campo de esparto”, aunque también recoge otras hipótesis y advierte de la complejidad del topónimo. No se trata, por tanto, de convertir una posibilidad en certeza cerrada, sino de abrirnos a diferentes preguntas: ¿qué ocurre si escuchamos en Atocha una memoria vegetal? ¿Qué cambia si el nombre del lugar nos devuelve a una planta humilde, fibrosa, resistente, vinculada a suelos pobres y a culturas materiales campesinas?

Pero el esparto no es solo una planta. Es técnica, gesto, mano, espera. Es recolección, trenzado, memoria y transmisión. La cultura del esparto fue declarada en 2019 Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial por la necesidad de protegerla ante el riesgo de desaparición; el Ministerio de Cultura recuerda que esta cultura se basa en el aprovechamiento de fibras como la atocha y que ha tejido durante siglos formas de vida, trabajo, memoria colectiva, toponimia y patrimonio mediterráneo. Por eso pensar en el museo desde su memoria, como “campo de esparto”, me parece una manera “bonita” de leerlo desde abajo.

Por eso, quiero proponer una nueva forma de entrar al museo. Entrar preguntando: ¿qué sostiene físicamente este lugar? ¿Qué pasaría si comenzáramos una visita al Thyssen no delante de una obra, sino mirando el suelo? Tal vez entonces Jan van Kessel III no sería solo un pintor de una “escena antigua”; sería un testigo de la ciudad que hubo. Y el esparto no sería solo un material artesanal; sería una inteligencia vegetal y campesina capaz de recordarnos otras formas de cuidar.

Quizás el museo, pensado así, no empieza en la puerta ni termina en la cartela de una obra. Empieza antes: en el nombre de Atocha, en las huertas desaparecidas, en los arroyos canalizados, en los árboles que aún dan sombra, en los cuerpos que caminan, en las manos que trenzan. Un museo bajo los pies no es un museo menor. Es un museo que se pisa, se escucha, se cuida y se documenta. Un museo que, al mirar hacia abajo, aprende otra manera de estar en la Tierra.

Nota editorial. Las ideas de este texto nacen al calor del encuentro Al salir de clase. Ser paisaje, ser guarida: por una escuela más que humana, impulsado por Lucía Loren —artista especializada en proyectos comprometidos con el medioambiente— como una de las activaciones del proyecto docente Musaraña.

Dirigido a:
Profesorado
Fecha de publicación:
1 de Marzo de 2025
Imagen
Salvador Martín Moya
Información sobre el autor:

Educador

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