Cartografía de una casa
Desde octubre de 2025 hasta enero de 2026, el taller de EducaThyssen fue convirtiéndose poco a poco en un lugar donde construir juntos maneras distintas de habitar, de recordar y de mirar. ¡Os cuento!
Habitar lo invisible. Cartografía de una casa, proyecto realizado en el museo, nacía de dos preguntas sencillas y enormes al mismo tiempo: qué significa habitar y qué convierte un espacio en refugio, en lugar seguro.
La propuesta comenzaba siempre en el taller. Antes de recorrer las salas, cada familia construía su propio espacio dentro del museo. A través de materiales, objetos, recorridos y pequeñas acciones comenzaban a aparecer formas muy diferentes de entender el hogar, el cuidado y la convivencia.
Había quienes necesitaban construir desde el movimiento, desde el cuerpo y desde lo expansivo. Materiales desplazándose continuamente, estructuras que crecían rápido, cuerpos ocupando el espacio desde lo físico y lo sonoro.
Otros aparecían desde el detalle y desde maneras mucho más silenciosas de relacionarse con los materiales. Construcciones pequeñas, gestos mínimos, objetos cuidadosamente colocados, tiempos más lentos para observar y permanecer.
Y entonces comenzaban a surgir refugios reales o imaginarios construidos desde los recuerdos, los objetos cotidianos, los afectos y las formas particulares que cada familia tiene de habitar el mundo.
Como sucede siempre, las infancias desplazaban y ampliaban todo aquello que habíamos imaginado para la propuesta. Después, las salas dedicadas a los pintores holandeses del siglo XVII se convertían en otro lugar de la experiencia.
A partir de aquello que había aparecido previamente en el taller —los movimientos, las formas de construir, los ritmos, los silencios— las niñas y niños comenzaban a reconocerse también en las obras. No todos querían mirar los cuadros de la misma manera. No todos sabían detenerse igual frente a una imagen.
La propuesta invitaba a observar a partir de pequeñas premisas sobre cómo mirar y después cada uno elegía el cuadro que quería contarnos, compartir o mirar más de cerca.
Y entonces aparecían conexiones inesperadas.
Muchas veces quienes habían realizado construcciones más dinámicas y físicas se acercaban a escenas donde el movimiento era evidente: cuerpos inclinados, animales, acciones, gestos, ruido. Otros elegían interiores silenciosos, luces pequeñas, personajes quietos o espacios donde parecía que el tiempo se detenía un poco.
Como si cada infancia encontrara en las obras una forma cercana de habitar el mundo y de reconocerse también en ellas.
Más que enseñar a mirar, la propuesta nos permitió detenernos en las múltiples maneras de relacionarnos con las imágenes y entender que no existe una única forma de observar igual que no existe una única manera de habitar.
Quiero agradecer profundamente a Felicitas, Eva, Ana y a todas las personas que forman parte del Área de Educación del museo por acompañarme y sostenerme durante todo el proceso, por todo lo que me habéis enseñado sobre las obras y, sobre todo, sobre vuestras maneras de acercar el arte a la infancia desde lugares tan sensibles, abiertos y profundamente cuidados.
Desde hace muchos años vuestra práctica artística y pedagógica es un referente enorme para mí en la manera de entender el arte y la educación.