La importancia del relato
De entre todas las plantas, la parra o vid (Vitis vinifera) es imprescindible, tanto en el relato artístico como en el relato del propio ser humano, y se podría decir que esta planta es un fiel testimonio de nuestra historia. Este fruto se consagró desde antiguo a los dioses Dioniso y Baco. De ellos se decía que habían originado el vino, aunque ya se conocía anteriormente en el Antiguo Egipto, donde realizaban libaciones con él. En las representaciones artísticas es usual asociar el vino con la sangre vertida por Cristo, por lo que la inclusión de una parra o de su fruto en un cuadro ostenta tan potente carga simbólica.
En el Museo Thyssen encontramos los racimos de una parra en la parte superior de la obra de Giambattista Tiepolo, La muerte de Jacinto, seguramente en alusión a la sangre derramada. También hay lugar para apreciar la diferencia de color que pueden tener las uvas, como en el cuadro La Sagrada Familia con ángeles y santos, de Joachim Antonisz. Wtewael. En la canasta que porta una de las figuras, el artista ha pintado dos cultivares distintos de uvas: una más blanca y otra más tinta. Por último, en la pieza de Lucas Cranach el Viejo, La Virgen y el Niño con un racimo de uvas, se observa cómo en el racimo faltan tres uvas, quizás en una relación directa con los tres clavos con los que Cristo fue crucificado.





















