Paisaje idílico con la huida a Egipto. Claudio De (Claude Gellée Lorena)
Roble inglés (Quercus cf. robur)

Dentro de las creaciones artísticas también los árboles tienen un lugar de excepción, al ser los vegetales que tienen mayor presencia allá donde crecen. Se les atribuyen cualidades de fortaleza, de longevidad, de resistencia…, y siempre se les considera un ejemplo a seguir. 

Los árboles y los seres humanos han trenzado sus orígenes y sus destinos desde el comienzo, y todo ello también está presente en las obras de arte.

Raíces en la roca 

En esta obra de Luca di Tommè, tan solo unas formaciones rocosas configuran el paisaje de fondo. A pesar de la simplificación de formas de esta composición, las plantas están integradas de una manera sutil y sencilla: unas pocas pinceladas verdosas surgen del mismo marco de la obra; parece que ninguno de los personajes sagrados las ha pisado.

Idénticos trazos paralelos aparecen en las masas pétreas del fondo y dan forma a la naturaleza agreste de esta Adoración. Los dos árboles que enmarcan la escena y el paisaje son genéricos, es decir, no pertenecen a ninguna especie concreta. Lo más destacado de su presencia es cómo uno de ellos se agarra con fuerza a la roca desnuda, con sus raíces ensanchadas en la base del tronco, tal y como ocurre a veces en la naturaleza.

Anatomía radicular

Las raíces de otro árbol van a cautivar nuestra mirada y a establecer una conexión con la obra del Trecento italiano que acabamos de ver. Adriaen van de Velde crea un bucólico paisaje pastoril donde los árboles enmarcan la escena al igual que lo hacen las montañas del fondo. En esta composición destacan tres árboles de mayor tamaño. El de la izquierda, encaramado en un montículo casi vertical, ha desarrollado unas poderosas raíces similares a las del árbol de Luca di Tommè: varias de ellas se hincan en la tierra, se aferran como garras para que el árbol no se desestabilice y caiga, lo que supondría su muerte inevitable. 

En esta escena aparentemente tranquila, este árbol lucha cada día contra la ley de la gravedad. Su propia existencia y crecimiento es un reto vital, ya que con cada nueva hoja que produce, el árbol gana peso, por lo que, a su vez, debe asirse con más fuerza a la tierra en la que la fortuna quiso que naciera. Las raíces, esas estructuras grandes y olvidadas, no eran invisibles para estos artistas, y les prestaban la atención que se merecen. 

Los otros dos grandes árboles pintados por Van de Velde posiblemente también fueron tomados del natural. Ambos enseñan su corona de raíces en la base de su tronco, raíces fuertes que indican su potencia. En el árbol de la derecha, con hojas de color verde más claro, hay una raíz que se dirige hacia el camino. Sugiere el punto donde este ejemplar encontraría más agua, que es justamente en la parte más baja que ocupa la senda, lugar en el que se acumularía más cantidad cuando lloviera. Esta anatomía radicular también se aprecia en los árboles plantados en las ciudades y pueblos, cuyas raíces revelan el sitio donde tienen mejores condiciones para crecer. Tan solo hay que seguirlas con la mirada para descubrirlo.

Las vicisitudes de la vida 

Como a cualquier ser vivo, las vicisitudes de la vida pueden llevar a un árbol a la muerte, y muchas pueden ser las causas de que esto ocurra. Entre las causas naturales se podrían citar algunas, como la inevitable debilidad por efecto del envejecimiento, o bien por una enfermedad incurable o por el daño sufrido a consecuencia del impacto de un rayo, como en esta pintura de Marco Ricci que capta ese mismo instante. Las acciones del ser humano también intervienen en esta muerte de los árboles, y entre ellas estaría la de la pérdida de vigor por cambios en las condiciones de cultivo, o por una poda inapropiada o el maltrato de sus raíces.

Árboles muertos
Asunto Místico ("Nunc dimittis"). Giovanni Bellini

El árbol seco

En las obras de arte religioso es muy frecuente la inclusión de árboles muertos como parte del paisaje en el que aparecen las figuras sagradas. En la pintura de Giovanni Bellini, Asunto místico ("Nunc dimittis"), se aprecia un árbol seco entre las figuras de la Virgen María, el Niño Jesús y Simeón. Está bien ramificado, pero no presenta ninguna hoja sobre su estructura, al contrario que los otros árboles del paisaje, repletos de verde follaje. 

El árbol seco en la iconografía cristiana suele ser una referencia a la transición de la muerte a la vida eterna, a la salvación que conlleva la fe en Cristo. Otros árboles del fondo están pintados con rasgos anormalmente estilizados, un recurso muy frecuente en la pintura renacentista italiana, tanto en obras con temática religiosa como en los retratos. Sin embargo, un pasaje bíblico del Libro de Ezequiel parece estar sugerido en esta obra de Bellini a través de estos árboles esbeltos: “Y todos los árboles del campo sabrán que Yo soy el Señor; humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde; seco al árbol verde y hago reverdecer al árbol seco. Yo, el Señor, he hablado y lo haré” (Ezequiel 17:24).

El “uso” de los bosques
La Virgen con el Niño y san Juanito. Bernardino Luini

Aclareo de los bosques

Los bosques y los árboles que pueblan los cuadros nos enseñan los usos silvícolas asociados a ellos. En la pintura de Bernardino Luini aparece un bosquete próximo a una ciudadela. La utilización de la madera en los entornos urbanizados hizo que la superficie de los bosques se viera reducida, quedando zonas residuales de árboles que eran un recuerdo de la antigua extensión del arbolado primigenio. Asimismo, al llevar a cabo un aclareo de los bosques se permite que la luz directa del sol alcance la tierra para que crezca el pasto, indispensable para mantener a la cabaña ganadera. De hecho, en esta delicada pintura se representan algunos de estos animales, como una vaca, un burro o también ovejas o cabras que pacen la hierba verde.

Los árboles familiares

Una peculiaridad de los árboles representados en las obras de arte tiene que ver de forma directa con la procedencia de los artistas. Dependiendo de su origen, del norte o sur de Europa, incluían en sus pinturas unas especies de árboles u otras. Quizás las más frecuentes son los robles (Quercus spp.) y los cipreses (Cupressus sempervirens). Y, mientras que los primeros protagonizaban más a menudo la obra de pintores alemanes o del entorno de la actual Bélgica, los segundos son típicos en pintores ligados al mundo mediterráneo, como los italianos. Esto es debido a que los cipreses, por su genética, prefieren un clima más seco y no crecen con facilidad en aquellos lugares con humedad ambiental alta y lluvias constantes.

Roble

Así, en Paisaje con el descanso en la huida a Egipto de Joachim Patinir, el árbol destacado y frondoso, a cuyo lado reposa la Sagrada Familia, es un roble (Quercus cf. robur), una especie habitual en el entorno de Amberes, la ciudad donde el artista desarrolló su carrera profesional. Este árbol tiene una simbología muy rica, al estar ligado a la Virgen María y ser uno de sus atributos, razón por la que quizás esté incluido en esta pequeña y bella obra de arte. Asimismo, en los alrededores de una de las granjas que se ven en este paisaje se aprecia cómo, al igual que en la pintura mencionada de Bernardino Luini, el bosque se ha aclarado, seguramente con la doble finalidad de la obtención de madera y para generar espacios abiertos en los que cultivar cereales como el trigo.

Ciprés

De la misma manera, un ciprés muy destacado se encuentra en la tabla del boloñés Marzo Zoppo, visible entre las rocas. Otro par de ejemplares aparecen también en la parte izquierda de la composición, formando parte del paisaje. El ciprés se trata de una planta sagrada desde muy antiguo para distintas religiones, también para el cristianismo, que lo considera como un símbolo de virtud, y es por tanto un atributo muy apropiado para acompañar esta escena de la vida de san Jerónimo.

Ciprés (Cupressus sempervirens)

Árbol

De las raíces a la copa

Eduardo Barba Gómez
Investigador botánico en obras de arte y jardinero

En colaboración con el Área de de Educación del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Diálogos botánicos