¿Por qué sigue siendo tan difícil conectar educación y cultura?
Escuelas e instituciones culturales ante una relación todavía frágil
Llevamos décadas defendiendo la importancia de la educación artística y cultural y acumulando experiencias de colaboración entre escuelas, museos, centros de arte, bibliotecas, teatros y otras instituciones culturales. Existen programas consolidados, redes de docentes, proyectos de larga duración y un repertorio considerable de metodologías y recursos. Sin embargo, cuando observamos cómo se producen realmente estas relaciones, aparece una paradoja difícil de ignorar: muchas continúan dependiendo de personas concretas, de oportunidades puntuales, de proyectos financiados durante un tiempo limitado o de la capacidad de algunos profesionales para sostenerlas más allá de las condiciones ordinarias de sus instituciones. Sabemos bastante sobre lo que puede ocurrir cuando escuela y cultura trabajan juntas; sabemos bastante menos sobre qué hace posible que esa colaboración permanezca, se integre en las estructuras educativas y culturales y deje de depender casi exclusivamente de la voluntad de quienes la impulsan.
SEEDS parte precisamente de este problema. El proyecto reúne organizaciones educativas y culturales de distintos países europeos para investigar experiencias de relación entre escuelas e instituciones culturales, observar cómo se desarrollan en contextos diferentes y tratar de identificar las condiciones que favorecen o dificultan su continuidad. No se trata simplemente de reunir una colección de buenas prácticas. Nos interesa comprender qué sucede dentro de esas experiencias: cómo se construyen las relaciones entre docentes y profesionales culturales, qué expectativas tiene cada parte, cuánto tiempo necesitan los procesos, cómo se distribuyen las decisiones, qué papel desempeñan los espacios o qué condiciones institucionales permiten que una colaboración llegue a formar parte de la vida ordinaria de una escuela o de una organización cultural. A partir de esa investigación desarrollaremos también una propuesta de formación conjunta y un conjunto de recomendaciones dirigidas no solo a los profesionales, sino a las instituciones y administraciones capaces de modificar algunas de las condiciones en las que trabajan.
Una de las primeras cuestiones que aparecen cuando observamos estas experiencias es que colaborar no significa simplemente hacer cosas juntos. Una escuela puede visitar regularmente un museo sin que exista una verdadera relación entre ambas instituciones; un museo puede desarrollar una excelente actividad para estudiantes sin que los docentes hayan participado en su concepción; y dos equipos pueden compartir durante meses un proyecto que, sin embargo, desaparece en cuanto termina la financiación o cambia una de las personas responsables. Esto no invalida esas experiencias, pero obliga a distinguir entre distintos niveles y formas de relación. La colaboración necesita tiempo para conocerse, establecer confianza, comprender los lenguajes profesionales de los otros y aceptar que los objetivos educativos no siempre son idénticos. También requiere reconocer que docentes y profesionales culturales poseen saberes diferentes y que ninguno de los dos ámbitos debería limitarse a proporcionar al otro aquello que supuestamente le falta.
Nuestra estancia de trabajo en Finlandia hizo especialmente visible esta cuestión. Más allá de las actividades concretas o de las diferencias entre sistemas educativos, resultaba evidente la importancia concedida a las condiciones en las que se desarrolla el aprendizaje: la confianza, la seguridad, el tiempo compartido, la posibilidad de experimentar y la atención a los espacios en los que tienen lugar las relaciones. Estas cuestiones pueden parecer periféricas cuando diseñamos un programa educativo y, sin embargo, condicionan profundamente lo que puede suceder en él. También nos obligan a desconfiar de los modelos demasiado cerrados. Identificar qué funciona en una experiencia no significa que podamos extraer sus elementos y reproducirlos en otro país, otra escuela o otro museo. Las prácticas dependen de contextos institucionales, profesionales y culturales concretos. Lo transferible quizá no sea el modelo, sino algunas preguntas, principios o condiciones que cada contexto deberá interpretar de nuevo.
Por eso la formación que estamos desarrollando dentro de SEEDS no debería consistir en enseñar a docentes y profesionales culturales un método correcto de colaboración. Si algo empieza a resultar claro es precisamente la dificultad de reducir estas relaciones a una secuencia de pasos. Tiene más sentido crear situaciones en las que ambos perfiles puedan observar sus propias prácticas, reconocer qué aporta cada uno, identificar los obstáculos que encuentran y desarrollar herramientas para trabajar conjuntamente. La formación debería servir también para cuestionar algunas inercias: la tendencia del museo a diseñar primero y ofrecer después sus propuestas a la escuela; la expectativa de que el docente actúe simplemente como intermediario entre la institución cultural y el alumnado; o la idea de que la innovación consiste necesariamente en producir una actividad nueva, cuando a veces lo que necesitamos es modificar las condiciones que permiten sostener las relaciones existentes.
Pero hay un límite evidente a lo que pueden hacer los profesionales por sí solos. Si una colaboración necesita continuamente tiempo extraordinario, personas excepcionalmente comprometidas o financiación externa para sobrevivir, el problema deja de ser únicamente metodológico. Hay cuestiones relacionadas con los horarios, la organización de los centros, el reconocimiento profesional, la formación, los recursos disponibles o la coordinación entre políticas educativas y culturales que condicionan lo que docentes y educadores pueden hacer. Una de nuestras responsabilidades en SEEDS será precisamente trasladar los aprendizajes del proyecto a ese nivel, elaborando recomendaciones que permitan discutir qué cambios institucionales y políticos serían necesarios para que estas relaciones no dependan siempre de circunstancias excepcionales. No se trata de convertir experiencias concretas en recetas generales, sino de utilizar lo que aprendamos de ellas para identificar obstáculos recurrentes y posibilidades de transformación.
Esta quizá sea una de las razones por las que SEEDS nos interesa especialmente desde el Área de Educación del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Nuestra relación con la escuela tiene una historia larga y ha producido proyectos, comunidades de docentes y formas de trabajo que nos permiten partir de una experiencia considerable. Pero precisamente esa experiencia necesita ser interrogada. No basta con saber que determinadas propuestas han funcionado o que existen relaciones que se han mantenido durante años; necesitamos comprender mejor por qué lo han hecho, qué condiciones las sostienen, qué fragilidades continúan presentes y qué aspectos de nuestra propia manera de trabajar deberíamos revisar. La investigación no debería servir para demostrar que ya conocemos la respuesta, sino para complicar suficientemente la pregunta.
Quizá el problema, entonces, no sea que educación y cultura estén desconectadas. Hay innumerables conexiones y muchas de ellas producen experiencias educativas valiosas. La cuestión es por qué tantas siguen siendo frágiles y qué tendría que cambiar para que trabajar conjuntamente dejara de ser algo extraordinario. SEEDS no puede resolver por sí solo una cuestión que atraviesa sistemas educativos, políticas culturales e instituciones muy diferentes. Pero puede ayudarnos a comprender mejor qué estamos pidiendo a las personas cuando les pedimos que colaboren y qué responsabilidades corresponden también a las organizaciones en las que esas personas trabajan.