A partir de la experiencia compartida en el encuentro Democracia cultural, educación y museos, se plantea una mirada que entiende el museo no como un contenedor neutral de patrimonio, sino como un agente capaz de ensanchar el “yo” hacia lo comunitario. 

Hace unos días leí una entrevista a Robin Wall Kimmerer, científica y escritora, en la que afirmaba que necesitamos resignificar la ilusión individualista que impera en la sociedad contemporánea. “Yo no soy yo. Soy mis hijos. Soy mis árboles. Soy mi aire. Soy mi agua. Los economistas dicen que siempre actuaremos en nuestro propio interés. Probablemente sea cierto; por eso lo que necesitamos es expandir qué entendemos por yo. Ese yo es nuestra comunidad”.

Al leerla, resonaron con fuerza las intervenciones realizadas en el encuentro Democracia cultural, educación y museos, al que fui invitada por el equipo de Educación del museo Thyssen. Allí, nos preguntábamos qué papel pueden desempeñar los museos y las instituciones culturales para ensanchar y revitalizar la democracia. No como espacios neutrales ni como meros contenedores de patrimonio, sino como herramientas activas para abrir, cuidar y sostener la participación y la diversidad. Tampoco desde una óptica de integración —que a menudo presupone un centro al que hay que llegar—, sino como una manera de amplificar y expandir nuestros horizontes y saberes, ayudándonos a imaginar otros futuros posibles y a salir del ensimismamiento y la debacle colectiva. En definitiva, una forma de abrir nuestros yoes.

Para tratar de aportar pistas desde las que abordar estos cuestionamientos propuse, en mi intervención, pensar el museo a partir de tres imágenes: el museo archipiélago, el museo hacedor y el museo refugio.

El museo archipiélago, retomando la bella propuesta del pensador y poeta martiniqués Édouard Glissant, es aquel que, a través de su programación, posibilita trabajar la diversidad desde una lógica de colaboración y horizontalidad, y no desde perspectivas jerárquicas o extractivistas. Un museo que asume que no existe un único relato legítimo, sino múltiples islas de sentido conectadas entre sí. Desde esta mirada, la colección y la programación se abren a lecturas poéticas, parciales e inacabadas, capaces de propiciar la participación y la apropiación crítica. Se trata, en definitiva, de dar visibilidad a aquellos saberes históricamente menospreciados o ignorados, favoreciendo el surgimiento de sinergias entre colectivos y personas que habitualmente no se sienten interpeladas por la institución cultural. El museo deja así de ser un centro que irradia y se convierte en un territorio compartido que se construye en relación.

El museo hacedor pone el acento en las capacidades de cualquiera. A través de experiencias concretas, situadas y sensibles, el museo puede activar espacios de encuentro donde se produzca la reciprocidad entre personas de trayectorias diversas. Aquí, los sentidos, el hacer y la experiencia compartida resultan fundamentales para desactivar jerarquías simbólicas. No habrá derechos culturales sin “derechos espejo”: derechos que solo se activan cuando se produce el reconocimiento mutuo, cuando reconocemos a las otras personas como iguales en dignidad y capacidad. Sin ese reconocimiento, no hay encuentro posible. El museo hacedor no programa para públicos pasivos, sino que genera condiciones para que algo suceda entre quienes lo habitan, aunque sea de forma efímera.

Por último, el museo refugio concibe la institución cultural como un espacio estable para la consolidación de comunidades en el tiempo. Un refugio no entendido como aislamiento, sino como lugar público de cuidado, continuidad y memoria colectiva. Frente a la lógica de la actividad puntual o los personalismos, el museo refugio apuesta por procesos sostenidos y por una perspectiva situada, colectiva y relacional. Un museo que recoge energías del contexto y las devuelve transformadas, fortaleciendo el tejido social. Un museo que acompaña, que permanece y que asume su responsabilidad pública más allá de la programación.

Pensar los museos desde estas tres imágenes es, para mí, una forma de reivindicar su potencia democrática: espacios clave para ensayar otras maneras de estar juntas, de escucharnos y de imaginar colectivamente futuros más justos, abiertos y habitables. Una apuesta por activar pedagogías capaces de implosionar el yo individualista y abrirlo a la empatía y la reciprocidad con lo que nos rodea, poniendo en el centro la interdependencia y el cuidado de la diversidad como condiciones indispensables para la salud y el bienestar de nuestro ecosistema social democrático. 

Dirigido a:
Profesionales
Fecha de publicación:
15 de Abril de 2026
Imagen
Susana Moliner
Información sobre el autor:

Comisaria, productora cultural y fundadora de GRIGRI

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