¿Qué se entiende por museología social? ¿Qué papel poseen los departamentos de educación? Propongo una reflexión en el marco de los derechos culturales.

La educación no es un área más del museo, sino la energía que lo activa y le da sentido social. Desde mi experiencia en la Rede Museística Provincial de Lugo, en la que la visión/misión de la museología social marca la forma de hacer y entender el museo, la función educativa se ha transformado en una práctica cotidiana que articula derechos culturales, cuidados, participación y corresponsabilidad, convirtiendo el acceso al patrimonio en una experiencia compartida de ciudadanía cultural.

Cuando hablo de educación en los museos de la Rede Museística Provincial de Lugo, no me refiero a un departamento ni a un conjunto de actividades complementarias. Es una forma de estar en el mundo. La educación es la energía que sostiene y orienta un museo comprometido con su tiempo y con las personas que lo habitan. Desde esta perspectiva, la museología social no es una etiqueta metodológica, sino una práctica situada que trabaja con la comunidad, atiende a la vida cotidiana y entiende el patrimonio como un bien que se construye colectivamente.

Con el tiempo, esta mirada ha ido transformando, no solo los discursos expositivos, sino también las relaciones, los ritmos y las prioridades institucionales. Nos ha permitido situar en el centro los derechos culturales, la igualdad y los cuidados, entendiendo el museo como un espacio de responsabilidad pública y afectiva.

Uno de los principios que vertebra nuestra práctica educativa es la necesidad de combinar dos escalas de observación: la del microscopio y la del telescopio. Mirar con microscopio implica acercarse, escuchar sin prisas, reconocer necesidades concretas y los vínculos que sostienen la vida en común. Mirar con telescopio supone abrirse a otras experiencias, construir nexos con instituciones diversas y contrastar lo que hacemos con lo que ocurre en otros territorios. Sin este equilibrio, el museo corre el riesgo de encerrarse en sí mismo o, por el contrario, de perder el arraigo que le da sentido social. La educación es la articulación entre ambas miradas.

Este marco también nos ayuda a diferenciar dos conceptos que a menudo se confunden: la democracia cultural y la cultura democrática. La democracia cultural se refiere al reconocimiento de derechos: el acceso, la participación y la capacidad de creación cultural. La cultura democrática, en cambio, tiene que ver con las prácticas reales que permiten ejercer esos derechos. Desde nuestra experiencia, abrir las puertas no es suficiente. Si las personas que llegan no encuentran un espacio donde puedan reconocerse, expresarse y participar, el derecho se queda en una declaración formal. La educación actúa aquí como bisagra, convirtiendo el derecho en experiencia vivida.

Esta manera de entender el museo tiene raíces profundas. Desde 1932, con la apertura del Museo Provincial de Lugo, la vocación pedagógica ha estado presente. Con la creación de la Rede Museística en 2006, esa vocación pasó a convertirse en un eje estructural compartido por los cuatro museos. Por eso, cuando afirmamos que la educación no es un servicio añadido sino una función esencial, lo hacemos desde la práctica cotidiana: acompañamos procesos, escuchamos relatos, generamos vínculos y devolvemos al patrimonio un significado vivo, social y situado.

Trabajar desde la museología social implica asumir que los valores no son estáticos. La igualdad, la memoria, la diversidad o la corresponsabilidad necesitan actualizarse, debatirse y experimentarse. El museo debe ser un espacio donde estos valores puedan vivirse en la práctica, en un ciclo que implica Conocer → Comprender → Valorar → Cuidar → Transmitir.  Transitamos este recorrido tanto en el trabajo con escolares como en proyectos de inclusión, procesos de memoria o prácticas de creación comunitaria.

Nuestra metodología se apoya en preguntas simples, pero profundamente operativas: ¿Qué pasa? ¿Qué podemos hacer? Hagámoslo. Estas preguntas obligan a anclar la acción educativa en la realidad concreta, a evitar respuestas decorativas y a mantener un compromiso claro con la transformación social. Gracias a esta forma de trabajar hemos reforzado identidades culturales, incorporado la accesibilidad de manera transversal y hemos consolidado procesos de participación que van más allá de lo simbólico.

Un paso decisivo ha sido la incorporación de una mirada interseccional. Comprender cómo se entrecruzan la clase social, la edad, la diversidad funcional, el género o el origen, permite reconocer que no todas las personas acceden al museo en las mismas condiciones. La educación crea el espacio para nombrar estas desigualdades y para diseñar respuestas más cuidadosas y justas. No se trata de añadir capas de sensibilización, sino de transformar la estructura institucional para que pueda acoger experiencias diversas sin reproducir exclusiones.

Toda esta acción se articula desde una relación muy concreta con el territorio. Somos una institución profundamente enraizada, pero no cerrada. De la raíz a la red es una forma de pensar el museo como un tejido vivo, capaz de escuchar las historias locales y, al mismo tiempo, de construir alianzas que amplían la mirada. En este proceso, los afectos no son un añadido: son la base de nuestra política cultural. Tejer redes de afecto es, para nosotras, una práctica radical y transformadora.

Mirar hacia el futuro implica asumir retos claros: promover tiempos más pausados de visita, crear espacios reales de encuentro, avanzar en procesos de cocreación, impulsar innovación social sostenible, incorporar tecnologías accesibles y fortalecer la corresponsabilidad cultural. Todo ello orientado a construir museos que acompañan a las personas y no solo museos que exhiben colecciones.

En definitiva, la educación es la función que convierte la democracia cultural en cultura democrática. A través de ella pasamos del acceso a la participación y de la participación a la corresponsabilidad. Cuando esto ocurre, la ciudadanía deja de situarse frente al museo y pasa a situarse dentro de él, participando en su construcción y dotándolo de sentido. Es ahí donde la museología social despliega todo su potencial como práctica transformadora. 

Dirigido a:
Profesionales
Fecha de publicación:
15 de Febrero de 2026
Imagen
Encarna Lago
Información sobre el autor:

Gestora cultural, comisaria de exposiciones española y gerente de la Rede Museística Provincial de Lugo

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