Ampliar el margen de acción desde el museo
¿Por qué unas jornadas sobre el papel que juegan los museos y centros de arte en el fortalecimiento de la participación y la cultura democrática? Propongo una reflexión a partir del encuentro Democracia cultural, educación y museos.
Creo que si desde EducaThyssen proponen discutir sobre las posibilidades de “abrir” el museo a otras formas de agencia tiene que ver con una necesidad de dar respuesta a una sensación generalizada de impotencia ante un mundo que se impone sin dejarse afectar. Un estado de cosas en el que parece estar todo dado y cualquier posibilidad de transformación de cierto calado parece inimaginable. A esta situación Mark Fisher la denomina realismo capitalista: la creencia generalizada de que no hay alternativa al capitalismo, es decir, la sensación cultural y política de que el sistema capitalista en el que vivimos es el único posible o imaginable.
Para preparar mi intervención en las jornadas Democracia cultural, educación y museos quise aprovechar alguna de las exposiciones abiertas en el museo durante el verano de 2025. Terrafilia. Más allá de lo humano en las colecciones Thyssen‑Bornemisza era perfecta para pensar nuestro margen de acción en el mundo. Terrafila propone explorar una forma amorosa de relación con el planeta, los demás humanos y el resto de seres vivos. En vez de una relación instrumental, de explotación y de control, una relación amorosa con el mundo sería de cuidado mutuo, de interdependencia y de agencia compartida. El mundo nos hace y nos configura, pero tenemos margen de acción para intervenir y mejorarlo. Es lo que Harmut Rosa denomina una relación de resonancia. Dos personas bailan en “resonancia” cuando las dos conducen a la otra en algún grado y al mismo tiempo se dejan llevar.
¿Qué papel juegan el museo y el resto de instituciones que hemos heredado? ¿Es la cultura un ámbito posibilitador o el sucedáneo de una acción colectiva que se ha vuelto imposible? Para analizar estas cuestiones propongo que miremos en qué medida el museo funciona como un sistema abierto -capaz de multiplicar las capacidades de acción y las posibilidades de aprovechamiento- o como un sistema cerrado y limitante, que opera como un muro de contención de un mundo que no se deja afectar.
Propongo observar el museo -y al resto de instituciones heredadas- en su tendencia a funcionar como sistema cerrado. Se caracterizaría por operar fundamentalmente en una lógica de la transmisión bajo el paradigma de la comunicación. El hecho de que la exposición sea el dispositivo privilegiado da cuenta de que la función comunicativa determina el uso principal del museo: el acceso a unos bienes culturales por parte de los usuarios que se conciben como beneficiarios individuales. Otra característica sería la de asentarse en una disciplina académica bien delimitada y en los sistemas expertos consiguientes que tienden a defender su dominio y distinguirse del exterior a su campo, que no suele estar a la altura.
El funcionamiento del museo como sistema abierto consistiría en establecer una relación con el exterior no en términos de comunicación sino de cooperación y experimentación. Tendría que ver con habilitar lugares en los que los usuarios no son solo los receptores de un servicio sino potenciales co-productores de nuevas iniciativas: ya sea desde una interpretación colectiva de lo que se expone al modo de los clubes de lectura de las bibliotecas, o en procesos de co-creación de nuevos proyectos culturales. De esta forma los visitantes ya no se describen solo como legos a los que acercar la cultura sino como potenciales colaboradores en procesos de creación -desde otras disciplinas de conocimiento, desde su experiencia vital o desde sus aficiones-.
Cristo en la tempestad del mar de Galilea. Visitando la exposición de Terrafilia a principios de septiembre un cuadro llamó mi atención. En Cristo en la tempestad del mar de Galilea, de Jan Brueghel (1596), Jesús y sus discípulos cruzan el lago de Galilea en una barca cuando se desata una tormenta violenta. Las olas cubren la embarcación, los discípulos entran en pánico, mientras Jesús, sorprendentemente, duerme. El cuadro me hizo pensar en la Global Sumud Flotilla que hacía poco había emprendido su rumbo a Gaza.
Me pareció que Cristo en la tempestad como la flotilla comparten algo: ambos señalan caminos que se abren sin garantías, travesías cuyo desenlace nadie puede anticipar, donde cualquier súbito golpe de viento puede cambiarlo todo. En ambos casos, la acción se sostiene no porque la tormenta desaparezca, sino porque una comunidad decide mantenerse unida ante lo inesperado, seguir remando incluso cuando no sabe qué vendrá después. Es ahí donde la solidaridad, la acción colectiva y la apertura a lo que excede los planes -a lo vivo- se convierten en formas concretas de agencia compartida, por pequeñas que sean.
En ese sentido, también una exposición puede reproducir esta lógica de apertura o inhibirla. En Terrafilia, la muestra concluía en una tienda -con una selección bibliográfica excelente, sí-, pero la tienda sigue siendo un espacio donde la relación del visitante es, sobre todo, consumidora. ¿Y si en lugar de cerrar en la oferta de objetos se abriera un espacio de co-creación? ¿Y si, además de la tienda, la exposición contara con un laboratorio -promovido por el departamento de educación en colaboración con el resto de departamentos-, un lugar para experimentar, ensayar, discutir y colaborar, donde las preguntas abiertas de la muestra pudieran convertirse en prácticas compartidas?
Quizá entonces la exposición funcionaría como la barca en mitad de la tormenta o como la flotilla que se atreve a zarpar: un dispositivo que no busca solo transmitir unos contenidos cerrados, sino activar procesos, acompañar a atravesar la incertidumbre juntos y a descubrir nuevas formas de estar y actuar en el mundo.