Mientras preparaba la guía didáctica de la exposición temporal El universo freudiano de Dalí, junto a mi compañero Alberto Gamoneda, volví a detenerme en tres obras de Salvador Dalí que forman parte de la colección del museo. Este acercamiento me permitió abrir nuevas vías de interpretación y, sobre todo, cambiar las preguntas que me hacía. 

La exposición El universo freudiano de Dalí recorre la relación del pintor con el pensamiento de Sigmund Freud y propone releer su trayectoria desde sus años de formación hasta su producción más tardía. En este contexto, a medida que avanzaba en la escritura, fui estableciendo relaciones inesperadas con las obras de la colección permanente pintadas por Dalí, que comenzaron a hablarme desde lugares distintos. 

La primera fue Pierrot con guitarra, hacia 1923. Dalí la realizó durante sus años madrileños, probablemente en la Residencia de Estudiantes, y está relacionada con sus experiencias cubistas y con su interés por Juan Gris y Pablo Picasso. 

Hasta entonces, tendía a verla como una etapa más dentro del camino que conduciría a Dalí hacia el surrealismo. Sin embargo, durante la elaboración de la guía intenté detenerme en ella sin pensar tanto en lo que vendría después. Empecé a verla como el trabajo de un artista joven que está aprendiendo a construir una voz propia a partir de lenguajes ajenos. La superficie fragmentada, los distintos planos y el collage dejaron de hablar únicamente de cubismo y comenzaron a hacerlo también de aprendizaje, apropiación y ensayo. 

¿Qué influencias confluyen en la obra?, ¿qué hace Dalí con ellas?, ¿en qué momento una influencia deja de ser una imitación y empieza a convertirse en una voz propia? Estas preguntas pueden acercarnos a la investigación histórico-artística y, al mismo tiempo, conectar una pintura con nuestra propia experiencia. Al fin y al cabo, todos construimos nuestra mirada con fragmentos que recibimos de otras personas y lugares. 

Esa idea de construcción me acompañó hasta Gradiva descubre las ruinas antropomorfas (Fantasía retrospectiva), de 1932. El cuadro me llevó a conocer mejor la historia de Gradiva, el personaje de una novela publicada por Wilhelm Jensen en 1903 que, pocos años después, llamó la atención de Sigmund Freud. 

La historia cuenta cómo un joven arqueólogo queda fascinado por el relieve de una mujer caminando, a la que llama Gradiva. Imagina que vivió en Pompeya y viaja hasta las ruinas de la ciudad, donde cree encontrarla. Poco a poco descubre que aquella figura que parecía venir del pasado está relacionada con Zoë, una amiga de su infancia. Lo que al principio parecía una aparición termina siendo, de algún modo, el regreso de algo que ya habitaba en su memoria. 

Conocer el relato me ayudó a relacionar elementos de la pintura que antes contemplaba por separado. Las figuras, las ruinas y el paisaje empezaron a formar parte de una misma realidad. Así, una persona parece convertirse en roca, el paisaje adquiere algo de cuerpo y el pasado vuelve a hacerse presente. La obra me llevó a preguntarme sobre ¿qué permanece y qué se transforma en un recuerdo?, ¿dónde termina el cuerpo y comienza el paisaje?, ¿qué puede regresar del pasado bajo una forma diferente? 

¿Cómo puede convertirse un sonido en una imagen?, ¿por qué una figura nos conduce a otra?, ¿qué puede suceder en apenas un segundo? Desde ese territorio en el que la memoria mezcla tiempos, cuerpos y paisajes, llegué a Un segundo antes del despertar de un sueño provocado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada, de 1947. En ella, la abeja, las granadas, el pez, los tigres, el paisaje y el despertar forman una cadena visual en la que cada imagen parece llevar a la siguiente. Al observarla me interesaron menos los elementos por separado que las relaciones que se establecen entre ellos y me hizo pensar en el valor educativo de las asociaciones y de lo inesperado.  

Vistas juntas, las tres pinturas terminaron trazando un pequeño recorrido. Pierrot con guitarra invita a pensar en cómo aprendemos a partir de fragmentos y referencias; Gradiva descubre las ruinas antropomorfas (Fantasía retrospectiva), en la manera en que la memoria transforma aquello que conserva; y Un segundo antes del despertar de un sueño provocado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada, en nuestra capacidad para establecer asociaciones y producir nuevos significados. 

Quizá uno de mis principales aprendizajes durante la elaboración de la guía haya sido descubrir que una exposición temporal puede devolvernos a obras que creíamos conocer y hacer visibles relaciones que antes no habíamos percibido. Las pinturas siguen siendo las mismas, pero nosotros regresamos a ellas desde otras lecturas, experiencias e inquietudes. 

Todo este proceso me ha hecho pensar también en nuestro trabajo en el museo. La acción educativa consiste, en buena medida, en poner en relación la investigación, las propias vivencias y apertura de nuevas preguntas, o desde otros lugares, dejando espacio para que aparezcan conexiones que no habíamos previsto. 

Aprender también significa descubrir una nueva forma de mirar y seguir preguntando. 

Dirigido a:
Público general
Fecha de publicación:
28 de Octubre de 2026
Imagen
Salvador Martín Moya
Información sobre el autor:

Educador

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