La llave de los campos (La Clef des champs). René Magritte
Red Riding Hood, ilustraciones de Lydia L. A. Very

Si yo fuese hombre, saldría en este
momento y me dirigiría a un monte,
pues el día está soberbio; tengo, sin
embargo, que resignarme a permanecer
encerrada en mi gran salón. Sea.

Rosalía de Castro
(Sin fecha, fragmento de una carta a Murguía)

Meshes of the Afternoon de Maya Deren_1
Meshes of the Afternoon de Maya Deren_1

El bosque como amenaza

Hay imágenes, escenas y cuentos que se abren por el borde. Pequeñas historias que han ido transformándose a lo largo de los tiempos para domesticar, excluir, controlar, delimitar e impartir moral y disciplina. Caperucita roja es una de ellas. Un relato de transmisión oral que en principio resguardaría un cuento en el que el bosque no es peligroso, sino conocido: la niña afuera sobrevive, a veces cocina al lobo; otras, podrá escapar con astucia. Quizás hubo un tiempo en el que protagonista y depredador compartían territorio y conservación sin miedo ni castigo. Un cuerpo de niña —que será mujer— libre y sola fuera del espacio doméstico, sin temor. Si Caperucita ha mutado tantas veces a lo largo de la historia puede que se deba a que no están solo en juego la imagen, la moraleja o la misma fábula, sino la relación que hay entre una mujer, el bosque, lo animal, lo extraño o desconocido y lo salvaje. El espacio fuera de casa —incontrolable, desconocido, bravío— podría ser una puerta al espacio del deseo, la experiencia, la libertad o el riesgo. En las versiones de Perrault y de los hermanos Grimm, una niña no puede desviarse, y si así sucede hay que castigarla o rescatarla, hay que amansar su cuerpo y el espacio que este ocupa. ¿Pueden una imagen o una palabra operar como un mecanismo de control? ¿Intervenir como señal para indicarnos —a nosotras, por supuesto— qué rumbo tomar y ante qué conviene mantener siempre cierta desconfianza?

La niña envuelta en un manto representa también la posibilidad de lo que no llegó a ser. Tras multitud de reescrituras, no puede escapar. Queda reducida a señal y advertencia: claro ejemplo de todo lo que podría pasar si escogemos el desvío o nos atrevemos a hablar con extraños. Dejarse llevar por el impulso o el deseo se convierte así en tarea ardua y peligrosa; y si una se extravía siempre habrá un castigo, un límite o una reprimenda esperando bajo la forma de final feliz. El patriarcado vuelve una y otra vez a reescribir el cuento: como dispositivo de poder nos susurra que debemos quedarnos en casa, ser para otros un lugar de descanso o contemplación. Criaturas mansas, aplicadas y obedientes.

Pero todo puede morir, torcerse, brotar de nuevo, descubrirse.

Mujer ante el espejo. Paul Delvaux
El sueño. Franz (Franz Moriz Wilhelm Marc) Marc

Aquí comienza el desvío

Primero desaparece. Encuentra un escondite. Se desnuda. Ya no se presenta como objeto dispuesto para ser contemplado o disfrutado. En primera línea, un cuerpo transita la penumbra. En Mujer ante el espejo, de Paul Delvaux, el reflejo de quien vemos no coincide con aquella que sostiene la primera mirada. Es la mujer del espejo la que dirige sus ojos hacia el umbral, el afuera, la luz. Mientras espero que me mire a mí, sé que está dispuesta a atreverse, a cruzar la frontera, a demoler los mecanismos de vigilancia. En ella quizás tintinea el germen de una insumisión, un pequeño gesto de rebeldía para salirse por fin de la historia —y de la imagen— única.

¿Qué sucede al atravesar ese intersticio, aunque sea solo imaginado? ¿Qué mundos podrían esperarnos fuera del escondrijo? Los posibles después podrían revelarse en El sueño, de Franz Marc. Frente al cuento que solo presenta al animal como amenaza, aquí hay un paisaje que nos propone otros modos, otros afectos. Compartir con la bestia el mismo latido del mundo. No hay vigilancia ni dedo acusador, tampoco escarmiento. Una mujer descansa sin someterse a la doma, se convierte en otro centro en un mundo dominado por los relatos hegemónicos, jerárquicos y antropocéntricos. La mujer que se adentra no está en peligro, no se borra, no se convierte en amenaza para otros. Puede que sepa de la lengua del musgo, del río y de las crines. De soslayo, pareciera decirme: “ven aquí, este podría ser un lugar para nosotras”.

El león ruge y me despierta del ensueño. Se interrumpe la breve quietud, aparecen nuevas preguntas. Otros murmullos se deslizan, me llevan a mirar a otros encuadres, a cuestionar cómo y de qué maneras habitan ellas los espacios dentro del marco.

Waverly Oaks. Winslow Homer
El bosque de Marly, 1871, Camille Pissarro

El jardín concedido

¿Qué paisajes les permiten ocupar sin que se conviertan en amenaza? ¿Qué ropajes las envuelven? ¿Qué posturas predominan? ¿Hay lugar para la experiencia y la mancha? De espaldas, fuera de la luz, una pareja de mujeres comparte confidencias mientras parece que, entre robles, su paseo toca fin. Más tarde sabré que el lugar que retrató Winslow Homer en Waverly Oaks es el destino de visita habitual, cerca de Boston, para las mujeres y niños de la ciudad. Si no hay hombres en sus escenas es porque se encontraban en el frente.

La luz las acaricia, les concede otro lugar. Como las campesinas que se marchan de Camille Pisarro en El bosque de Marly, me gusta verlas fuera del jardín: fuera de ese espacio cultivado que ejerce como orden y norma. Porque este tipo de jardines tienen sus propias reglas. Aparecen en ellos figuras engarzadas a una sombrilla, ataviadas con trajes imposibles e impolutos, cuerpos preparado para el paseo apacible, la postal, la mirada de un hombre que las desea y las suaviza, que lima cualquier gesto o atrevimiento que pudiese resultar demasiado propio, demasiado vivo. Imágenes construidas para el ojo masculino —armonía, delicadeza, lo que se considera apropiado para una mujer— que a su vez imponen un cerco al cuerpo de las mujeres: en este paisaje de docilidad nunca habrá riesgo de salirse del marco. He aquí una mujer retratada para el ornamento, que encaja a la perfección en un paisaje trabajado y pensado, sometida a las mismas tareas que dan vida al jardín: podas, geometrías y órdenes imposibles, injertos. Como la flor, se brota para la obediencia. Un rosal, una fuente, un laberinto natural como espacio autorizado en el que nunca podrá ser sujeto de experiencia. Viven aquí, como fantasmas, a aquellas que nunca se adentraron en la espesura, se les concede el jardín. 

Gran interior. Paddington. Lucian Freud

La niña tumbada en Gran interior. Paddington, de Lucian Freud, me recuerda que los jardines han cambiado quizás de modo, pero no de lógica: seguimos habitando espacios pensados para la producción y el consumo, separados de un afuera que aguarda —y a la vez se vigila—, que no podemos habitar del todo. Un cuerpo cansado, una expresión triste al lado de la insistencia de una enredadera a medio cuidar. Una imagen demasiado cercana a cómo vivimos hoy. Dentro de un agotamiento constante, atrapados en una deuda con el tiempo, con el no me da, no llego siempre a punto de estallar en la boca. Somos los mismos fantasmas que habitaron otras épocas, pero alimentamos otra clase de recovecos y surcos. Son nuestros cuerpos domesticados y útiles —siempre en movimiento—, los que alimentan una maquinaria insaciable que solo entiende la lengua de la velocidad y el rendimiento, capaz de convertir el descanso en otra tarea —sin más— pendiente. ¿Qué bosques y jardines se nos conceden hoy? ¿Dónde quedan lugares son aquellos en los que podemos estar fuera de la presión y de la cultura del esfuerzo? ¿Sabemos llegar a ellos? Para la niña del cuadro no hay más allá, no hay un horizonte en el que cobijarse. El tiesto —a su vez insuficiente para la planta que alberga— se revela como metáfora involuntaria del hoy. Naturaleza separada, reducida a objeto doméstico, un afuera que se puede contener y se convierte en adorno. Nosotras, mientras tanto, aceptamos esta versión disminuida del mundo que sigue ahí afuera, esperándonos.

Las cataratas de San Antonio. George Catlin
La llave de los campos (La Clef des champs). René Magritte

Mirar también es heredar

Pero hay inquietudes que crecen. Tal vez comienzan a señalarnos esas narrativas que siguen en pie. Lógicas antiguas disfrazadas de nostalgia, gestos —y miradas— heredados, que se imponen incluso cuando creemos comenzar algo totalmente nuevo. Pienso en esos archivos del daño: intervalos que siguen sustentando la única historia. Memoria tácita de separaciones, extractivismos y violencias que, irremediablemente, pervive como sedimento en nuestras formas de mirar. Entre esas capas que nos preceden, la escena de Las cataratas de San Antonio, de George Catlin, actúa como quiebre para dar paso a otros modos de ver. Los cuerpos no posan, no son exhibidos para la mirada colonial. Están, participan de un lugar en igualdad con los otros elementos y seres que configuran el paisaje. Lo que da fuerza a la imagen no es lo humano, sino la inmensidad posible en base a las relaciones que sostienen el mundo sin necesidad de un centro. Ese desplazamiento mueve también nuestra mirada. Hace que no salgamos indemnes de ella.

Quizás de ahí una rabia pequeña resquebraja los días y me lleva al borde. Una quiere rendirse, desplomarse, quebrar las ventanas, escapar y atravesar el paisaje que hay detrás. Cuando vuelvo a La llave de los campos, de René Magritte, entiendo que el estallido también me incluye. Me acerco un poco más. Una esquirla me hiere. Apenas un rasguño, casi invisible, suficiente para mostrarme quizás lo que no me atrevo a mirar. La ruptura en la piel abre como punto de fuga. Jardines, figuras, ideas y bosques que me han traído hasta aquí me llevan a todo lo que queda por pensar. La claridad se vuelve incómoda. La esquirla es también mi propia mirada domesticada —toda yo, sin remedio, todavía—. Ojo que escoge, casi sin pensarlo, que sigue las mismas huellas, que transita una selección de obras únicamente hechas por hombres. ¿No habla acaso mi recorrido por el museo también de mí? Sigo cargando las mismas piedras, los mismos marcos, incluso cuando solo busco romperlos.

Fotografía del pintor Hugo Simberg

Y es aquí donde el museo cambia de forma. Ya no es un aparato que ordena y legitima la única historia: empieza a mostrarse como un lugar donde esos relatos y miradas pueden ponerse en cuestión. Un espacio donde hay posibilidad para rastrear ausencias, jerarquías y omisiones, donde entender que ningún archivo ni genealogía, es inocente. Una imagen también puede proponernos vulnerabilidad: entendida no como carencia, sino como relación; y en tiempos de emergencia climática e incertidumbre, atender a las tramas que sostienen la vida —las que se extienden más allá de lo humano— se vuelve más urgente que nunca. Detrás de siempre habrá un nudo de relaciones, como un bosque, como un jardín que ansía lo silvestre. Aquí podremos perdernos a propósito, torcer el sendero, abrir nuevos caminos, reimaginar, volver a empezar. Saberlo cambia la posición del cuerpo. Y ya no basta con ocupar el cuadro, también hay que desbordarlo. Salir del jardín, sin pedir permiso.

Emily Dickinson. Manuscrito poético sobre soporte de sobre
Emily Dickinson. Manuscrito poético sobre soporte de sobre

Salir al bosque

Un cuerpo en la naturaleza: notas para una fuga

María Sánchez
Veterinaria y escritora

En colaboración con el Área de Educación del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

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