El bosque como amenaza
Hay imágenes, escenas y cuentos que se abren por el borde. Pequeñas historias que han ido transformándose a lo largo de los tiempos para domesticar, excluir, controlar, delimitar e impartir moral y disciplina. Caperucita roja es una de ellas. Un relato de transmisión oral que en principio resguardaría un cuento en el que el bosque no es peligroso, sino conocido: la niña afuera sobrevive, a veces cocina al lobo; otras, podrá escapar con astucia. Quizás hubo un tiempo en el que protagonista y depredador compartían territorio y conservación sin miedo ni castigo. Un cuerpo de niña —que será mujer— libre y sola fuera del espacio doméstico, sin temor. Si Caperucita ha mutado tantas veces a lo largo de la historia puede que se deba a que no están solo en juego la imagen, la moraleja o la misma fábula, sino la relación que hay entre una mujer, el bosque, lo animal, lo extraño o desconocido y lo salvaje. El espacio fuera de casa —incontrolable, desconocido, bravío— podría ser una puerta al espacio del deseo, la experiencia, la libertad o el riesgo. En las versiones de Perrault y de los hermanos Grimm, una niña no puede desviarse, y si así sucede hay que castigarla o rescatarla, hay que amansar su cuerpo y el espacio que este ocupa. ¿Pueden una imagen o una palabra operar como un mecanismo de control? ¿Intervenir como señal para indicarnos —a nosotras, por supuesto— qué rumbo tomar y ante qué conviene mantener siempre cierta desconfianza?
La niña envuelta en un manto representa también la posibilidad de lo que no llegó a ser. Tras multitud de reescrituras, no puede escapar. Queda reducida a señal y advertencia: claro ejemplo de todo lo que podría pasar si escogemos el desvío o nos atrevemos a hablar con extraños. Dejarse llevar por el impulso o el deseo se convierte así en tarea ardua y peligrosa; y si una se extravía siempre habrá un castigo, un límite o una reprimenda esperando bajo la forma de final feliz. El patriarcado vuelve una y otra vez a reescribir el cuento: como dispositivo de poder nos susurra que debemos quedarnos en casa, ser para otros un lugar de descanso o contemplación. Criaturas mansas, aplicadas y obedientes.
Pero todo puede morir, torcerse, brotar de nuevo, descubrirse.













