Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua
Compañeras de piso
Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua
Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua

Plantas en el museo

Estas plantas no son decorativas. O por lo menos no vamos a entender que lo decorativo termina ahí. La decoración es relacional y puede ser una herramienta que conecta comunidades, tradiciones, culturas, ideas, recuerdos... un modo de relación con una alta carga de intensidad. Así que no, lo decorativo no nos parece superfluo, nos parece relevante. Aún recuerdo muy bien mi primera relación con las plantas. Fue en mi adolescencia. A uno de los dos, a mi madre o a mí, se nos ocurrió invertir nuestro tiempo en mejorar la terraza colectiva que teníamos en nuestra comunidad de vecinos. Es un espacio que siempre hemos llamado “la pasarela”. Cuelga como un balcón comunitario desde la fachada y para entrar en mi casa tenía que pasar primero por las puertas de todos los demás vecinos de mi piso, 6 en total. Al fondo estaba y está nuestra casa. Al ser la última podíamos disponer de ella sin bloquear el paso. En un lapso de tiempo muy corto mi madre y yo nos convertimos en unas jardineras dedicadas. Compramos muchas y muy diferentes especies de plantas, con y sin flor. Todo ese tiempo invertido juntos nos puso en relación de una manera intensa. Las plantas y el cuidado que dedicamos a ellas establecieron una relación sólida entre ellas y nosotros, entre mi madre y yo, y entre nuestros vecinos, que admiraban siempre que podían nuestra esquina de flores. Todo ello animaba las conversaciones y ponía en circulación intercambios de diferentes esquejes. Y así es como esas plantas, que solo decoraban, habían puesto en marcha todo un sistema de interrelaciones personales.

Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua
¿Quién duerme en el Thyssen?

Si algo me ha llamado la atención del Museo Thyssen siempre es que al llegar te reciben, además de los retratos del barón y la baronesa, un ficus, una cheflera y unas cuantas arecas. Y me gusta mencionarlo precisamente por no ser algo habitual. El museo aloja una rica comunidad de plantas entre sus salas (kentias, ficus...), oficinas (potos, bambú…) y jardín (azalea, durillo, camelia japónica…) Me gusta pensar que además son las únicas y verdaderas habitantes del museo, ya que nadie más duerme allí. Por esto, me seducía la idea de fotografiarlas de noche, cuando son dueñas y señoras de su propio reino. El museo y sus empleados cohabitan con ellas desde hace años en su interior y no son pocos los que, además, han elegido como acompañantes de escritorio a estas verdes amigas.

Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua
Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua
Salones para la ciudad
Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado con cortejo de carrozas. Jan van (atribuido) Kessel iii

Madrid

Esta comunidad vegetal no está sola. Tienen unas cuantas vecinas. En el cuadro atribuido a Jan Van Kessel III titulado Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado con cortejo de carrozas podemos ver una vista del año 1686 de este mismo lugar, justo en la esquina donde se encuentra el Thyssen. El cuadro despliega una excitante vida urbana. Me alegra, por un lado, ver que Madrid siempre ha sido una ciudad de vida efervescente y que sigue siéndolo. Y, por otro lado, no dejo de fijarme en esos árboles que ya poblaban por entonces las calles de nuestro querido Madrid. Ahí están los del Paseo del Prado. En la zona de la derecha y si uno hace un buen zoom con la visión Gigapixel de la web, incluso parece que te has adentrado en un pequeño bosque. Muchas son las personas que los han defendido y los protegen, y gracias a ellas y a ellos, tenemos una ciudad con una alta población arbórea, que se estima en unos 5,7 millones, casi el doble que nosotros. Con mi amigo Edgar, que se mueve en bici por Madrid como yo, un día comentábamos lo mucho que nos gustaba ese tramo que va del Banco de España hasta las puertas del museo. A él le gustaba tanto que esperaba a que el semáforo estuviese en rojo para los coches y así poder bajar la cuesta él solo, sin coches a un lado y a otro. Parar la ciudad para comulgar con el paseo. Desde que me lo dijo, hago lo mismo, y la experiencia de la ciudad es muy diferente.

Gran interior. Paddington. Lucian Freud
Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua

El museo contiene también varias obras que dan cuenta de que aquí, aunque nos olvidemos o no queramos enterarnos, estamos envueltos en una maraña de colectividades que nos obligan a cohabitar unas con otras, sean de nuestra especie o no. Ahí tenemos el cuadro de Lucian Freud Gran interior. Paddington que muestra a su hija cobijándose bajo la vegetación de una planta. En cierta manera parece un abrazo, aunque no lo es. En cualquier caso, parecen acompañarse la una a la otra en un momento doloroso. No es poco.

Mujer con sombrilla en un jardín. Pierre-Auguste Renoir
Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua

Impresionista

La naturaleza fue uno de los escenarios favoritos de los impresionistas, de los que la colección del Museo Thyssen da buena fe. La pintura a plein air fue el salón comunitario del arte de finales del siglo. Diferentes desarrollos tecnológicos propiciaron esta salida al exterior, desde las nuevas vías ferroviarias que conectaban el centro de París con el campo, hasta la industrialización de la pintura al óleo y la aparición de los tubos de estaño que la contenían y que facilitaban la movilidad de los artistas. Así, las escenas impresionistas mostraban un espacio natural que se convertía en una extensión de nuestro salón. Un lugar donde hacer un picnic o donde plantar el caballete de pintura, una extensión del salón o del estudio. Según he sabido recientemente, Renoir, que no comulgaba con las propuestas del nuevo urbanismo haussmanniano, añoraba en este nuevo modelo de ciudad una conexión más cercana con lo natural, algo que buscó en sus posteriores estudios y viviendas de París. Así puede verse en el cuadro de 1875 Mujer con sombrilla en un jardín, en el estudio que alquiló el pintor en Montmartre y que como su amigo George Rivière recordaba “En cuanto Renoir entró en la casa, se sintió fascinado por la vista del jardín, que parecía un bello y abandonado parque”.

En el catálogo de la exposición Jardines impresionistas también se dice “El hijo de Renoir recoge los nostálgicos recuerdos que su padre tenía del París de su juventud ‘Las calles eran estrechas; el arroyo que corría por el medio de ellas no siempre olía muy bien; pero detrás de cada inmueble había un jardín. Un montón de gente todavía sabía lo que era disfrutar de una lechuga que vas a cortar justo antes de comérsela’”.

La llave de los campos (La Clef des champs). René Magritte
Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua

Más tarde, en 1936, René Magritte, en su cuadro titulado La llave de los campos, parece querer darles la réplica a los impresionistas y plantearnos el sentido inverso. Con su imagen es la naturaleza la que entra en nuestro salón. La ventana que sirve como límite entre ese exterior y nuestro interior se hace añicos. 

Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua

Quizás la idea que me sugiere Magritte sea un modo interesante para repensar nuestras ciudades. Pensarlas como espacios más porosos y con una frontera más difusa entre lo que entendemos como espacio urbano y lo que entendemos como espacio natural. La arquitectura decimonónica y otras corrientes arquitectónicas predecesoras incorporaban en sus fachadas multitud de elementos ornamentales que representaban distintas formas de la naturaleza: vegetales, zoomorfas, florales… De esta manera nos recordaban constantemente los afectos, dependencias y vínculos que nos ataban y atan a todas ellas.

Museo Thyssen, fotografía de Asier Rua

Coliving

Habitar en comunidad

Asier Rua
Fotógrafo

En colaboración con el Área de Educación del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

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