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Un cielo invernal
Orión en invierno. Charles Ephraim Burchfield

¿Qué sientes ante una noche estrellada?

La obra Orión en invierno, de Charles Ephraim Burchfield, nos transporta a un paisaje nevado frente al meandro de un río. En la distancia, junto a un bosque de coníferas, nuestra mirada se eleva hacia un cielo estrellado en el que destaca la constelación de Orión. Desde la derecha de la composición, la luna ilumina la escena nocturna y confiere al paisaje nevado una cualidad casi mágica. En toda la obra de Burchfield domina una aproximación solitaria y espiritual a la naturaleza, una suerte de visión panteísta. En concreto, la acuarela evoca una calma serena y, al mismo tiempo, una experiencia multisensorial; además de ver, es como si pudiéramos sentir el frío, escuchar el murmullo del viento, los pedazos de hielo que crujen o el lejano ulular de algún búho. El tamaño descomunal de la constelación de Orión, que Burchfield pintó en al menos tres ocasiones, se despliega ante nosotros y alude al inmenso espacio que nos rodea en el universo.

Por sus diarios, sabemos que Burchfield pintaba sus paisajes al aire libre y experimentaba una extraña sensación de plenitud al pintar en invierno, a pesar del frío y las condiciones climáticas desapacibles. Añadía glicerina al agua de la acuarela para evitar que se congelara y poder así trabajar, desafiando las bajas temperaturas. Y tú, ¿qué sientes ante una noche estrellada?

Hoy en día, la contaminación lumínica nos impide ver más allá de unas pocas estrellas en las ciudades, pero, si escapamos al campo, podemos disfrutar del firmamento en todo su esplendor. En invierno, ante nuestros ojos se extienden constelaciones como Orión, Tauro o Géminis; durante las noches de verano, en cambio, se alzan sobre nosotros constelaciones como el Cisne, el Águila o Hércules. Pero, ¿qué es realmente una constelación?

¿Qué es una constelación?
Obra atribuida a Giovanni Antonio da Varese, Fresco de las constelaciones, 1573-1575, Palazzo Farnese, Caprarola

Todo depende del ángulo...

El cerebro humano tiene un poder asombroso para identificar patrones a partir de una distribución de puntos luminosos y distintas civilizaciones han proyectado así sus cosmovisiones en el firmamento. La mayoría de las constelaciones a las que estamos acostumbrados en el hemisferio norte tiene su origen en la mitología clásica, y Orión no es una excepción: era un gigante legendario y el mejor de los cazadores. Pero donde hoy reconocemos a Orión, los antiguos egipcios veían a la deidad Sah, una de las manifestaciones de Osiris. En China, en cambio, esta región del cielo correspondía a Shen (參), una de las veintiocho mansiones lunares.

El patrón de estrellas de las constelaciones está sesgado por la posición que ocupamos en nuestra galaxia, la Vía Láctea. Dos estrellas que parecen próximas en el cielo pueden estar, en realidad, separadas por cientos de años luz. Todo depende del ángulo desde el que las veamos. De hecho, en unas pocas decenas de miles de años, la forma de las constelaciones habrá cambiado, tal y como veremos más abajo al hablar del artista Joseph Cornell. Desde la Antigüedad, los dibujos de las constelaciones han sido plasmados con gran maestría en una gran cantidad de atlas y globos celestes, esculturas, manuscritos o frescos.

Una corona de estrellas
Baco y Ariadna. Sebastiano Ricci

Baco y Ariadna

Cuenta el relato mitológico que cuando la princesa Ariadna despierta, tras su huida de la isla de Creta, no pudo dar crédito a lo que ven sus ojos: ha sido abandonada en la isla de Naxos por su amado Teseo. La joven llora su mala fortuna y maldice al héroe. Pero su tristeza no va a durar mucho, ya que pronto aterriza en Naxos un barco con Dioniso, el dios del vino, la fiesta y el éxtasis, acompañado por su séquito de sátiros, ménades y faunos. Dioniso y Ariadna se enamoran al instante y, como regalo de bodas, Dioniso le entrega una resplandeciente corona de oro llena de gemas. Tras la boda, pletórico de alegría, Dioniso lanzará la corona al cielo, donde las joyas se transforman en estrellas y forman una nueva constelación. Hoy la reconocemos como un pequeño semicírculo entre Hércules y Boyero; es la Corona Boreal, cuya estrella más brillante recibe el nombre de Gemma.

Los antiguos griegos conocían como catasterismo el proceso de transformar algún ser u objeto en constelación. Así, el cielo se fue poblando de héroes y animales mitológicos. En Baco y Ariadna, Sebastiano Ricci adelanta el carácter astronómico de la corona, compuesta por estrellas, al igual que ocurre con el fresco de Annibale Carracci en el Palazzo Farnese de Roma. En cambio, en el conocido lienzo de Tiziano, vemos la corona ya en forma de constelación en el cielo, símbolo de la eternidad.

Annibale Carracci, Triunfo de Baco y Ariadna (detalle), hacia 1600. Fresco Palazzo Farnese, Roma
Tiziano, Baco y Ariadna, hacia 1520-1523 Óleo sobre lienzo. National Gallery, Londres
Hércules se transforma en constelación
La apoteosis de Hércules. Giandomenico Tiepolo

Un lugar entre las estrellas

Hércules es uno de los héroes más destacados de la mitología clásica y, como tal, se merecía un lugar entre las estrellas. Lo encontramos precisamente junto a la Corona Boreal, bien visible en las noches de verano desde el hemisferio norte.

Los doce trabajos de Hércules son todo un símbolo de esfuerzo físico, pero también de astucia y resistencia. En la pintura La apoteosis de Hércules, de Giandomenico Tiepolo, encontramos algunos atributos que nos recuerdan las hazañas del héroe, como la maza o la piel del León de Nemea. Pero el foco de la composición se encuentra arriba, en el cielo, a donde se dirige el semidiós en un carro triunfal tirado por dos centauros, que vemos desde abajo con una perspectiva ascendente.

El firmamento en un globo
Rincón de una biblioteca. Jan Jansz. van der Heyden

Globos y esferas armilares

Un globo celeste es una esfera que representa el firmamento, gira sobre su eje y permite hacer cálculos astronómicos. Nos han llegado noticias de globos celestes en la Antigüedad, y se conservan varios globos metálicos medievales, principalmente asociados al mundo árabe. A partir del Renacimiento, comienzan a fabricarse globos impresos sobre papel utilizando la técnica del grabado, pegando los fragmentos cuidadosamente sobre una esfera hueca de escayola. Durante cuatro siglos, sería habitual producir los globos por parejas, uno celeste junto a uno terráqueo del mismo tamaño, a veces acompañados por una esfera armilar, tal y como vemos en Rincón de una biblioteca, del inventor y pintor neerlandés Jan Jansz. van der Heyden.

En los Países Bajos se produce una eclosión en la producción de globos en el siglo XVII, con fabricantes tan destacados como Hondius, Blaeu o Valk. En esta época, se intensifica igualmente la presencia de globos en obras pictóricas, especialmente en retratos. Además de instrumentos científicos, los globos se habían convertido en todo un símbolo de erudición y estatus social. Estamos ante una tradición que arranca con cuadros como Los embajadores de Holbein, y que se prolongará con obras como El astrónomo de Vermeer o Anciano con globo de Ferdinand Bol.

Los globos y esferas armilares comenzarán también a poblar lienzos que muestran gabinetes de curiosidades, como El sentido de la vista, de Brueghel el Viejo y Rubens, o naturalezas muertas y espacios domésticos como el Rincón de una biblioteca de Van der Heyden o Naturaleza muerta con libros y globo de David Teniers. En algunos casos, el globo celeste llegará a funcionar como vanitas, recordándonos lo insignificante de nuestra vida terrenal ante la inmensidad del cosmos. Es el caso del fascinante óleo Bodegón-Vanitas, de Maria van Oosterwijk.

El universo como sueño
Burbuja de jabón azul. Joseph Cornell

¿Quién no ha guardado de niño sus más preciados recuerdos en una caja? 

Al aproximarnos a Burbuja de jabón azul de Joseph Cornell, nos encontramos con una pequeña construcción de madera que encierra una serie de objetos enigmáticos tras una lámina de cristal. Las cajas de Cornell intentan atrapar los sueños. El aro plateado que pende de una varilla podría representar la luna, mientras que un cilindro muestra una estrella de seis puntas y otro, un arcoíris con la distribución de luz de Sirio, la estrella más brillante del firmamento. El cajón inferior contiene una estrella de mar y dos canicas plateadas que nos transportan de nuevo al mundo celeste. El propio autor llegó a describir esta serie de cajas (Soap Bubble Sets) como “planetarios”.

Lo astronómico permea toda la obra de Joseph Cornell ya desde la década de 1930. Sabemos que Cornell era un ávido lector de obras astronómicas y que seguía el rastro de sus constelaciones favoritas en el cielo. Incluso las asociaba a estrellas del cine mudo, cantantes de ópera y bailarinas que admiraba. En los laterales de la caja, un collage de mapas de constelaciones nos invita a navegar por el cielo. Pero Cornell va más allá: la parte inferior muestra con pequeñas flechas cómo se está deformando el “carro” de la Osa Mayor como consecuencia de nuestro movimiento dentro de la galaxia; el resultado, que vemos en el lateral izquierdo, será una constelación irreconocible dentro de 50.000 años. Así, Cornell consigue también atrapar el paso del tiempo en su arquitectura poética.

Una cacatúa y la rotación de Venus

Esta obra es un homenaje a Juan Gris, el artista cubista que Cornell más admiraba. La caja funciona como jaula de una cacatúa, que simboliza lo exótico y el paso del tiempo. Por su parte, en el imaginario de Cornell, la esfera de corcho engarzada en un anillo metálico se llena de connotaciones astronómicas.

En el lateral izquierdo encontramos un recorte de prensa francesa de finales del siglo XIX donde, tras un artículo sobre Richard Wagner, se anuncia que los astrónomos comienzan a sospechar que Venus rota más despacio que la tierra. Durante mucho tiempo, se pensaba que Venus daba una vuelta sobre su eje cada 24 horas, a partir de observaciones que resultaron ser una ilusión óptica. Hoy sabemos que Venus tarda… ¡243 días en rotar sobre su eje! Y, además, lo hace en sentido contrario al resto de planetas. Venus, claramente, es una rara avis planetaria.

Estrellas y surrealismo

La obra de Joseph Cornell está estrechamente relacionada con el surrealismo, aunque el artista rechazaba esa etiqueta. En 1924, a la edad de 31 años, un joven Joan Miró había desarrollado ya un lenguaje muy personal y reconocible en contacto con el movimiento dadaísta y surrealista en París, tal y como vemos en este cuadro. Las estrellas, simbolizadas por un esquemático asterisco, pueblan la esquina superior izquierda de la composición y serán una constante a lo largo de la carrera de Miró.

El surrealismo, que bebe directamente del mundo onírico, tendrá muy presente la astronomía como fuente de inspiración y conexión con lo trascendental. Encontramos claros ejemplos de ello en la obra de Remedios Varo, Papilla estelar, o en Rufino Tamayo, Cuerpos celestes, por poner solo dos ejemplos.

Constelaciones

Coincidiendo con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, tanto Joan Miró como su amigo Alexander Calder desarrollan sendas series tituladas Constelaciones. Los móviles de Calder reflejan una fascinación mecanicista por el cosmos. Miró, en cambio, recurre a símbolos astronómicos para evocar ideas sobre lo femenino, lo ancestral o lo erótico, y, quizá, como mecanismo de escape ante un mundo en guerra. El espíritu de las Constelaciones de Miró se prolonga hasta este El pájaro relámpago cegado por el fuego de la luna. Los lienzos de Miró se convierten así en verdaderos nocturnos plásticos que potencian nuestra percepción.

Espacio interior y exterior

Este cuadro sin título del pintor chileno Roberto Matta evoca, en el marco de la corriente surrealista, un paisaje interior y exterior. En el proceso de dejar aflorar el inconsciente, Matta produce una serie de formas, posiblemente antropomorfas, ante un fondo negro que parece un cielo oscuro. Si interpretamos el cuadro como nocturno, el entramado de líneas geométricas al fondo de la composición podría representar las constelaciones.

La gran maraña cósmica
Marrón y plata I. Jackson Pollock
Ritmos de la tierra. Mark Tobey

Pollock y Tobey

Las últimas décadas han visto una verdadera revolución en nuestra comprensión del cosmos. Hoy sabemos que el universo contiene cientos de miles de millones de galaxias. Lejos de estar aisladas, estas se encuentran conectadas por enormes filamentos de gas y materia oscura, como una gran red o telaraña cósmica.

Jackson Pollock fue un visionario en muchos sentidos. Con los action paintings desarrolló una nueva forma de relacionarse con la obra de arte. En sus composiciones all-over, los trazos abstractos inundan la composición, en la que todas las partes reciben la misma atención, sin un centro privilegiado ni límites, al igual que ocurre con el universo. Pollock se vio influido por Janet Sobel, que ya había experimentado con el dripping, y Mark Tobey, cuyos entramados all-over nacen de su estudio de la caligrafía oriental, con una aproximación más reflexiva y pausada que Pollock.

Muchas creaciones de Pollock y Tobey son obras fractales, es decir, tienen un gran nivel de complejidad con estructuras que se repiten a diferentes escalas. Estas guardan una semejanza sorprendente con las imágenes de la telaraña cósmica que emergen de simulaciones realizadas con potentes ordenadores. Esto es especialmente cierto para los conocidos como action paintings de Pollock de 1947-1950, y para cuadros de Tobey como Ritmos de la tierra.

Hoy es posible meter el universo en un ordenador. Mediante sofisticadas simulaciones, se sigue la evolución de una parcela del espacio a lo largo de miles de millones de años. Las primeras estructuras que aparecen son, precisamente, los filamentos de gas y materia oscura que conforman la telaraña cósmica. En las regiones más densas, el gas colapsa y comienza a formar las primeras estrellas y galaxias.

Los avances asociados a los grandes telescopios del siglo XX, combinados con potentes ordenadores, nos han permitido empezar a dar respuesta a algunas preguntas ancestrales. Sabemos que venimos de una gran explosión, el Big Bang, y que nuestro universo no para de expandirse. En definitiva, vivimos momentos emocionantes en los que la astronomía sigue siendo una fuente de inspiración para la humanidad y, por supuesto, también para el arte.

A la luz de las estrellas

La astronomía como inspiración

Miguel Querejeta
Observatorio Astronómico Nacional

En colaboración con el Área de Educación del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

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