¿Qué sientes ante una noche estrellada?
La obra Orión en invierno, de Charles Ephraim Burchfield, nos transporta a un paisaje nevado frente al meandro de un río. En la distancia, junto a un bosque de coníferas, nuestra mirada se eleva hacia un cielo estrellado en el que destaca la constelación de Orión. Desde la derecha de la composición, la luna ilumina la escena nocturna y confiere al paisaje nevado una cualidad casi mágica. En toda la obra de Burchfield domina una aproximación solitaria y espiritual a la naturaleza, una suerte de visión panteísta. En concreto, la acuarela evoca una calma serena y, al mismo tiempo, una experiencia multisensorial; además de ver, es como si pudiéramos sentir el frío, escuchar el murmullo del viento, los pedazos de hielo que crujen o el lejano ulular de algún búho. El tamaño descomunal de la constelación de Orión, que Burchfield pintó en al menos tres ocasiones, se despliega ante nosotros y alude al inmenso espacio que nos rodea en el universo.
Por sus diarios, sabemos que Burchfield pintaba sus paisajes al aire libre y experimentaba una extraña sensación de plenitud al pintar en invierno, a pesar del frío y las condiciones climáticas desapacibles. Añadía glicerina al agua de la acuarela para evitar que se congelara y poder así trabajar, desafiando las bajas temperaturas. Y tú, ¿qué sientes ante una noche estrellada?
Hoy en día, la contaminación lumínica nos impide ver más allá de unas pocas estrellas en las ciudades, pero, si escapamos al campo, podemos disfrutar del firmamento en todo su esplendor. En invierno, ante nuestros ojos se extienden constelaciones como Orión, Tauro o Géminis; durante las noches de verano, en cambio, se alzan sobre nosotros constelaciones como el Cisne, el Águila o Hércules. Pero, ¿qué es realmente una constelación?
























