Retomamos la carta completa de una persona del módulo de respeto del Centro Penitenciario Madrid IV.

Hoy os queremos contar una iniciativa del museo dónde se reúnen los reclusos con sus familias en una actividad normalizada. Una experiencia que nos sigue emocionando y que esperamos poder volver a retomar. ¿Cómo lo vamos a hacer? Mediante la carta que nos ha remitido uno de los participantes.

Quiero con estas letras transmitiros mi agradecimiento por la labor realizada guiando nuestra visita al museo Thyssen, pero tal agradecimiento no pasa de ser una palabra demasiado pobre para resumir la jornada y lo que ha representado para mí, por lo que trataré de hacer una pequeña sinopsis de los momentos pasados ese día y todo, en su conjunto, podrá quizá explicar lo que ha significado.

Ya desde el día anterior e incluso antes podía sentir esa especie de ansiedad que no invade cuando vamos a hacer algo que deseamos intensamente. Hacer alguna actividad con mi familia y especialmente con mi hija me produce una sensación de plenitud que antes, desgraciadamente, no apreciaba, quizá por la vorágine del trabajo y la vida social en la que estaba sumergido y ha sido necesario pasar por el infierno de una separación forzosa para apreciar en toda su plenitud algo que yo ya tenía pero no era consciente de ello.

Ahora quiero tratar de plasmar en este papel lo vivido en esa actividad familiar de un día y el papel parece como si se me alzara como muro de blancura infranqueable ya que necesito utilizar un idioma, un lenguaje, que me parece absolutamente incapaz para poder plasmar o transmitir las sensaciones vividas, hacer saber a quien lo lea cómo sentía la metamorfosis de mi cuerpo en comunión con el momento, con cada momento, estrechándose mi mira hasta enfocar sólo ese instante, ese segundo mágico con mi hija y mi mujer, intemporal, pues cada minuto parece una hora y cada hora un minuto. Momentos que luego, en mi soledad, he rememorado como oportunidades perdidas, pues algo que en el pasado pudo ser anodino, ha sido necesaria una separación tan traumática como la vivida para adquirir la capacidad y sensibilidad de apreciarlos en todo su esplendor. Antes de comer dimos un paseo por los alrededores del museo del Prado y hasta en esos pequeños detalles recuerdo que todo armonizaba para convertirse en una jornada en la que la nostalgia tendría su papel predominante pues en un momento de ese paseo, pude ver la silueta de la Iglesia donde contraje matrimonio . Así se lo enseñamos e indicamos a mi hija, llamándome en mi intimidad el hecho de que nunca antes la habíamos llevado a visitar la iglesia donde sus padres se habían casado. No podría, por ello, explicar cuándo comenzó la magia de la jornada. Ya en la comida me encontraba pletórico y, seguramente por eso, por la gran predisposición que sentía hacia toda la actividad, hacia compartir ese día con los míos, me encontraba totalmente abierto a las sensaciones que sentía al estar cerca de los míos, algo que si personalizo especialmente hacia mi hija, es sencillamente inefable. El museo Thyssen…

Precisamente tenía que ser ahí, siendo esa otra circunstancia que ha fortificado esas sensaciones de plenitud que he tratado de describir. Un museo con el que yo he estado muy ligado por razones profesionales y siempre me he sentido orgulloso de ese trabajo, por su importancia y complejidad, vanagloriándome incluso de ello. Ahora, siendo la enésima vez que acudía al museo, se convertía en una vez especial, como si fuera la primera, ya que realmente era la primera vez que iba por razones no profesionales. Así me lo recordaba cada hidrógrafo que veía y me lo recordó concretamente una explicación que diste, con mucha gracia por cierto, respecto al aparato y para lo que servía, pues comentaste que estaba hecho con cabello humano pero les dijiste a los niños que tú creías que eran pelos de bruja. A

hora era el arte el que me guiaba al Thyssen, el arte en su más puro concepto pues íbamos a ver arte y Arte era el hecho de estar allí yo con mi hija y mi mujer. La visita estaba más enfocada a los niños y era como un juego. Tenían que sacar una carta y veríamos las 5 obras sacadas al azar, lo que consideré un acierto ya que así se nos permitía apreciar cada una de las obras en vez de pasar indiferentes e ignorantes ante todas. El juego empleado para que los niños extrajeran las cartas tenía claras similitudes con el juego de La Oca, siendo ese otro detalle que sacudía mi intimidad, pues yo he jugado mucho al juego de La Oca con mi hija y, al realizar yo la asociación de ese juego con el de La Oca, sentí una corriente entrañable hacia mi hija y creo que mi mujer también captó la coincidencia pues hubo alguna mirada cómplice. El primer cuadro que fuimos a ver, elegido al azar por esa especie de juego de La Oca fue una composición de un cuadro verde sobre un fondo violeta (no recuerdo el Autor). No entiendo de arte y probablemente por no haber sido nunca iniciado en sus secretos siempre ha pasado inadvertido para mí. De hecho, tampoco había tenido yo nunca la iniciativa de realizar acercamiento alguno hacia el arte; pero es probable que ese día, por la alta predisposición a la sensibilidad que tenía, sintiera el influjo de las sensaciones que el arte transmite y también es probable que mi actitud o semblante así lo manifestara de alguna manera. El caso es que me vi sorprendido por la pregunta ¿qué ves tú en este cuadro? - Muy negro, lo veo todo muy negro - fue mi respuesta. Ahora, recordando tanto el cuadro como cada momento, puedo pensar que muy negro quizá no sea la definición adecuada para el cuadro pero sí para mi forma de ver las cosas en ese momento. Entiendo que me hallo en un pozo, en uno de esos cuadros funestos del juego de La Oca en los que caes para perder, para recibir sinsabores y ese estado de ánimo es seguramente lo que me hizo ver el cuadro muy negro. El segundo cuadro que el azar marcó para nuestra visita representaba una especie de muralla, de estilo islámico, con una gran puerta de entrada. Es una defensa y es la puerta la que permite franquear la entrada en ambos sentidos, ahora lo sé pensando en ello, pero no es así como yo lo interiorizaba en ese momento pues, sin duda influido por mi situación, lo que en mi ánimo yo veía era una muralla que impedía la salida, una muralla que servía para encerrar, no para proteger. Es el concepto del encierro lo que pesa en mí actualmente y tanto es así que el concepto de protección queda apagado por la situación. Un motivo religioso, Jesús con una señora con cántaro era el motivo del tercer cuadro pero, cómo no, tenía que haber algún detalle que destacó en mi ánimo para también exteriorizar mi pesimismo ante lo que veía, pues había un pozo, que sin duda era para sacar agua, pero yo lo que veía era eso, un pozo, pesando más la lobreguez de la imagen que la función que representaba. Así es como lo pienso ahora, con el enfriamiento que en mi ánimo ha provocado el tiempo pasado desde la jornada. El cuarto cuadro que vimos era también de motivo religioso pues representaba un cielo dorado, ángeles, la Virgen María amamantando al niño Jesús, y lo que parecía una representación de la Muerte sujetando a alguien en actitud de orar. No era un cuadro triste o lóbrego, desde luego que no, pues primaba en la composición la gloria de los cielos para esa alma orante, pero como no podía ser de otra forma al parecer, quedó impresionado en mi retina la oscuridad que representaba la muerte sobreponiéndose al brillo que representaba la deidad. En nuestro camino al quinto cuadro pasamos por una sala que mostraba distintos cuadros de la ciudad de Venecia y uno concretamente de la Plaza de San Marcos, lo que activó sobremanera mi nostalgia pues a esa ciudad viajamos y quedamos realmente impresionados con su encanto, siendo un viaje del que, por muchas razones, guardamos un recuerdo especialmente grato y a donde nos hemos prometido volver con nuestra hija. Es una ciudad que guardo en mi corazón y las miradas cómplices no hicieron sino corroborar la sintonía de nuestros sentimientos y recuerdos. Todo concuerda, todo me lleva al mismo sitio, al mismo pensamiento. No sé qué especie de espíritu quiromante guió las manos inocentes que extrajeron las cartas pues una de las obras representaba a una pareja jugando a las cartas. Me vino a la mente que mi mujer y yo vimos hace tiempo un cuadro con ese motivo, Una pareja jugando a las cartas, pero con redondeces anatómicas estilo Botero, y él en actitud tramposa. Decidimos comprarlo pues en primer lugar nos gustó mucho y, además, coincidía que ella y yo jugábamos a veces a las cartas siendo yo amigo de hacer alguna que otra trampa en el juego. ¿Por qué salió esa carta? ¿Se había aliado quizá el destino con mi estado de ánimo? Eso parecía pues todo contribuía a fortalecer esa sensación de intimidad, ese arrobamiento en el que estuve todo el día y hoy, días después, aún puedo percibir rememorando. En cuanto a las obras vistas, ¿qué puedo decir? Parecía haber una conjunción cósmica que me sacudía con cada detalle pues ahora, rememorando, me siento sobrecogido por el cúmulo de ¿casualidades? que hizo que tantos detalles golpearan mis sentimientos por una u otra razón. Ahora, en mi soledad, pero soledad esperanzada, quiero pensar que ese juego de La Oca tenía también una casilla en la que estás atrapado pero sabes que hay una meta y que sólo es posible llegar a ella. Quiero pensar que uno de los cuadros que vimos, quizá el segundo, quizá el cuarto, representa realmente una casilla en la que, aunque aún atrapado en el juego, ya sí ves la luz de la meta ¿o es en el pozo, yo metido y mirando hacia arriba? No importa qué cuadro es el que realmente representa esa casilla pues lo importante es que en la quietud de mi celda he podido interiorizarla y sé que soy capaz de ver y alcanzar la luz que marca el final del túnel. ¿Por qué yo? ¿Por qué entre tantos he tenido que ser yo? Es una pregunta que me he hecho tratando de analizar las coincidencias que han convertido a esa jornada en una de las más hermosas y emotivas de los últimos años. Soy uno más entre más de mil personas y he sido elegido para que golpearan mi conciencia tantos y tantos detalles: La Iglesia , el museo, el juego de La Oca, Venecia, la pareja jugando a las cartas, el arte conspirando para golpear mis sentidos…, varios pequeños detalles más que despertaron mi nostalgia. Todo conjuga para que incluso pasado el tiempo sienta estremecimientos evocando la jornada y me pregunte si efectivamente hay alguna mano poderosa que guía nuestros destinos.

Me pregunto si es que esa mano misteriosa me ha puesto en la “casilla” de tiro a meta o no es más que un cúmulo de casualidades a las que no hay que buscar ninguna respuesta. No quiero terminar estas letras sin manifestarte mi agradecimiento por toda tu actitud durante la jornada, agradecimiento que hago extensivo a cuantas personas nos acompañaron, trabajadores del Centro Penitenciario. Tuvisteis, tuviste por estar estas letras dirigidas a ti, una actitud que sin duda contribuyó decisivamente a que la jornada fuera inolvidable y una profesionalidad perfecta en la relación con mi familia, especialmente con mi pequeña. Un fuerte abrazo.

Fecha de publicación:
8 de Febrero de 2019
Imagen
Alberto Gamoneda

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