Itinerario II

Introducción

Este segundo itinerario por las colecciones del Museo Thyssen-Bornemisza nos va a llevar a través del Barroco y, rozando el Neoclasicismo, hasta el corazón del Romanticismo. Para comenzar vamos a ver dos ejemplos característicos de la pintura barroca holandesa: Interior de una iglesia gótica, obra de Peeter Neefs, y un interior doméstico, Interior con una mujer cosiendo y un niño de Pieter H. de Hooch, que corresponden a dos géneros genuinamente neerlandeses. La pintura barroca de este país aportó un realismo desconocido hasta entonces. El primer cuadro nos muestra una gran pericia en la utilización de la perspectiva lineal como método para disponer los elementos arquitectónicos y las figuras en los distintos términos, mientras que el segundo, utilizando claramente la perspectiva lineal para construir el espacio, muestra un sutil dominio de la perspectiva atmosférica. Ambos conforman un retrato de la sociedad holandesa de su tiempo y nos aportan datos sobre su arquitectura, la decoración de sus hogares, su vestimenta y sus costumbres.

Después admiraremos en Roma y Venecia, en el paso del Barroco al Neoclasicismo, los logros en las vistas urbanas o vedute de un holandés que italianizó su nombre, de Van Wittel a Vanvitelli, y de dos italianos, Panini y Canaletto, en sendos caprichos o vistas arquitectónicas de fantasía. La obra titulada Piazza Navona, Roma de Van Wittel nos muestra el dominio que el artista tenía de la técnica pictórica y del color, así como de la perspectiva, y también nos da pistas sobre la posible utilización de una ayuda óptica en su realización: la cámara oscura. Esta vista de la Piazza Navona nos muestra este espacio urbano una mañana de mercado en una atmósfera nítida y brillante, aportándonos también datos sobre la vestimenta y las costumbres de la época. El cuadro de Panini La expulsión de los mercaderes del templo ambienta una conocida escena evangélica en una arquitectura clásica inventada, con cierto carácter de ruina, presentada en una perspectiva oblicua. Es admirable cómo Panini ha sabido utilizar este tipo de perspectiva para caracterizar el dramático dinamismo de la escena representada. Este cuadro no es la única perspectiva oblicua que vamos a encontrar en los cuatro itinerarios, pues tendremos ocasión de contemplar otras dos en el tercero.

Capricho con columnata en el interior de un palacio de Canaletto representa el interior recreado de un conocido edificio de Venecia, la Scuola di San Marco. Esta pintura es pareja de otra expuesta a su lado en el Museo, asimismo de la mano de Canaletto, que representa el exterior, también recreado, de este mismo edificio. Canaletto representa el interior en una perspectiva frontal muy acusada, con el punto de vista muy lateral, lo que imprime un gran carácter a la composición. Este carácter viene acentuado por el gran contraste entre luces y sombras, así como por la soltura de la pincelada. Este cuadro se puede considerar como un tratado de esciagrafía por el número de sombras de diversas clases que aparecen en él. Estas tres obras italianas se caracterizan por un claro dominio de la perspectiva, tanto lineal como atmosférica.

Este itinerario termina en pleno Romanticismo alemán con un paisaje místico de Friedrich. Este pintor supo representar la naturaleza con un gran verismo, al tiempo que le proporcionaba un sentido de inmensidad que, comparado con la pequeñez de los personajes que pone en esos parajes, hace que la contemplación de esa naturaleza por parte de éstos, transmita al espectador de sus cuadros un claro sentimiento de espiritualidad. En el paisaje de Friedrich que vamos a ver, los personajes aparecen en mayor número y con un tamaño relativamente mayor de lo que es habitual en sus obras.

Aún así, transmite también ese sentimiento, ya implícito en el título de la obra: Mañana de Pascua. Otras características que diferencian este cuadro de la mayoría de los paisajes de su autor son su formato, vertical en lugar de apaisado, y un horizonte próximo. Ambos elementos confieren a la composición un carácter de espacio cerrado, a lo que contribuye, sin duda, la simetría de los árboles que la flanquean. Esta obra es un exponente del concepto de lo sublime en pintura.

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