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En 1886 Gauguin se traslada a Pont-Aven, en Bretaña,
y se aloja en la pensión Gloanec donde conoce a los pintores Émile
Bernard y Charles Laval. Este viaje es el primer intento de Gauguin
de acercarse a otros motivos, de inspirarse en lo sencillo, en lo
primitivo. Ha comenzado para Gauguin la huida de la civilización en
busca del origen, de la vida sencilla, de lo no adulterado. Además de las lecciones aprendidas de Pissarro, Gauguin se interesa por la obra de Cézanne a quien conoce en Pontoise. Admira cómo el artista es capaz de reflejar emociones y sensaciones en sus obras sin renunciar a la concepción intelectual de todo lo que le rodea. Técnicamente Cézanne le hace ver la posibilidad de construir los objetos y las formas con pinceladas ordenadas, y la simplificación geométrica de todo lo que nos rodea. Pero la influencia de Cézanne va más allá de lo puramente técnico, está en los temas y la manera de concebir, por ejemplo, una naturaleza muerta como ésta, y en el juego que establece entre lo real y lo ilusorio. Gauguin conocía muy bien la obra de Cézanne, también sus paisajes de los que toma prestados recursos plásticos: el árbol como elemento que organiza la composición o el uso de las pinceladas constructivas.
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