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Recorrer las primeras etapas del viaje de Gauguin, de su búsqueda
y de sus hallazgos, antes de la huida definitiva al Pacífico, es posible
en esta exposición que recoge obras anteriores al primer viaje a Tahití
en 1891. Allí en Autona, en los lejanos mares del Sur, terminará ese
viaje vital en 1903. El viaje es un tema que aparece constantemente en la vida de Gauguin desde su nacimiento, el primero lo realiza con apenas un año cuando su familia se traslada a Perú. Su madre decide que la familia regrese a Francia en 1855 y se instalan en Orleans. Gauguin no destacó mucho en los primeros estudios y su espíritu viajero le impulsó a iniciar su carrera como marino. No consiguió entrar en la Escuela Naval pero se enroló en un barco en el que estuvo viajando durante dos años alrededor del mundo. De vuelta a París en 1871 y al tiempo que comienza a trabajar como agente de bolsa entra en contacto con la pintura por dos vías; por un lado, asiste a clases de pintura en una academia junto a su amigo Schuffenecker, y por otro, inicia su colección de impresionistas con obras de Monet, Pissarro, Cézanne, Sisley y Renoir entre otros. En este autorretrato pintado durante su estancia en Copenhague se aprecian esas pinceladas inspiradas en Cézanne, al que tanto admiraba Gauguin. La suma de pinceladas ordenadas ha ido construyendo la superficie del lienzo, el fondo, la chaqueta y el rostro. El pintor destaca por el fuerte contraste de luz que hay en su cara, y nos inquieta con la mirada que probablemente se dirige a un espejo que le devuelve su imagen. En la expresión de Gauguin se deja ver el momento trágico que está viviendo; en Copenhague dejará definitivamente a su familia para dedicarse a la pintura.
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