Auténtico himno a la mujer maorí que el pintor realiza durante su estancia en Tahiti. Mata Mua esta imagen es igualmente una oda a la ausencia de corrupción de esta antigua civilización no exenta de la amenaza del colonialismo. Lo idílico del paisaje, cuya perspectiva cierran unas montañas rosas y violetas, poblado por mujeres tocando la flauta y bailando ante un gigantesco ídolo de piedra que representa a la diosa Luna, nos remite a la visión que contrasta con la de la vida moderna de las grandes ciudades que ilustró pintores como Toulouse-Lautrec. Por otro lado, su lenguaje es deudor de la composición de las estampas japonesas gracias a las superficies de color imbricadas de abajo a arriba.