Capítulo 4. Willem Claesz. Heda

La representación de la luz en la pintura del Museo Thyssen-Bornemisza

Willem Claesz. Heda, Bodegón con pastel de frutas y diversos objetos (1634), óleo sobre tabla, 43,7 x 68,2 cm

     Se conocen muy pocos datos de Willem Claesz. Heda. Nació en 1593 o 1594 en la ciudad holandesa de Haarlem; en 1631 lo encontramos inscrito en el gremio de pintores, en el que más tarde ocupó los cargos de hoosdman y decano. Murió en esa localidad en 1680 o 1682. Ocupa, junto con Pieter Claesz., un lugar fundamental en la historia de la pintura holandesa, especialmente en el desarrollo del denominado “bodegón de almuerzo” o “de desayuno”, un tipo de naturaleza muerta caracterizado por su pequeño tamaño, una composición sencilla con la representación de pocos elementos (muy diferente a los grandes “bodegones de cocina”), una paleta limitada a unos pocos colores y un tratamiento uniforme de la luz con tonalidad verde grisácea, por lo que también se les conoce como “banquetes monocromos”. Debió de tener varios discípulos, pero sólo se sabe el nombre de uno de ellos, además de su hijo Gerrit Willemsz. Heda, quien siguió el estilo de su padre. Una prueba de la importancia de su pintura y de la buena acogida de la misma es la existencia de copias contemporáneas de algunas de sus obras, realizadas, tal vez, por aprendices de su taller, que se distinguen por los contornos más duros y la menor precisión en los detalles. Diversos especialistas en pintura holandesa del siglo XVII han explicado que esa variante del género del bodegón es representativa del gusto de la pujante y refinada burguesía holandesa tras liberarse del dominio español unos años antes.

     Este óleo de la colección Thyssen-Bornemisza está pintado sobre dos planchas alargadas de roble, más estrecha la superior, cuya unión horizontal se aprecia ligeramente debido a los efectos del tiempo y a las deformaciones de la madera. El soporte ha sido reparado y el cuadro repintado en algunos lugares, especialmente en el fondo, muy retocado, y en la parte derecha de la bandeja y el pastel, repintada con poco acierto.

     El cuadro, fechado en 1634, es anterior al periodo que la historiografía considera de madurez del artista, cuando todavía no había comenzado a pintar objetos más lujosos y variados, con un mayor número de colores y de más viveza. El cuadro representa varios objetos de plata, peltre y vidrio, y alimentos consumidos en parte, propios de los postres de la época en Holanda, sobre una mesa y un mantel de hilo doblado. Dos copas altas de cristal verde del tipo alemán römer, una de ellas rota y volcada, y otra de plata con decoración en relieve también tumbada; un plato y una bandeja de peltre, el primero con avellanas y la otra con esos mismos frutos secos; un cuchillo con mango de madera y plata, un limón a medio pelar y un pastel empezado en otra bandeja de peltre con una cuchara que termina en forma de concha de caracol; sobre el mantel hay más frutos secos. Siguiendo las convenciones vigentes en aquella época y lugar, el punto de vista está elevado ligeramente y se incluyen elementos asimismo convencionales, lo mismo que su estado, que debieron interpretarse simultáneamente como los restos de una comida frugal y, en términos morales, como manifestación de la necesaria contención en el comer y, por extensión, en la vida, siendo así muestra de un valor de la religión protestante. La presencia de la copa rota y el limón a medio pelar ha sido interpretado también por algunos historiadores como una vanitas. Se conservan dos versiones de este cuadro del mismo autor, en el Museum Boijmans Van Beuningen de Rotterdam y en la Colección Real de Inglaterra, que datan respectivamente de 1634 y 1638. La Gemäldegalerie Staatliche Museen de Berlín posee un cuadro muy parecido a la parte izquierda del de Heda, del pintor Pieter Claesz.

     El cuadro es un ejemplo destacado del grado de virtuosismo pictórico al que llegaron los pintores holandeses, lo que les permitió representar los materiales de los diferentes objetos con una precisión admirable. Podemos admirarlo en esta obra en las transparencias del cristal logradas mediante veladuras sutilísimas, en los brillos del metal, en los reflejos, en la opacidad del pastel... Conseguir esos resultados requería de un trabajo paciente y perseverante que era muy reconocido por quienes encargaban o adquirían estos bodegones. Esta pintura también es una muestra del claroscuro suave, de transiciones sutiles de la pintura holandesa del siglo XVII.

     Estamos frente a una magnífica lección de buena pintura. La composición está muy cuidada. La profundidad a nuestra izquierda la indican las diagonales trazadas por la copa rota, el plato con avellanas y la bandeja, que sobresale de la mesa; la copa tumbada señala la profundidad a la derecha. Las verticales de la copa de pie y el lado izquierdo del mantel (Fig. II.4.1) se equilibran con la horizontal de los bordes de la mesa, especialmente el delantero, ya que del posterior sólo vemos una parte tras la copa rota. La horizontalidad se acentúa por el formato alargado del cuadro. La vertical del mantel divide la pintura en dos partes desiguales. Del borde superior de la copa en pie surgen otras dos grandes diagonales, bajo las que se agrupan todos los elementos. El mantel doblado es más un recurso compositivo que un motivo realista, ya que al estar doblado no cumple su función de proteger la mesa.

Los efectos de la luz: reflejos, refracciones y sombras

     Los diferentes grados de luz y oscuridad dividen el cuadro en cuatro partes, más amplias las superiores. La claridad de la parte superior izquierda tiene su correspondencia en la luminosidad del mantel de la inferior derecha y la oscuridad de la parte inferior izquierda la tiene en la de la parte superior derecha. Se aprecia mejor la división en dos partes verticales, que marca el borde izquierdo del mantel, ya que el contraste entre luz y oscuridad es mayor. En la realidad el motivo estaría iluminado por la luz natural procedente de una ventana situada a la izquierda, que se refleja en el borde superior y en la superficie convexa de la copa levantada, además de hacerlo, tras atravesar el cristal y cambiar de posición como resultado de la refracción, en la superficie cóncava interna, en contacto con el líquido y en este mismo; como también en la copa rota, en el plato y en la bandeja (Fig. II.4.2). Imaginamos que el bodegón está en una estancia, pero ésta no se ve, como tampoco lo que constituiría la pared posterior ni la parte de la misma que iluminarían los rayos de luz, lo cual no deja de ser extraño si juzgamos la pintura con criterios rígidos de imitación de la realidad. La luz sirve también para representar las diferentes texturas de las superficies: el lustre del metal, el tornasol del mantel, la carnosidad del pastel...

     Esos reflejos, además de hacer visible la ventana, sirven para dar volumen y forma a las copas. Otros reflejos menores son los de la copa rota sobre el plato, el del interior de la base de la copa metálica sobre sí misma y sobre la bandeja, el del pie de esa misma copa y la cara inferior de su vaso, y el del limón sobre la bandeja. Toques más pequeños crean reflejos sobre los frutos secos, las cáscaras vacías, los pies de las copas de cristal... Todos los objetos están bañados por una luz difusa, de modo que las transiciones entre luces y sombras son muy sutiles, si bien la intensidad de unas y otras es diferente. Las sombras más oscuras son las de las bandejas y el doblez del mantel, algo mayores que las del plato, el cuchillo y los frutos secos, y la más ligera del limón. Como es propio de la escuela holandesa del momento, la pintura es muy lisa y uniforme, aplicada mediante capas muy diluidas, salvo en algunas zonas pequeñas en las que hay toques que forman gránulos minúsculos, como en algunos de los reflejos de las copas y sobre todo en la monda del limón, lo que refuerza su textura (Fig. II.4.3). El cuidado y la minuciosidad con que se representan los elementos son extraordinarios. No dejemos de ver, entre otros detalles, un fragmento de cristal con su pequeña sombra, procedente de la copa rota encima del borde del plato; la curvatura de la hoja del cuchillo sobre el fondo de la fuente, y los reflejos de las bandejas y la copa metálica sobre la copa en pie, más visible el de la bandeja de la izquierda, deformado para adecuarse a la superficie curva del cristal.

     Aunque los reflejos de la ventana nos indican la existencia de una luz natural, probablemente el artista se sirvió de una fuente fija de luz artificial, ya que un cuadro como éste requeriría de varias sesiones, a lo largo de las cuales la luz natural inevitablemente cambiaría, por lo que tal vez los reflejos de la ventana son invención a partir, eso sí, de una observación muy atenta de la realidad. Incluso, tal vez se pintó con ayuda de lupas o de algún tipo de lente, pues por aquellas fechas los pintores estaban muy interesados en el estudio de la luz, en consonancia con los avances en el conocimiento teórico y experimental de la luz y sobre todo con los progresos en el desarrollo de la óptica y los instrumentos ópticos desde principios del siglo XVII. Podemos entender entonces la presencia de objetos de cristal y metal como una elección del artista tan relacionada con el estudio de la luz, como con la ideas conjuntas de riqueza y mesura.

     Esas cualidades pictóricas y la composición que hemos comentado, junto al color, son además medios para transmitir las sensaciones psicológicas de quietud, de un ambiente íntimo y recogido, a la vez que lujoso pero sin ostentación, de modo que la realidad se poetiza. La reducida gama cromática a base de colores cálidos, entre los que predominan los verdes, no se debería sólo al colorido real de lo representado, sino también al hecho de pertenecer a esa variante del bodegón “de almuerzo”. La poderosa luz amarilla del limón —entonces un fruto caro y exótico en los Países Bajos— y su monda colgante sobresalen con fuerza de la tonalidad verde-gris y llama nuestra atención.

Cita

     “Heda [en su cuadro Naturaleza muerta con copa nautilus, 1649, Schweriner Schloss, Schwerin] crea sorprendentes efectos de color a partir de los escasos restos de un festín suntuoso. Destacándose sobre un fondo negro, un rayo de luz cae lateralmente sobre las superficies curvas del metal, de la porcelana, del nácar y del vidrio. Eso determina reflejos y transiciones abruptas entre la luz y la sombra. La impresión óptica así dificulta las relaciones de los objetos en el espacio. Para conseguir el encanto estético de esta contradicción entre la impresión producida y las representaciones complejas de los volúmenes, Heda hace abstracción de la imagen plana y domina los motivos escorzados en un estilo perfecto. Los cuadros de este género, hechos con toques seguros y pintados con total libertad, son pocos. Se diferencian de las pinturas de taller, en las que los contornos son a menudo más duros y los detalles inseguros”.

Claus Grimm [1], Natures mortes flamandes, hollandaises et allemandes au XVIIe et XVIIIe siècles.

[1] Grimm 1992, p. 126.

 


Bibliografía

Alpers, Svetlana: El arte de describir: el arte holandés en el siglo XVII. Madrid, Blume, 1987.

Grimm, Claus: Natures mortes flamandes, hollandaises et allemandes aux XVIIe et XVIIIe siècles [trad. Ángel Llorente]. París, Herscher, 1992.

Rosenberg, Jakob [et al.]: Arte y arquitectura en Holanda: 1600-1800. Madrid, Cátedra, 1981.

Schneider, Norbert: Naturaleza muerta. Colonia, Taschen, 1992.

Segal, Sam: “Willem Kalf”, en Willem Kalf original y copia. Madrid, Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, 1998.

Sterling, Charles: La nature morte. París, Macula, 1985.

 

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Imágenes

Willem Claesz. Heda Willem Claesz. Heda, Bodegón con pastel de frutas y diversos objetos (1634), óleo sobre tabla, 43,7 x 68,2 cm Willem Claesz. Heda Fig. II.4.1: Detalle, vaso de la copa levantada. Willem Claesz. Heda Fig. II.4.2: Detalle, trozo de cristal sobre el plato. Willem Claesz. Heda Fig. II.4.3: Detalle, limón