1992 - 2012, 20 años
La representación de las partes desnudas del cuerpo humano en el arte occidental ha sido constante desde la aparición del arte, y a lo largo de un tiempo tan extenso la forma de hacerlo, en consonancia con los cambios de estilos y gustos artísticos. Los temas mitológicos y alegóricos han sido, lógicamente, los más apropiados para el tratamiento de la piel en cuanto superficie externa del cuerpo. También, aunque menos, los religiosos, ya que en este caso el desnudo apenas aparece (salvo las imágenes de Cristo en la cruz y las de algunos santos como san Sebastián, o episodios como Susana y los viejos, Adán y Eva, etc.). En nuestro idioma empleamos la palabra carnación y su sinónimo encarnación para referirnos tanto a la manera de representar la carne, como al color –o colores– con que ésta se realiza, que generalmente son elegidos teniendo en cuenta el colorido del resto de la pintura o escultura. Para representar la carne, algunos artistas, además del color, se han servido del tratamiento del material empleado. Así, los empastes en la pintura –como hiciera José de Ribera– pueden reforzar la materialidad de la carne; algo que en la escultura puede lograrse mediante el acabado de las superficies, por ejemplo, dejando visibles las huellas de las herramientas en lugar de pulimentarlas. Hablamos entonces, en uno u otro caso, de texturas.
José de Ribera nació en 1591 en Játiva. Se ha escrito que tal vez se formó con Ribalta. Pronto se trasladó a Italia, instalándose en Nápoles, entonces capital del reino homónimo, perteneciente a la corona española, y una de las principales ciudades europeas. Ribera fue un pintor muy reconocido en su época y un dibujante y grabador extraordinario.
Esta Piedad es, en realidad, el entierro de Jesucristo, pero el título es correcto ya que en siglo XVII no se diferenciaba entre ambos asuntos. El cuadro está pintado en 1633, época de madurez de su creador, cuando estaba abandonando el naturalismo de influencia de Caravaggio, para hacer una pintura colorista y luminosa.
La composición está presidida por el cuerpo lívido de Jesucristo, situado sobre la losa del sepulcro, tendido sobre el sudario. Junto a él están su madre, la Virgen María; san Juan Evangelista, su discípulo predilecto; María Magdalena, la pecadora arrepentida; y, al fondo, se vislumbra a José de Arimatea, el anciano que cedió su tumba para enterrar a Jesucristo. La escena trasmite un fuerte sentimiento religioso, acorde con el espíritu católico contrarreformista. Las figuras están ordenadas mediante un sistema compositivo ortogonal y otro basado en diagonales. Jesucristo ocupa una franja horizontal. Los cuerpos erguidos de la Virgen, san Juan y José de Arimatea constituyen las verticales. Las diagonales las marcan los contornos de la Magdalena y la Virgen y las cabezas de ésta y san Juan, en la parte superior, y el contorno del costado y el brazo derecho de Cristo, en la parte inferior. La Magdalena forma un escorzo pronunciado, mientras que el pecho de Cristo, su antebrazo derecho y su pierna izquierda son escorzos ligeros; reveladores, según los especialistas, de la utilización de modelos por el pintor. Por efecto del claroscuro las figuras emergen del fondo. La luz, focal e intensa, procedería de un punto situado fuera del cuadro, delante y por encima de él, algo desplazado hacia la derecha de la pintura. La luz no es natural, ya que de serlo no podrían permanecer en tanta oscuridad las partes no iluminadas de la Virgen y San Juan. Se une, así, el naturalismo de las figuras con la artificiosidad del tenebrismo. Las partes iluminadas, y sobre todo las carnaciones, están muy empastadas, ya que al aplicar colores claros sobre las imprimaciones más oscuras las pinceladas tenían que ser densas para que cubriesen. En cambio las zonas de sombra son ligeras, hechas mediante capas finas de colores superpuestos.
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Jusepe de Ribera, La Piedad, 1633, óleo sobre lienzo, 157x210 cm