Capítulo 3. Jean Antoine Watteau

Autor: Carmen Bernárdez

Jean Antoine Watteau, El descanso, c. 1709, óleo sobre lienzo, 32 x 42,5 cm

En este pequeño cuadro vemos una escena, presidida en el centro por dos árboles cuyos troncos se cruzan en aspa, en la que un grupo de soldados descansa junto a tres mujeres. La composición está dispuesta en tres planos: al fondo un paisaje poco definido, carromatos con grandes fardos y algunos soldados junto a una marmita puesta al fuego. En el plano central, junto a los árboles, otros soldados conversan, beben y fuman. En el primer término las demás figuras se extienden longitudinalmente, constituyendo el centro visual del cuadro las dos damas ataviadas más ricamente, en particular la que, de pié y vestida de amarillo, da la espalda al espectador. Junto a ellas, cerrando la escena, un hombre con coraza parece dar órdenes al otro delante de una casi imperceptible cabaña de ramas en cuya cúspide cuelga una corona de hojas, quizá haciendo alusión a alguna victoria pasada.

Antoine Watteau (1684-1721) es uno de los más grandes pintores franceses del siglo XVIII. Nacido en Valenciennes, una ciudad fronteriza con Flandes, recibió la influencia de los artistas flamencos, en particular de Rubens, a quien admiraba especialmente. Destacó por su extraordinaria calidad como dibujante y como pintor de escenas que se conocen como fêtes galantes (fiestas galantes): reuniones de personajes ricamente vestidos en los ámbitos de sus palacios y jardines, en las que prima el romance y la expresión de un modo de vida llamado a desaparecer al final del siglo con la Revolución Francesa. Los jóvenes elegantes y aristócratas que protagonizan estas escenas, continuadas por otros artistas como Lancret, Fragonard o Boucher, representan a una aristocracia ociosa, entretenida con los juegos del amor, el teatro, la música y la serena ociosidad. Sin embargo, El descanso no es una fiesta galante; en lugar del cortejo amoroso prima aquí el visible cansancio de los soldados –algunos heridos- y la población civil que, alejándose de las zonas en conflicto, acampan haciendo un alto en su camino.

Watteau hizo algunos cuadros de temas de guerra en su primera época, aunque nunca retrató batallas, sino escenas cotidianas en tiempos agitados. Como en sus fiestas galantes -que empezó a pintar con posterioridad a estos cuadros de guerra- en su obra se apunta la situación psicológica de los personajes, una melancolía que impregnará incluso sus episodios más amables. En este pequeño lienzo el pintor retrata una situación derivada de la guerra que no induce a glorificarla o justificarla y que más bien presenta consecuencias amargas como el desplazamiento, el desarraigo, la rutina o la inseguridad. El rostro de la joven mujer que, sentada en el centro de la composición y con su bebé a la espalda mira al espectador, es elocuente en su impasibilidad. En 1709 Watteau dejó París, donde había ido a estudiar, para regresar durante una breve temporada a Valenciennes, y en ese tiempo realizó muchos dibujos y alrededor de doce cuadros de tema militar, algunos de los cuales solo los conocemos a través de reproducciones grabadas. Éste del Museo Thyssen-Bornemisza es, así, un importante exponente de esta temática aparentemente tan alejada de la ligereza rococó que más tarde le proporcionaría reconocimiento. El invierno de 1709 fue durísimo en Francia, y a ello se sumaron el hambre y la guerra, con un ejército desmoralizado y próximo a la insurrección. El Flandes español y la ciudad natal de Watteau, muy próxima, se vieron directamente involucrados en la Guerra de Sucesión española.

El cuerpo del cuadro

El «cuerpo» del cuadro está constituido por su soporte, la preparación, la capa pictórica y el barniz. Según todos sus contemporáneos, Watteau mostraba escaso interés por ese cuerpo, queriendo siempre acelerar los procesos técnicos para lograr un trabajo rápido, directo y fresco que transmitiera fielmente su gusto por la ligereza y delicadeza de formas. Watteau quería expresarse con rapidez y agilidad, y aunque admiró siempre a los flamencos y a Rubens, no compartió con ellos el gusto por la elaboración cuidadosa de sus materiales. La suya era una forma de pintar expeditiva, basada en la riqueza de colores muy cargados de aceite, y en el preciosismo de pinceladas menudas que definían figuras y paisajes con la delicadeza de la porcelana. Esta urgencia redujo al mínimo las labores previas que tanta importancia tenían en la tradición técnica. Solía utilizar telas como soporte, aunque también empleaba tablas y, en menor medida, láminas de cobre. Como era habitual en su tiempo, prefería la tela para cuadros más grandes, y la tabla para los más pequeños. Aunque también las utilizó de lino, sus telas eran sobre todo de cáñamo, densas de trama, finas pero irregulares.

Sobre la tela, Watteau aplicaba dos capas de preparación que, según los análisis que se han realizado en diversos museos, suele coincidir en sus componentes: una capa de color rojo a base de carbonato cálcico (creta, frecuente en los pintores del norte de Europa) mezclada con óxidos de hierro (rojos) y con negro. Sobre ella daba otra más clara, generalmente crema o anaranjada a base de óxidos de hierro y blanco de plomo con cola, que matizaba el color y hacía las veces de imprimación. Desde la primera capa de preparación el pintor añadía aceite, pero en proporción creciente hasta la película pictórica, que sobrecargaba con óleos grasos. Esta doble preparación, aunque sin la sobrecarga de grasa, era corriente en la Francia de los siglos XVII y XVIII. Watteau también utilizó alguna vez la preparación blanca y, aunque hay otros ejemplos, como Velázquez en algunas de sus obras, en general puede decirse que las muy claras eran escasas en esos siglos. El uso de ese fondo luminoso, del que tanto partido habían sacado los pintores flamencos, había sido desplazado por los coloreados, a veces en tonos bastante oscuros. Más tarde, ya en el siglo XIX, volverán a aparecer las preparaciones blancas. La de El descanso es roja y cubierta por otra capa más ligera de color claro. El pardo rojizo es dominante en esta composición y perceptible a través de los demás colores, sobre todo de las sombras. Lo vemos en las cuatro esquinas del cuadro, que fue concebido originalmente en forma ovalada, de manera que Watteau terminó el cuadro sólo en la zona que iba a ser visible.

El color del fondo en un cuadro resulta fundamental para el efecto final, porque la pintura al óleo juega con la transparencia. Transparentes son las veladuras, de manera que sobre un fondo oscuro se pueden obtener por veladuras zonas de sombras profundas y llenas de matices. Pero también, con el tiempo, la pintura al óleo va ganando transparencia a medida que envejece, y por eso va dejando traslucir el color del fondo, de suerte que partiendo de una preparación e imprimación oscura es fácil pintar escenas oscuras y generar contrastes muy pronunciados de sombras y luces. En las zonas claras, los colores luminosos se aplican con más empaste y así se logran esos contrastes. Además, si el color del fondo es caliente (rojo, anaranjado, rosado, crema) la tonalidad general del cuadro también lo será. Si, por el contrario, es frío (gris, verdoso, azulado) el efecto final tenderá a serlo también.

Antes de abordar la pintura, Watteau trazaba muchos dibujos preparatorios sobre papel y hacía estudios de las figuras sueltas o en grupos. Varios de los dibujos relacionados con este cuadro que comentamos se han identificado y se conservan en distintas colecciones, así como un grabado realizado por Jean Moyreau (1690-1762) en el que la composición aparece invertida lateralmente. Durante la estancia en su ciudad natal de Valenciennes en 1709, Watteau había tomado apuntes rápidos de los soldados en diversas posiciones. Su forma de trabajar era a menudo así; acumulaba dibujos del natural y los organizaba en cuadernos que le servían de repertorio de figuras para sus cuadros. Incluso sabemos que en su estudio guardaba vestidos que ponía a sus modelos para dibujarlos. Luego, sobre el lienzo, sólo trazaba algunas líneas muy sumarias para encajar la composición, pero en El descanso no son perceptibles sino que quedan ocultas bajo la pintura.

Una manera muy particular de pintar

Watteau es uno de los grandes pintores del Rococó, gran creador de estilo. Pero su característica forma de pintar se vio afectada por su desatención hacia la técnica, lo que provocó que ya sus amigos el Conde de Caylus y el comerciante de arte Guersaint se quejaran del deterioro prematuro de sus pinturas. Hemos de tener en cuenta que los colores que Watteau aplicó originalmente eran mucho más saturados, brillantes y ricos en matices que lo que vemos ahora en muchos de sus cuadros, bastante oscurecidos y craquelados. Aun así, nos sorprende el brillo nacarado de las sedas de los vestidos, las texturas de los distintos tipos de vegetación y la calidad y eficacia del toque de su pincel. Watteau transgredió las reglas de la buena técnica por utilizar exceso de aceite en todas las fases de sus pinturas, pero sobre todo sobrecargando de grasa el aglutinante de sus pigmentos y trabajando con escasa limpieza, de manera que los restos de colores y aceites de un día quedaban adheridos a los pinceles, mezclándose con los aplicados al siguiente.

Estos óleos grasos que utilizaba Watteau le servían en un primer momento para dar más «jugosidad» a sus colores y lograr unas veladuras transparentes y cubrientes, facilitándose así la aplicación de la pintura. Al restregar los colores con el pincel lleno de aceite, era frecuente que dejara cerdas de éste adheridas, que se han encontrado en muchos cuadros durante su estudio y proceso de conservación y restauración. Sin embargo, esta técnica va a producir múltiples deterioros que van desde craquelados prematuros de la película pictórica, hasta oscurecimientos y transformaciones de los colores. Trabajar con óleos grasos sobre capas inferiores también grasas acarreaba el problema de secados diferentes. Si las capas inferiores –ya sean de color o de preparación- tienen mucho aceite, tardan más en secar, y si lo que se añade encima está dado sin que antes seque lo inferior, la capa más superficial, en contacto con el aire secará antes que la de abajo, se contraerá y por lo tanto se resquebrajará (se craquelará). Si ese color que se aplica sobre fondo no seco contiene, por ejemplo, un pigmento que es muy secante, como el blanco de plomo, el secado se acelera. Estos craquelados de superficie permiten ver el color inferior a través de las grietas. En algunos cuadros de Watteau, aunque no es el caso en los del Museo Thyssen-Bornemisza, estos craquelados de superficie llegan incluso a desfigurar rostros y amplias zonas, sobre todo de colores claros, que más blanco de plomo suelen tener. En El descanso sí es visible un craquelado en el cielo que deja ver en las líneas de fractura del color de superficie, el rojo del fondo.

Es cierto también que el pintor no siempre era culpable de las transformaciones de sus colores. Desde el siglo XVIII la industria química estaba proporcionando a los artistas materiales nuevos, especialmente pigmentos nuevos que iban sustituyendo poco a poco a los viejos colores tradicionalmente utilizados desde la Antigüedad. También se descubrieron nuevos colores, como el azul de Prusia, profundo e intenso, que fue descubierto por un químico alemán en 1704 y comercializado y popularizado en los años treinta. Los fabricantes de colores no siempre eran escrupulosos en la preparación de éstos, añadiendo ciertas sustancias que podían acarrear, al cabo de algún tiempo, alguna alteración química como, por ejemplo, el cambio de color. El artista compraba su pigmento, pero no podía saber que ese producto iba a acabar reaccionando mal.

La paleta y el pincel de Watteau

Como muchos otros grandes pintores, Watteau no empleaba un gran número de colores para pintar, su paleta era restringida. Lo que hacía era mezclar magistralmente sus colores. Utilizaba veladuras, también empastes; mezclaba los colores en el lienzo y los fundía frotando enérgicamente con su pincel bien embebido en aceite. Todos los recursos a partir de pocos colores: blanco de plomo (también llamado en España albayalde), negro de carbón, ocres, tierra verde, bermellón, óxidos de hierro, lacas rojas, azul de Prusia, amarillo de Nápoles y oropimente (también amarillo). En los análisis de laboratorio suelen aparecer partículas de varios pigmentos al analizar una muestra de un color. Esto quiere decir que mezclaba íntimamente los colores para obtener matices distintos, aunque también puede confirmar el reproche que se le hacía al pintor de trabajar con los pinceles sucios con polvo y restos de otros colores. Los pintores que cuidaban la técnica, como Rubens, empleaban pinceles diferentes según los colores, procurando limpiarlos bien al final de la jornada. Para esta humilde tarea solían tener ayudantes bien dispuestos, pero parece que Watteau prefería trabajar solo.

Aunque El descanso no sea una fiesta galante, sí participa del mismo gusto por las pinceladas pequeñas y preciosistas, alargadas en las figuras y menudas y difusas en las hojas de los árboles. El pequeño tamaño de muchos de sus cuadros favorece este tipo de pincelada con un pincel fino. En este cuadro Watteau dibuja mucho sobre el color y, en las figuras de los soldados refuerza los pliegues de la ropa con trazos a pincel cargado de un color marrón bastante oscuro. Utilizaba veladuras, sobre todo en las zonas oscuras, y colores más empastados en los claros, pero nunca sus empastes son excesivos, pues su capa pictórica es, en general, bastante fina. En este cuadro podemos ver un color más denso en el cielo azul y en los vestidos de las dos damas de la izquierda, así como en la indumentaria de los hombres del extremo izquierdo. Las carnaciones, aquí sólo visibles en las pequeñas cabezas de las dos damas, son típicas de Watteau; muy claras, casi de porcelana, con toques muy vivos de un color rojo que ilumina las mejillas. Para definir las hojas, Watteau prefiere pequeñas pinceladas plumosas que dan la sensación de ligereza y movimiento. Los trazos son cortos y siguen distintas direcciones, dependiendo de la orientación de las propias hojas, según un tratamiento diferente del de las figuras y el celaje. También hay un tratamiento pictórico diferente según las figuras; las dos mujeres elegantes están pintadas por elegantes colores y tocados que transmiten una fuerte vibración de color, parecen delicadas muñecas rococó. Por su parte, la joven madre, que por su indumentaria austera podemos saber que pertenece a una clase social más baja, está pintada en colores terrosos y con un estilo más próximo al realismo holandés y francés del siglo XVII. Esta reminiscencia realista define en El descanso y en otros cuadros de tema militar a los soldados, sus actitudes y apariencia.

CITA

«Para estimular la sensación de rapidez tanto de efecto como de ejecución, a Watteau le gustaba aplicar su pintura muy espesa. Este recurso ha sido ampliamente utilizado, y los grandes maestros lo han seguido. Pero para practicarlo con éxito se requieren preparaciones elaboradas y bien hechas, y Watteau apenas las hizo así. Como una especie de remedio para su omisión, cuando quería corregir una pintura, tenía el hábito de frotarla enérgicamente con aceite espeso y después repintar. Lo que ganaba momentáneamente haciendo esto, más tarde causaba considerable daño a sus cuadros, a lo que también contribuía un cierto descuido en su procedimiento que ha estropeado su color. Muy raramente limpiaba su paleta, a veces pasaban varios días sin hacerlo. El recipiente de aceite espeso del que tanto uso hacía estaba lleno de suciedad y polvo, y mezclado con toda suerte de colores que se pegaban a sus pinceles cuando los sumergía en él. ¡Qué lejos estaba esta forma de trabajar de las excepcionales precauciones que ciertos pintores holandeses solían tomar para trabajar con limpieza!»

(Conde de Caylus, La Vida de Antoine Watteau. Pintor de figuras y paisaje y de temas románticos y contemporáneos, discurso leído en la Académie Royale de Peinture et Sculpture, el 3 de febrero de 1748, reproducido en E. y J. Goncourt, French Eigh Century Painters, Ithaca, Cornell University Press, 1981, p. 24, traducción de C.B.)

BIBLIOGRAFÍA

AAVV, Antoine Watteau (1684-1721) Le peintre, son temps et sa légende, Paris-Ginebra, Champion-Slatkine, 1987.

AAVV, Watteau, 1684-1721, Washington, National Gallery, 1985.

GARCÍA FELGUERA, Mª.S., Antoine Watteau, Madrid, Historia 16, 1993.

GARRIDO, C., «Capitulaciones de boda y baile campestre y Fiesta en el parque, de Jean-Antoine Watteau. Estudio técnico», Boletín del Museo del Prado X, (enero-diciembre de 1989), pp. 55-65.

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