1992 - 2012, 20 años
El artista italiano Giorgio Morandi pintó este bodegón, de la colección Carmen Thyssen-Bornemisza, en el año 1949 o en el anterior. El cuadro es una de las cinco versiones que Morandi pintó en ese bienio y que Lamberto Vitali, uno de los máximos especialistas en este artista, fecha, junto con otro cuadro muy parecido, en el primer año indicado. Por tanto, posteriores —según la catalogación del mismo Vitali— a las otras tres versiones que habrían sido pintadas en 1948, el mismo año en el que la XXIV Bienal de Venecia le concedió el primer premio de pintura y se celebró una exposición antológica de sus aguafuertes en la Calcografía Nacional de Roma. El cuadro pertenece, por tanto, a un periodo de la trayectoria del autor de desinterés por cualquier detalle que permita identificar plenamente lo representado, restando sólo el gusto por la mancha de color tenue, en un proceso de desmaterialización de las formas y unificación de los objetos y el espacio donde se encuentran.
Las dos versiones de 1949 son las de menor tamaño, siendo el cuadro exhibido en el Museo Thyssen-Bornemisza el de formato más pequeño de los cinco. Todos los bodegones son similares, además de por el colorido, por la composición y por la representación de los mismos objetos colocados en una posición prácticamente idéntica, si bien en las dos versiones del año 1949, los dos jarrones de la derecha del segundo plano son muy difíciles de reconocer y sus formas son prácticamente manchas de color.
Morandi fue un grabador excelente. Se inició en el oficio del aguafuerte en 1912, un año antes de acabar sus estudios en la Academia de Bellas Artes de Bolonia, comenzados en 1907, y donde lo enseñaría desde 1930, cuando fue nombrado catedrático de Técnicas de Grabado por su reconocida importancia como artista, hasta 1956. Sus grabados están íntimamente relacionados con sus pinturas, de modo que, como explicó el historiador y crítico de arte Julián Gállego, pueden ser consecuencia de los cuadros o viceversa, especialmente por las equivalencias entre la monocromía de la tinta y la reducción cromática de los óleos, el escaso relieve de las formas y la presencia de una misma luz interior. Pero las obras de Morandi no son sólo formales, pues nos transmiten, especialmente los bodegones, sensaciones intimistas, de quietud, reposo y silencio, lo cual podemos apreciar al contemplar con tiempo y tranquilidad este cuadro.
“Una pintura, incluso si es pequeña y hay pocas cosas en ella, es algo tan difícil de conseguir, en cada una de sus partes, que nunca sabes a dónde has ido a parar” (Morandi a Giuseppe Raimondi). [G. R., Anni con Giorgio Morandi. Milán, 1970, p. 29, en K.W., 2007, p. 57].
Las obras de Morandi son el resultado de un proceso creativo tenaz, obsesivo y continuado sobre unos mismos asuntos: algunas flores, unos cuantos paisajes y muchísimos bodegones compuestos de botellas junto a jarrones u otros recipientes, aunque en su juventud también pintó unos pocos retratos. A lo largo de su vida como pintor, dibujante y grabador, desde su primer cuadro datado en 1910, cuando tenía veinte años, hasta unas semanas antes de su muerte, acaecida el 18 de junio de 1964, hizo cerca de 1.700 cuadros, 250 acuarelas, 140 aguafuertes y algo más de 200 dibujos. Durante todo ese tiempo el pintor apenas salió de su Bolonia natal, salvo para sus estancias veraniegas, iniciadas en 1913, en Grizzana, una localidad cercana, en la montaña, donde también vivió parte de los años 1943 y 1944, así como para enseñar dibujo en escuelas de educación primaria entre 1914 y 1929. Antes, en 1909 y 1910, había visitado la Bienal de Venecia de esos años, donde pudo contemplar obras de Monet, Pissarro, Cézanne, Rousseau, Matisse, Braque y Picasso. También había estado en Florencia en 1910, una estancia que siempre recordó por lo que tuvo de conocimiento directo de la obra de los grandes pintores italianos del trecento y del quattrocento. En su vida sólo viajó dos veces a un país extranjero, las dos a Suiza. Pero a pesar de su vida sedentaria siempre estuvo informado del arte europeo, ya que fue un gran aficionado a las revistas, catálogos y fotografías, de modo que conoció, si bien a través de reproducciones, obras de arte contemporáneas, y mantuvo contactos y amistades con personalidades del arte y la cultura, desde la presencia de su pintura en una exposición con artistas futuristas en Roma en el año 1914. Además, no obstante su retiro boloñés, el artista participó desde temprano en exposiciones en el extranjero, una de las primeras con pintores metafísicos en 1921 en Alemania. A pesar de su pronta relación con artistas de esas dos corrientes, el artista nunca se adscribió a ninguna de ellas, si bien pintó ocho bodegones que, en su aspecto formal, son metafísicos. Morandi fue galardonado en varios certámenes de su país y foráneros, entre otros en la Bienal de Venecia en 1948 y en las bienales de São Paulo de los años 1953 y 1957, y recibió el premio Rubens de la ciudad alemana de Siegen en 1962, muestra, todos ellos, del reconocimiento de la crítica internacional. Tras su muerte sufrió unos años de cierto olvido, hasta las grandes exposiciones celebradas a partir de 1973. Actualmente se le considera uno de los grandes pintores italianos del siglo XX. Desde 1933 el artista vivió siempre en una misma casa en la que ocupó una habitación que era a la vez estudio, lugar de reflexión, descanso y dormitorio. En ella, la luz natural entraba por una ventana abierta a un patio pequeño en la pared de la izquierda, siendo precisamente esa ventana y la luz que aportaba, según han destacado algunos de los estudiosos del pintor, la razón por la que Morandi eligió esa estancia como taller. Allí pintó al óleo una y otra vez unos pocos objetos, tras colocarlos en distintas posiciones, normalmente sobre una repisa, o bien sobre una mesa, y delante de un cartón pintado que hacía las veces de pared de fondo, e iluminados por la claridad difusa procedente de la ventana, de un modo tal que su proceder nos recuerda el de la tradición clásica de los pintores de bodegones. Pero a diferencia de ellos a Morandi no le interesaron ni las propiedades físicas de los objetos ni sus texturas ni los reflejos sobre sus superficies, de modo que no se pueden distinguir los materiales —cristal, cerámica y metal— con los que estarían hechos los recipientes. Sí le interesaron, en cambio, las relaciones entre el conjunto de la composición y sus partes, así como las establecidas entre unos planos con otros, y el tono mate, apagado y neutro de los objetos elegidos, lo que algunos estudiosos y críticos del artista han relacionado con la capa de polvo que cubría los cacharros y enseres que almacenaba. John Rewald recuerda, tras una vista que hizo al pintor en 1964, que “[…] era un polvo gris, aterciopelado, como una suave capa de fieltro”, de modo que —sigue Rewald— "su color y textura parecían constituir el elemento unificador de aquellas cajas y cuencos hondos, jarros viejos y cafeteras, vasos extraños y cajas de lata” [1].
“Nada me es más ajeno que un arte que pretende servir a fines que no sean los implicados por la obra de arte en sí misma” [2].
El tema del cuadro —en este caso botellas y jarrones— es necesario en cuanto vehículo de la representación. Así, este bodegón, como tantos otros de los que hizo, es un ejemplo de los intereses y preocupaciones del pintor que eran de índole eminentemente pictórica, especialmente en lo referido al espacio plástico, a las relaciones entre las formas y los colores, y, por supuesto, a la luz, sin por ello abandonar la figuración, de modo similar a Paul Cézanne, un precedente muy apreciado por Morandi, parte de cuya obra conoció por primera vez mediante reproducciones en blanco y negro en 1909. También fue admirador de Giotto, Masaccio, Uccello y Piero della Francesca, pintores todos ellos en los que el espacio y la geometría fueron aspectos esenciales en su obra, como lo serían en la de Morandi. Podemos imaginar que los siete objetos representados están inscritos dentro de un ortoedro cuya cara superior sería tangente a las bocas de las botellas y jarrones, la cara inferior sería el tablero sobre el que se apoyan los objetos, la trasera estaría formada por la superficie del fondo y la anterior rozaría uno de los bordes de la botella cuadrangular de la izquierda y la panza de las dos botellas cilíndricas. Los objetos están situados tan cerca unos de otros que apenas si queda sitio entre ellos, lo que crea un espacio compacto en el que se aprietan los recipientes y se dificulta su diferenciación. Los objetos están colocados en dos planos. En el primero reconocemos tres botellas, la “persa” cuadrangular (Fig. IV.7.1) y las dos cilíndricas, la del centro de cuerpo grueso y bajo con gollete largo y la blanca de la derecha (Fig. IV.7.2). En el segundo plano se distingue parte de la boca de una jarra de pico y con un asa curva y otra parte de un jarrón alargado y estrecho tapado en su mayor parte por la botella del centro. En ese mismo segundo plano hay otros dos recipientes, que serían unos jarrones —aquí irreconocibles— que el artista incluyó también en muchos de sus cuadros de ese periodo y en otros de su producción. Hay, además, en este cuadro de Morandi un curioso efecto perceptivo, sin duda ajeno a las intenciones pictóricas del artista, de alternancia entre figura y fondo, pues el gollete de la botella central puede verse como parte del fondo y la botella blanca de la derecha convertirse en el interior, abierto al espectador, del jarrón situado tras ella.
En este cuadro el pintor dejó un hueco entre los dos jarrones de la derecha del segundo plano que permite ver el fondo, de modo que podemos apreciar la proximidad entre los objetos y ese fondo, al que intuimos, más que vemos, gracias a la sombra ligera del jarrón fino, que sería, por otra parte, una sombra inexistente en la realidad. En las otras versiones ese hueco es mayor, o bien son dos, situados a ambos lados del mismo jarrón alargado, lo que ayuda a individualizar a los jarrones posteriores, y al separarlos aumenta un poco más el aire existente entre ellos. Pero todos los objetos siguen estando constreñidos en un mismo volumen. Si miramos atentamente el cuadro veremos cómo el pintor ha construido los recipientes mediante el cambio de colores y tonos y cómo ha contorneado las bases de los situados en el primer plano. Asimismo, un cambio de tono diferencia la superficie horizontal de la vertical del fondo. La neutralidad de ambas superficies crea un espacio de escasa profundidad en el que se sitúan los objetos, que se hace aún menos profundo por la ausencia de gradación del colorido, intencionalmente limitado dentro de una predominancia cálida muy apagada y casi monocroma. El frío azul, asimismo apagado, de la botella central, resalta, como un contraste sin violencia ninguna, dentro de la armonía del conjunto del cuadro. No existe apenas ni ilusión de profundidad ni de volumen, a excepción de la botella cuadrada, la única que puede dar la idea de tres dimensiones. La pintura está bañada por una misma luz continua, difusa, lechosa, neutra, que al no producir sombras aplana aún más los objetos y reduce mucho la profundidad del espacio.
“Lo que unifica los elementos que componen un espacio es, para Morandi, esencialmente la luz, que se puede revelar en el tratamiento claroscuro de los grabados o en el color de las pinturas al óleo o en las acuarelas. Creo que para él los colores son en efecto ‘actos y sufrimientos de la luz’ como los había definido Goethe, que dan sustancia al fluir de la incorpórea materia luminosa, deteniéndola en esa inmovilidad palpitante que vemos en sus cuadros. [...] En Morandi [...] el color no eclipsa la luz, sino que le da sustancia. Para él, la luz parece ser la causa del mundo material, lo que lo produce, en línea con la doctrina mística que se remonta a las teorías medievales sobre la función ‘creativa” de la luz’. Giorgio Messori, “Il pianeta sul tavolo” [3].
[1] Rewald, citado en Tillim: “Morandi a critical note”, p. 46, en K.W., 2007, p. 43.
[2] Morandi a Edouard Rodin, 1960, en K.W., 2007, p. 146.
[3] Messori 1992, p. 27 [trad. A. Ll.].
Bolaños Atienza, María: Interpretar el arte a través de las obras maestras y de los artistas más universales. Madrid, LIBSA, 2007.
Giorgio Morandi. [Cat. exp.]. Barcelona, Fundación Caja de Pensiones, 1984.
Giorgio Morandi. Exposición antológica. Madrid, Fundación Colección Thyssen-Bornemiza; Valencia, Institut Valencià d’Art Modern, 1999.
Messori, Giorgio: “Il pianeta sul tavolo”, en Luigi Ghirri, Atelier Morandi. Bari, Palomar, 1992.
Vitali, Lamberto: Giorgio Morandi. Pittore. Milán, Edizioni del Milione, 1960.
VV.AA.: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Madrid, Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, 2004.
Wilkin, Karen: Giorgio Morandi. Barcelona, Polígrafa, 1998.
Wilkin, Karen: Giorgio Morandi. Obras, escritos, entrevistas. Barcelona, Polígrafa, 2007.
Imágenes
Giorgio Morandi, Naturaleza muerta, 1948-1949. Óleo sobre lienzo. 26 x 35 cm
Fig. IV.7.1: Detalle botella cuadrangular, la “persa”.
Fig. IV.7.2: Detalle botella blanca.