1992 - 2012, 20 años
A finales del siglo XVIII comenzó a desarrollarse en Europa una forma nueva de interpretar el paisaje, promovida por la sensibilidad del Romanticismo. Se pintaron temas como: figuras solitarias contemplando la naturaleza, viajes por el mar, las ruinas de la arquitectura gótica... Y tratados con una nueva sencillez en la composición, que se reducía a lo esencial. La naturaleza así presentada evocaba una naturaleza en estado primitivo, antes de ser habitada, y se llenaba de misterio. Las figuras parecían querer fundirse con ese mundo regalo de Dios que contemplaban.
Friedrich fue un pintor muy representativo de este momento histórico, en sus cuadros aparecen muchas veces pequeñas figuras vistas desde atrás mirando el paisaje, con las que nos identificamos como espectadores del cuadro. Estas figuras expresan una inquietud espiritual: el deseo romántico de abarcar el universo. Friedrich hacía composiciones sencillas en las que la repetición de elementos monótonos del paisaje expresaba intensamente la soledad de las pequeñas figuras, que nos hacen pensar en su fragilidad frente a la inmensidad del espacio. Esa inmensidad y su luminosidad misteriosa son para el artista un reflejo de Dios. El paisaje se ha llenado de misterio y grandeza, y a pesar de su desnudez, es capaz de transmitir emociones humanas que en otros momentos de la historia del arte se expresaban a través de cuadros con escenas religiosas o históricas.
Friedrich nació en Greifswald, una ciudad universitaria con un pequeño puerto en el mar Báltico. Allí hizo sus primeros estudios artísticos, que después completaría en la Facultad de Bellas Artes de Copenhague y en la ciudad de Dresde, donde se estableció y perfeccionó su formación como paisajista. Mañana de Pascua fue uno de sus últimos cuadros y lo pintó en un formato vertical, que no era el apaisado utilizado tradicionalmente para pintar paisajes. Ese formato del lienzo conduce la mirada del espectador desde las tres mujeres paradas en el camino hacia el sol, que es el punto más luminoso de la composición.
El espacio del cuadro tiene primero una zona vacía, donde nuestra mirada sigue el dibujo del camino hasta encontrar el grupo de las tres mujeres de espaldas, que no parecen caminar, sino contemplar el paisaje. A ambos lados de las mujeres, los árboles enmarcan la vista, y con su altura, dirigen nuestra mirada hacia el sol. Si seguimos el camino del cuadro hacia dentro, Friedrich ha conseguido la profundidad colocando otras dos parejas de figuras, que van disminuyendo de tamaño según se alejan. También los bloques de piedra que hay a ambos lados del camino van disminuyendo según aumenta la distancia al espectador. El paisaje está formado por una serie de lomas que se van superponiendo hasta una línea de horizonte situada ligeramente por encima de las cabezas de las tres mujeres. No es un horizonte muy lejano. El cuadro está pintado desde un punto de vista a la altura de una persona de pie sobre el suelo del camino.
La vertical es la distancia más grande en este cuadro y eso le da un carácter simbólico y espiritual. La luz del cuadro provine del sol, pero la niebla de la mañana suaviza los contornos y las distancias, dificultando la percepción del paisaje y envolviéndolo en misterio. La suavidad de la iluminación y la quietud de los personajes producen en el espectador una sensación de paz.
Friedrich ha utilizado también la simetría en su composición para darnos una sensación de calma y equilibrio: la línea vertical que une el sol y la mujer más alta, la que está a la izquierda del grupo, forma un eje aproximadamente en la mitad del cuadro. Los árboles situados a derecha e izquierda de ese eje central parecen figuras simétricas, esto quiere decir, que se repiten casi iguales a ambos lados.
Esa composición tan equilibrada hace que el paisaje se acerque mucho a la abstracción, porque en la naturaleza no suele haber muchos paisajes tan bien ordenados. Las pequeñas figuras de las mujeres en esta mañana en niebla nos hacen comprender la grandeza de la naturaleza, una grandeza que para Friedrich expresaba el reflejo de Dios. Su pequeño paisaje vertical nos hace contemplar en silencio la infinitud del paisaje, como hacen las figuras pintadas bajo el sol, y nos transmite una experiencia espiritual, de meditación.
ACTIVIDADES EN EL MUSEO:
Vamos a comparar el cuadro de Friedrich con algunos cuadros cercanos colgados en la misma sala del museo:
[Descarga la versión en pdf para imprimir]
Fig. II.4.1
Caspar David Friedrich,
Mañana de Pascua (c. 1830-1835)
Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza