Capítulo 1. El paisaje americano en el siglo XIX

Las raíces del paisaje americano están en Europa, pero la importancia que consigue este género de pintura en el siglo XIX tiene que ver con la rápida expansión territorial y demográfica de la joven potencia de Estados Unidos, que había conseguido la independencia con la Constitución de 1787.

El siglo XIX fue para este país una época de viajeros y exploradores, que descubrieron temas para la pintura como las regiones del Ártico, las cataratas del Niágara o los territorios del oeste, habitados por indios, con los grandiosos paisajes de las Montañas Rocosas. La construcción del ferrocarril a partir de 1830 acercó a la población los nuevos territorios y les hizo confiar en el progreso. Los escritos de Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman nos ayudan a comprender la visión que los norteamericanos desarrollaron de su paisaje. Para Emerson, en la naturaleza virgen se manifiesta la divinidad, y el hombre ante ella debe olvidar su individualidad y fundirse con el universo. El paisaje tiene una grandeza sagrada. El poeta Whitman canta a una cultura norteamericana que debe alejarse de los modelos europeos e inspirarse en la naturaleza de su país.

La primera escuela importante de paisaje norteamericano es la llamada Escuela del río Hudson, que se inició con la pintura de Thomas Cole y Asher B. Durant. En sus cuadros hay un afán de hacer una pintura nacional americana. Fue característico de esta escuela un sentido dramático de la naturaleza y una preocupación por la observación del paisaje, gracias al dibujo al aire libre y al estudio del natural. En la primera mitad del siglo XIX los cuadros se pintaban en el taller, pero en la segunda mitad del siglo se dio cada vez más importancia al trabajo del natural.

John William Hill

Vista de Nueva York desde Brooklyn Heights, c. 1836.

Acuarela sobre papel. 48,3 x 85 cm

El artista pinta un panorama de la isla de Manhattan vista desde los altos de Brooklyn, el barrio que fue el primer suburbio de la ciudad de Nueva York. Al mirar esta acuarela descubrimos un horizonte detrás de otro: el más cercano está ocupado por los edificios de Manhattan, pero detrás de esa isla podemos ver otra parte más lejana del río Hudson y una costa con edificios y terrenos llenos de árboles. Esa orilla lejana y azulada es el verdadero horizonte del cuadro y coincide con la línea de horizonte de su perspectiva, es decir, la línea imaginaria trazada en el cuadro a la altura del punto de vista del espectador.

La acuarela tiene un punto de vista alto. Ese punto es el lugar desde el que el pintor ha mirado la vista para dibujarla. Recordamos que la línea de horizonte está al nivel de sus ojos. Cuanto más alto es el punto de vista, más espacio de suelo se ve en un cuadro, pero en esta acuarela, ese espacio está ocupado sobre todo por el agua del río Hudson, que separa los distintos barrios de la ciudad. Por eso podemos ver los barcos desde arriba. Entre los veleros destaca la moderna silueta de un barco de vapor de gran chimenea: el "Boston". A partir de 1824, la máquina de vapor había comenzado a utilizarse para la navegación, el "Boston" es una señal de progreso de la ciudad de Nueva York.

Si colocas una regla sobre el pasamanos de la barandilla donde la mujer apoya sus manos y el hombre apoya su catalejo, y prolongas esa línea hacia tu derecha, saliéndote bastante del cuadro, verás que su punto de fuga está en la línea de horizonte. Si prolongaras ahora las líneas largas del tejado lleno de palomas en primer término, encontrarías un segundo punto de fuga en el horizonte. El artista utilizó una perspectiva oblicua o de dos puntos de fuga para construir el espacio del panorama de la ciudad. De esta forma consiguió un gran dinamismo en la visión de los edificios, que tienen múltiples puntos de fuga.

John William Hill nació en Londres y emigró a Estados Unidos con su familia cuando era un niño. Su carrera empezó haciendo trabajos topográficos para una compañía de Nueva York. Pintó muchas vistas de ciudades del país a la acuarela, que más tarde, en los años cincuenta, serían grabadas por otros artistas y publicadas formando parte de series de vistas de las ciudades norteamericanas. Esta panorámica de Nueva York animaba a los viajeros a visitar la ciudad, como había ocurrido con la moda de las vistas de Venecia pintadas en Italia en el siglo XVIII.

ACTIVIDADES:

Elige uno de los barcos que navegan por el río Hudson cerca de los edificios más próximos del cuadro pintado por John William Hill.

Cópialo. Te darás cuenta de que es un barco visto desde un punto de vista alto.

Dibuja otra vez el mismo barco, pero ahora imaginando que tú estás metido en un bote pequeño de remos y lo ves desde el agua, acercándote a él.

Dibuja una tercera versión del barco. Ahora tú eres un buzo que mira el barco desde el fondo del río Hudson, donde has ido a buscar un ancla sumergida.

Hugh Bolton Jones

Verano en el Blue Ridge, 1874.

Óleo sobre lienzo. 76,5 x 138,5 cm

Es un paisaje veraniego que atrae nuestra mirada hacia el gran árbol en el centro del cuadro, debajo del cual destaca un pequeño caballo blanco, seguido de otros caballos y un carro cargado de paja sobre el que trabaja un campesino con una luminosa camisa blanca. Tras él, otros dos hombres le ayudan a descargar en un pajar cubierto por un techo de madera. Esta parte central del cuadro es la que está trabajada con más detalle, a medida que nos alejamos hacia los lados, el resto de la vegetación aparece más difuminada, para no distraer nuestra atención. También si nos alejamos hacia el fondo, los árboles del bosque pierden la nitidez del dibujo y la intensidad del color.

En el paisaje natural no se pueden aplicar las leyes de la perspectiva lineal igual que en los cuadros que tienen como tema elementos arquitectónicos, porque no es fácil ver líneas rectas en la naturaleza y no hay elementos iguales que vayan disminuyendo conforme se alejan en la distancia, como nos ocurría, por ejemplo, con las columnas o las ventanas de los edificios. Pero el espacio en el paisaje puede plantearse aplicando los principios de la perspectiva aérea o atmosférica, que fueron recogidos por Leonardo da Vinci en su Tratado de la pintura. Según Leonardo, hay que tener en cuenta el aire que separa nuestros ojos de los motivos del cuadro y pintar esos motivos tanto más azulados cuanto más lejos estén, para sugerir la distancia.

Si observamos ahora el paisaje de Hugh Bolton Jones, vemos como cumple las normas de Leonardo. La vegetación pierde detalle e intensidad de color a medida que se aleja del primer término del cuadro. Hacia el fondo, los tonos de los árboles se agrisan, después los montes azulean y los más lejanos se vuelven violetas para sugerir el aire que nos separa de ellos.

Hugh Bolton Jones (Nueva York,1848-1927) se especializó en pintar los paisajes de su estado natal. Recibió influencia de la Hudson River School, que dominó el género del paisaje en Estados Unidos hasta 1875. La relación armoniosa entre las figuras y el paisaje, el punto de vista alto y la grandeza del entorno natural fueron características de la Hudson River School. Esta escuela vio en la riqueza natural de Estados Unidos una promesa de prosperidad para los nuevos habitantes que estaban colonizando estas tierras.

Dos años después de pintar el cuadro que estamos comentando, Bolton Jones pasó una temporada completando su formación en Europa, que empezó en la Bretaña francesa, en el pueblo de Pont-Aven. Allí se había establecido una colonia de artistas americanos, franceses, alemanes, ingleses y escandinavos, que buscaban una vida sencilla cerca de la naturaleza que les sirviera de inspiración para su pintura. Años después, formaron parte de esta colonia Van Gogh y Gauguin.

Contenido destacado

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Imagen del cuadro donde se representa un paisaje de costa urbanizado.

Fig. III.1.1

John William Hill,

Vista de Nueva York desde Brooklyn Heights (c. 1836)

Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza

Imagen de un cuadro en el que se representa un paisaje.

Fig. III.1.1

Hugh Bolton Jones,

Verano en el Blue Ridge 1874