1992 - 2012, 20 años
La escena nocturna evoca un paisaje imaginado de la costa italiana, iluminado por el resplandor de la luna y sus plateados reflejos. Fue pintada por Claude-Joseph Vernet, el pintor de marinas más célebre de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando regresó a Francia tras una estancia de casi veinte años en Roma. Aclamado por los enciclopedistas de la Ilustración, como Denis Diderot, sus paisajes contribuyeron a estimular una sensibilidad prerromántica entre sus contemporáneos, mostrándoles los diferentes efectos lumínicos y atmosféricos en la naturaleza.
Joseph Vernet nació en 1714 en Aviñón. Posiblemente fuese su padre el primero en iniciarle en el arte decorativo, aunque pronto se decantó por la pintura de paisajes y marinas, un género que gozaba de gran aceptación entre los patronos y coleccionistas de la segunda mitad del siglo XVIII. A raíz de que uno de sus patronos le encargase la realización de dibujos de antigüedades de Roma, se instaló en esa ciudad con apenas veinte años. Allí residió plenamente integrado en el círculo de pintores franceses que trabajaban en torno a la Academia de Francia en Roma. El joven Vernet se introdujo en el mercado pintando paisajes por encargo a la manera del gran Claudio de Lorena o a la de Salvator Rosa, hasta que fue formando su propio estilo.
Cuatro años después de su llegada a la Ciudad Eterna, su fama había crecido hasta el punto de registrar los encargos que recibe en el Libro de la Verdad (Livre de la Verité), siguiendo una costumbre establecida por Claudio de Lorena. Sus patronos eran personas influyentes en la comunidad internacional, como el embajador de Francia en Roma, pero sus clientes más fieles fueron los aristócratas británicos que realizaban el Grand Tour por Europa. El éxito de Vernet con los viajeros británicos pudo deberse también a su matrimonio en 1745 con la hija de un capitán irlandés de la marina papal.
En 1753, año de ejecución de Noche, Vernet regresó a Francia convocado por el marqués de Marigny para iniciar un importante encargo para el rey Luis XV. Se trata de Los puertos de Francia, una serie que reunía las vistas monumentales de los principales puertos comerciales y militares en Francia con afán propagandístico. Vernet continuó cosechando éxitos y excelentes críticas cuando exponía en el Salon, especialmente de la mano de Denis Diderot. También el rey le tenía en altísima estima; tanto que se dice que contestó en una ocasión a su ministro de guerra y marina, cuando le exhortaba sobre la importancia de una marina poderosa: “Mi querido Choisel, usted está tan loco como sus predecesores, todos me han dicho que querían una marina. No habrá jamás en Francia otra marina que aquella del pintor Vernet” [1]. El pintor murió en sus habitaciones del Louvre en 1789, el año de la Revolución Francesa.
Pintar a partir de las sombras
El lienzo, de formato apaisado, está dividido en tres bandas horizontales que muestran la tierra firme, el mar y el cielo. Nuestra mirada se detiene en el punto focal de la obra: una luna baja y levemente desplazada hacia la derecha que constituye además la fuente de luz de máxima claridad de la composición. Su luz pálida se extiende a las nubes y brumas circundantes creando un contraluz grandioso con el castillo medieval que se alza a la derecha, ruina pintoresca que en Vernet adquiere un tono más sublime y poético. El amplísimo cielo está pintando con infinidad de matices: la suave gradación tonal en la línea de horizonte da paso a un fuerte contraste de valores en las nubes, desde la oscuridad más profunda al blanco más intenso. Esas nubes se van abriendo para dejar ver un firmamento azul oscuro con estrellas. Los cielos de Vernet eran aclamados por Diderot cuando escribía sus reseñas para el Salon: “Si extiende nubes por el aire ¡qué ligeramente suspendidas están! […] ¡qué espacio hay entre ellas y el firmamento!” [2]. En el plano medio, el mar en calma se convierte en un espejo reflectante para la claridad de la luna formando ligeras ondas de un blanco intenso, líneas horizontales que acentúan la serenidad de la escena. Cuando nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad logramos apreciar dos focos más de iluminación: la antorcha llameante de una embarcación a la derecha y la cálida luz de una fogata a la izquierda.
En el muelle oscuro la luz de la hoguera de la izquierda sirve para dar forma y volumen a un grupo compuesto por pescadores y mujeres que se organizan en parejas, conversando apaciblemente (Fig. II.7.1). Frente a la frialdad del claro de la luna, las llamas del fuego generan una luz cálida y cambiante que permite al pintor usar colores más encendidos: tonos terrosos, ocres y rojos. Estas figuras van adquiriendo vida y corporeidad gracias a la luz y las sombras. Por ejemplo, las dos mujeres que charlan sentadas están pintadas con pequeños toques que modelan plásticamente sus cuerpos con tonos claros, medios y oscuros. Algunas figuras proyectan sombras oblicuas en el suelo, como el hombre de espaldas que remueve la sopa, cuya sombra traza una silueta incierta.
Continuando la lectura del muelle de izquierda a derecha, se reconocen más personajes en tierra firme con sus siluetas nítidamente pintadas ante el fondo plateado del mar. En el centro, una barcaza amarrada con dos hombres, uno de ellos fumando una pipa; a continuación, la silueta de un perro que mira tenso hacia el agua.
Estas figuras parecen sombras chinescas recortadas en negro para un escenario teatral y recuerdan a los juegos de las siluetas, muy de moda en Europa durante la segunda mitad del siglo XVIII. Las siluetas fueron un invento de Étienne de Silhouette, ministro de Finanzas de Luis XV, quien creó este sencillo procedimiento que consistía en colocar al retratado de perfil con una fuente de luz muy cercana y dibujar fielmente la sombra proyectada.
La tercera fuente de luz, mucho más tenue, ilumina la penumbra del ángulo derecho del lienzo con la antorcha de unos pescadores faenando. En el plano medio del mar, junto al promontorio rocoso con el castillo, Vernet se sirve de potentes contraluces para llenar el espacio de actividad, pintando las siluetas de unos hombres remando, mientras otros avanzan por las rocas hasta tierra firme desde un barco fondeado (Fig. II.7.2). Un barco con las velas desplegadas se aleja y dirige nuestra mirada hacia la línea de horizonte donde se percibe un gran puerto entre brumas. Vernet consigue transmitir la sensación de distancia y atmósfera envolviendo el fondo con una luz tenue y difusa (Fig. II.7.3). Dos pequeños destellos llaman la atención sobre las embarcaciones que surcan el mar —el barco fondeado y el que se aleja— pintados con un realce en blanco que sirve para dar volumen y reflejar la luz de la luna.
Vedute de fantasía
Las marinas de Vernet, aunque herederas de la pintura de paisaje de historia de Claudio de Lorena, se basan en la observación de la naturaleza. Durante esa primera etapa romana, Vernet realiza muchas excursiones y viajes de trabajo para dibujar la campiña y la costa mediterránea desde Roma hasta Nápoles, registrando elementos que formarán la base de su repertorio para el resto de su carrera artística. Estos aide-memoires o estudios preliminares al natural le servían como un catálogo de formas que incorporaba posteriormente a las composiciones. En una carta de 1765 escribió: “Debes hacer exactamente lo que ves en la naturaleza; si un elemento se confunde con otro, sea en la forma o en el color, debes pintarlo como lo ves, porque, si está bien en la naturaleza, estará bien en la pintura” [3]. Ese interés por la observación directa y la captación precisa y minuciosa de las cosas le apartan del mundo idealizado de Claudio de Lorena y Nicolas Poussin. Los paisajes de Vernet se sitúan más próximos a la pintura de vistas desarrollada por Canaletto en Venecia y Londres, o por Giovanni Battista Piranesi en Roma. Sin embargo, Noche no es una obra topográfica; evoca más que describe un paisaje imaginado de la costa italiana. Este tipo de paisajes se llamaban entonces vedute de fantasía: vistas imaginadas que ofrecían al espectador la posibilidad de recordar sensaciones y sentimientos vividos durante su estancia en Italia. En concreto, Noche formaba parte de una serie de cuatro obras encargadas por el primer vizconde de Wicklow, el anglo-irlandés Ralph Howard, durante su Grand Tour por Italia, y está documentado en el libro de contabilidad de Vernet de la siguiente manera: “Para monseñor Howard cinco lienzos de tipo emperador representando marinas con temas distintos de mi fantasía, uno debe haber sido ejecutado en el mes de mayo de 1752 y los otros en el mes de marzo de 1753” [4].
Mares en calma y mares tempestuosos
Los coleccionistas encargaban a Vernet parejas, pendants o series de cuatro, divididas según los diferentes momentos del día: mañana, mediodía, tarde y noche, para decorar sus interiores dieciochescos. Las marinas solían ser de dos tipos: mares en calma o mares tempestuosos. Estos últimos se convertían en el escenario de dramáticos naufragios, una amenaza real y muy frecuente en esta época en que las vías marítimas eran los principales medios de comunicación y transporte. Los naufragios en las series —pues siempre se incluía uno— constituían un contrapunto emocionante a las otras marinas en calma e ilustraban dos incipientes conceptos estéticos: lo sublime (que incitaba la sensación de horror en el espectador) y lo bello (procurando una sensación agradable y sosegada). Sólo tres años después de la ejecución de esta obra, Edmund Burke publica el tratado Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, sentando las bases del movimiento romántico.
Las marinas en calma como ésta —que eran las más frecuentes— estudiaban los distintos momentos del día o de la noche con sus variedades de luz y de atmósfera, despertando un estado de ánimo y sensibilidad en el espectador. Esta escena muestra el momento de reposo de unos pescadores que se agrupan en torno al fuego para preparar la cena tras una jornada de trabajo. Las actividades cotidianas ajenas a la tragedia de los naufragios suscitaban una impresión agradablemente reconfortante en el coleccionista.
El nocturno
Las escenas nocturnas no son nuevas en la pintura europea; existen muchos episodios bíblicos que tienen lugar bajo la plateada luz de la luna, como la Huida a Egipto, la Natividad o la Anunciación. Cuando el paisaje adquiere su propia autonomía en el siglo XVII, la noche se convierte en un tema que interesará a los pintores, como por ejemplo a Peter Paul Rubens. En su obra Paisaje al claro de la luna el maestro flamenco introduce una superficie de agua que sirve de reflejo de luz y segunda fuente de iluminación de la escena. Este recurso será ampliamente utilizado por otros artistas que aprovecharán cualquier lámina de agua —mar, estanque, río o lago— por su efecto especular.
El siglo XVIII, tantas veces denominado el Siglo de las Luces, convertirá la noche en motivo central para la estética de sus pintores. Vernet participa como pintor prerromántico de esa fascinación por la oscuridad. Edmund Burke codificó el negro en la categoría estética de lo sublime, fuente de una pasión estética que combina admiración, miedo e, incluso, terror. El filósofo matiza acerca de los efectos de la negrura moderada: “Aunque los efectos de lo negro son originalmente dolorosos, no hemos de creer que siempre son así. La costumbre nos reconcilia con todo. En cuanto nos habituamos a la visión de los objetos negros, el terror disminuye y la lisura y brillantez, o algún accidente agradable, de los cuerpos así coloreados, suavizan en cierta medida el horror y la severidad de su naturaleza original […]” [5].
La marina de Vernet es de una negrura moderada que no inspira miedo ni terror, aunque invita a participar de una experiencia subjetiva de lo bello. El verdadero precursor del nocturno moderno será J. M. W. Turner, con sus escenas del río Támesis desprovistas de acciones anecdóticas y llenas de misterio.
Cita
"Vernet sabe revivir tormentas, abrir las cataratas del cielo e inundar la tierra; también sabe, cuando quiere, disipar la tempestad y devolver la tranquilidad al mar, la serenidad a los cielos. Entonces toda la naturaleza, como saliendo del caos, se ilumina de una forma encantadora y vuelve a tomar todos sus encantos [...]. ¡Qué serenos son sus días!, ¡qué tranquilas son sus noches!, ¡qué transparentes sus aguas! Él crea el silencio, el frescor y la sombra en los bosques. Se atreve sin miedo a colocar el sol o la luna en su firmamento. Le ha robado su secreto a la naturaleza; todo lo que ella produce, él puede repetirlo."
Denis Diderot, Salones, 1759 [6].
[1] Vázquez de la Cueva 2004, p. 144.
[2] Calvo Serraller 1982, p. 318.
[3] Andrews 1999, p. 181.
[4] VV.AA.: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, I vols. Madrid, Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, 2004, p. 156.
[5] Burke 2001, p. 111.
[6] Denis Diderot, Salones, 1759.
Bibliografía
Andrews, Malcolm: Landscape and Western Art. Oxford History of Art, 1999.
Burke, Edmund: Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello [trad. y estudio de Menene Gras Balaguer]. Madrid, Tecnos, Colección Metropolis, 2001.
Calvo Serraller, Francisco [et alt.]: Ilustración y Romanticismo, Fuentes y documentos para la Historia del Arte. Barcelona, Gustavo Gili, 1982.
Jimenez Burillo, Pablo y Litvak, Lily: Luz de Gas: la noche y sus fantasmas en la Pintura Española, 1880-1930. Madrid, Fundación Cultural MAPFRE-VIDA, 2005.
Stoichita, Victor: Breve historia de la sombra. Madrid, Siruela, 2000.
Vázquez de la Cueva, Ana: La ingeniería civil en la pintura. Madrid, El Viso, 2004.
VV.AA.: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, 2 vols. Madrid, Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, 2004.
Imágenes
Claude-Joseph Vernet, Noche: escena de la costa mediterránea con pescadores y barcas (1753), óleo sobre lienzo. 96,5 x 134,6 cm
Fig. II.7.1: Detalle, grupo alrededor de una hoguera.
Fig. II.7.2: Detalle, plano medio del mar, junto al promontorio rocoso con el castillo.
Fig. II.7.3: Detalle, barcos en el mar.